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Tribuna libre

En la vida pública española hay demasiados cornudos y apaleados y se esperan más

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Ya lo dijo Lope de Rueda: cornudos y apaleados. Hay demasiada gente y demasiados acontecimientos en nuestra vida pública a los que puede aplicárseles la frasecita de marras.

Se oye muy claramente en los pasillos de Génova, tras la sesión parlamentaria en la que se dio el visto bueno al envío de tropas españolas al Líbano. Son muchos los “jefes” del Partido Popular que no entienden por qué Mariano Rajoy se dejó apalear por Rodríguez Zapatero.   La cosa iba más o menos por cauces normalitos. Todos sabían que los populares darían el esperado sí; que Llamazares se estaba comiendo la pegatina del “no” a la guerra desde su escaño y que el resto de los grupos parlamentarios no iban a poner demasiadas pegas. Pero lo que nadie esperaba es que tras la intervención de Mariano Rajoy, replicando al ministro Alonso y dándole el sí y además en un discurso poco beligerante, saliera Rodríguez Zapatero con la pegatina del “no” a la guerra, esa que no había acabado de engullir Llamazares y -como Zeus tronante- volviera a la monserga de Irak y de las Azores.   Había diputados de los escaños populares que se revolvían inquietos en las poltronas y decían al compañero de al lado eso de, “sujétame Manolo”.   Vamos, que el Partido Popular además de cornudo apaleado.   Claro que en todas partes cuecen habas y en el Partido Socialista Madrileño, tras la ¿patada hacia arriba? a Trinidad Jiménez, sienten que están al caer los cuernos y los palos –políticos se entiende- y por más que Rafael Simancasa por ellos Rafa- intente dorar la píldora del nombramiento del candidato y lo de las bases y aquello de la democracia interna del partido, se huelen que el nombre y el currículo están en un cajón de la mesa de Rodríguez Zapatero y una copia, en otro cajón de la mesa de Blanco. Y eso duele.   Decía un dirigente socialista que la partitocracia se nos está yendo de las manosy puede que lleve razón, porque la democracia interna de los partidos no funciona y cuando funciona –si funcionara- a nuestros políticos se les aparece el espectro de Tony Blair y se les ponen los pelos de punta.   Hay sitios y situaciones en las que no se sabe muy bien quien es el apaleado y el cornudo –metafóricamente hablando, que no están las cosas para deslices semánticos- ni quién se va a llevar al contrario, o al correligionario, al huerto. Es lo que pasa en Cataluña. ¿A quién, a quienes se les puede aplicar la frase? ¿a Maragall, a Montilla, a Artur Mas, a Diana Garrigosa, a todo el Partido Socialista de Cataluña, a Carod Rovira o al pobre Saviola que se va a pasar una temporada descansando en el banquillo? Un lío.   Y si entramos en la negociación del -mal llamado- proceso de paz la dificultad de aplicar la frasecita es absoluta. ¿A Rodríguez Zapatero, a Ibarretxe, a los jueces de la Audiencia nacional incluido Baltasar Garzón, a Pérez Rubalcaba?   Los únicos a los que no se les puede aplicar la frase de la obra de Lope de Rueda es a los etarras que están sacando tajada y ni cornudos ni apaleados. En su sitio y sin ceder un ápice y teniendo al Gobierno a raya con eso de la negociación. Delicioso.   Claro a que a Pérez Rubalcaba ya le ha puesto en su sitio el ministro Caldera que ha leído el manual de funciones de su ministerio y ha llegado a la conclusión de que los “sin papeles” no son de su incumbencia, que lo suyo son los cayucos legales y con permiso de trabajo y que los ilegales para Interior. Es listo el tío.   Y es que hay que tener las cosas muy claras –al menos tan claras como las tiene el Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales- para diferenciar entre el efecto llamada y el efecto huida. A ver si nos enteramos que aquí lo que hay es efecto huída y que por eso vienen a miles a nuestras costas y “a nuestra costa”.   Y ¿qué decir de los palos y los cuernos –por supuesto sin ofender- entre Ruíz Gallardón y Esperanza Aguirre? Lo suyo más bien parece una comedia de capa y espada trufada de vodevil francés y se sacuden unos mandobles que lo de Alatriste es una especie de game boy, venido a menos.   Ángel María Villar si puede entrar en la nómina de cornudos y apaleados -siempre en plan símil, faltaría más- porque Luis Aragonés, otro listo, le tiene contra las cuerdas que ya ha dicho que depresiones y malos resultados los que hagan falta, pero que de dimitir nada y que si hay cese, con la pasta por delante.   Pero de verdad, de verdad, para cornudos y apaleados –dicho sea con perdón- los españolitos de a pié, los gallegos con sus montes quemados, los canarios sin sitio para moverse por sus islas, los vascos que tienen miedo a la kale borroka o los catalanes que se ven venir a Montilla.   Menos mal que nuestros baloncestistas –lo de golden boys no me gusta nada- nos alegran las pajarillas.   ¡Ah! Y ni siquiera una línea sobre el tal Rubianes.