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Por la puerta de atrás y con un lazo negro colgando se escapa al galope el 2004. A penas nos brindará sus últimos minutos para celebrar su despedida. Deja en nuestra memoria la siniestra sombra del atentado más grande la historia de España. Atentado que por su magnitud resta importancia en las portadas de los anuarios a la boda del Príncipe y a otras noticias de primera plana nacional. La cultura en el 2004 nos deja varias caras. Las pegatinas en las solapas de los artistas, la nueva ministra, el cine español, la caída del Imperio OT y el persistente problema de la piratería, por un lado. El regreso a la música de los 80, las conquistas de Bebe y Melendi, el gran disco de Fito & Los Fitipaldis, la consolidación del regreso de Hombres G y la recuperación de Raphael y Serrat, por otro. Dos caras de una misma cultura que sabe ser eso, cultura, y todo lo contrario en sus diferentes manifestaciones a lo largo de un año. Nos deja lo mejor y lo peor. La parte más frívola, maligna o comercial de esa cultura morirá con el paso del tiempo. La otra, las grandes canciones, los grandes libros, las grandes películas, vivarán a través de los siglos y contribuirán a la identidad española. Suponiendo que España y su identidad resistan el paso de esos siglos y, lo que es más difícil, resistan las agresiones de los diversos políticos que la gobiernen. Nos han abandonado algunos grandes artistas como Juanito Valderrama, Manzanita y Manolo Mené. Otros futuros habrán nacido este año. Tal vez el 2030 sea testigo de sus discos de Oro y sus galas multimillonarias. De momento, ellos, inocentes, se revuelven en sus cunas ajenos a lo que el comercio y el arte les prepararán el día de mañana. La historia siempre ha sido así. Y la perspectiva de los años permite ver la auténtica realidad del pasado a través del prisma de la objetividad. Por eso en este 2004, veinte años después, se ha comprendido mejor la revolución musical que se produjo en España en la década de los 80. Se ha comenzado a mitificar a grupos que nunca han sido ‘superventas’. Se les recuerda hoy, sólo por su calidad musical o por su condición de precursores en algún estilo. Ese mismo prisma nos permitirá, dentro de algunos años, acercarnos a este 2004 alejados de la agitación política, social y cultural que nos vela la mirada. Y será entonces cuando podremos afirmar con mayor claridad si la pregonada crisis discográfica lo es verdaderamente, si la canción de Bebe ayudó algo a erradicar el maltrato a las mujeres, si es un error o un acierto que el Estado subvencione la creación artística, si el regreso de Hombres G fue un espejismo momentáneo o un renacer que durará años. Veremos si el movimiento de la música independiente cala en la muy dependiente sociedad española, si la fama y las canciones de tantos artistas de usar y tirar son efímeras, si El Canto del Loco envejece bien o pierde su frescura, si es positivo y posible bajar el IVA de los discos, si los jóvenes saben corregir el error de idolatrar a personajes humanamente mediocres como Eminem o Robbie Williams, si Internet beneficia o dificulta la difusión de nuestra creación artística, si la SGAE defiende realmente los derechos de propiedad intelectual de todos los artistas. Comprobaremos si la apuesta por la calidad que ha llevado a cabo Cadena 100 vence o no a las emisoras de radio más comerciales, si somos capaces impedir que la música sea el refugio empleado por algunos violentos para difundir sus repugnantes e influyentes consignas... y sabremos también si realmente son tan importantes todos esos grupos que ocupan a diario las portadas de revistas y periódicos. Si detrás de todo esto había buenas canciones, o mucha propaganda. Algún día lo sabremos y alguien estará aquí para contarlo.