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Tribuna libre

Se puede y se debe juzgar a los vencedores

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El Derecho Internacional censuró con entusiasmo las fechorías cometidas por Sadam Husein, pero no consideró necesario reprobar a EEUU

Si el Derecho Internacional contemporáneo se viese por un milagro en el banquillo de los acusados y fuese juzgado por unos jurados que trabajaran basándose en el sentido común y la noción de la justicia, su absolución sería poco probable, a no ser que el Tribunal adujese que el “acusado” no está en su sano juicio.

A un hombre sensato le cuesta trabajo comprender por qué el Derecho Internacional acepta simultáneamente el derecho de los pueblos a la autodeterminación y el principio de inviolabilidad de las fronteras. Esta contradicción hace sufrir hoy en día a millones de personas: unas intentan alcanzar legítimamente la independencia, mientras que otras, amparadas también por la legislación les impiden hacerlo.

No creo que a un hombre común y corriente el Derecho Internacional le parezca justo: es demasiado obvia su benevolencia hacia el más fuerte. Igual que en épocas pasadas, en el Tribunal Internacional suelen dar razón al vencedor. Éste sienta en el banquillo de los acusados al perdedor y, sin preocuparse mucho por escuchar a los abogados de la defensa, dicta un fallo predecible, más parecido a una venganza que a otra cosa.

Todos los tribunales internacionales que en los últimos tiempos han seguido la huella del proceso de Nuremberg han perdido en el plano moral, incluso si los enjuiciados han sido personas de la catadura de Slobodan Milosevic o Sadam Husein. Tanto el primero como el segundo refutaron con facilidad las acusaciones. La diferencia consiste en que Milosevic murió antes de que se dictara la sentencia, mientras que Husein fue ahorcado bajo exclamaciones jubilosas de sus verdugos, lo cual disgustó incluso a los vencedores, los estadounidenses, porque recordaba mucho a los métodos medievales.

Es característico que, en el primer caso, los voceros del Derecho Internacional hicieran ruidosas declaraciones sobre la matanza llevada a cabo contra los albaneses, al tiempo que hacía cuanto estaba a su alcance para silenciar la masacre organizada por los albaneses entre la población serbia. El Derecho Internacional también tiene una noción muy aproximada, si no deformada, sobre la actual situación de Kosovo. Para empezar, convendría interesarse por el narcotráfico que se practica allí.

En lo que concierne a Iraq, el Derecho Internacional censuró con entusiasmo las fechorías cometidas por Sadam Husein, pero no consideró necesario reprobar a EEUU, que empezó su operación en ese país violando burdamente la Carta de la ONU, dio muerte a millares de iraquíes inocentes y tiene planes de seguir haciéndolo también en lo venidero.

Lo mismo puede decirse también sobre el reciente proceso realizado contra Serbia atendiendo a la demanda presentada por Bosnia hace 12 años. O sea, que enjuiciaron a un acusado muerto dos veces ya que primero, en 2003, dejó de existir Yugoslavia, y el año pasado feneció su sucesora, Serbia y Montenegro.

Como saben, se trató, en concreto de la masacre organizada en Srebrenica, donde fueron liquidados muchos musulmanes. El Tribunal Internacional, que funciona bajo la égida de la ONU, adoptó una decisión salomónica: reconoció que el crimen tuvo lugar, pero declinó la demanda de Bosnia, porque no encontró pruebas de que aquel proceder criminal fuese sancionado por los dirigentes políticos de la ex Yugoslavia – Serbia y Montenegro – Serbia.

Sería legítimo, quizás, desde el punto de vista del Derecho Internacional, pero completamente absurdo desde el del sentido común, enjuiciar a Serbia por lo cometido por un país que ya no existe en el mapamundi político. Ello equivaldría a imputarle a la Alemania actual el proceder de la RDA, si bien en este caso aún habría un atisbo de lógica, porque ésta última se integró en aquélla mientras que Yugoslavia se deshizo en pedazos.

Además, durante la investigación se averiguó que los matones que cometieron sus fechorías en Srebrenica pasaron sin problema a través de las filas del contingente de pacificación holandés, cuya misión consistía en evitar tales actos. Pero el Tribunal no investigó el comportamiento de los holandeses. ¿Para qué hacerlo, si la propia Holanda ha condecorado a sus valerosos muchachos con órdenes y medallas?

Y por último, ¿por qué el Derecho Internacional se aferró a Serbia con dientes de pittbull, pero ni se fijó en los bárbaros bombardeos de la población civil practicados en la Europa central contra la ex Yugoslavia? ¿No hubo ningún problema allí? ¿Qué armas se utilizaron durante los bombardeos, contra qué blancos, quiénes son las víctimas, qué daño ecológico fue causado incluso en los países limítrofes, sin hablar ya del Danubio, esa arteria internacional?

Es un llamamiento puramente retórico. ¿A qué políticos de Europa Occidental pueden interesar en serio las violaciones del Derecho Internacional cometidas por el propio Occidente? Sí, los parlamentarios europeos hicieron ruido con motivo de las “cárceles volantes” de la CIA y las torturas practicadas en territorios de varios países de la Unión Europea; sí se habló de lo ilegítimo de la prisión organizada en Guantánamo. ¿Y qué?

Sobran ejemplos que ilustren la sordera selectiva del Derecho Internacional. Precisamente por ello éste, en vez de fortalecer el campo de la legalidad, lo mina, como está minando también la confianza que se deposita en él.

¿Dónde está la salida? ¿Merece la pena recordar ese aforismo que dice: “Se puede y se debe juzgar a los vencedores”?