Lunes 21/08/2017. Actualizado 10:21h

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Tribuna libre

Cuando el salón parece la nevera

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El arte moderno no habla el mismo idioma que el resto de los mortales. Se comunica sólo con los suyos.

No recuerdo dónde fue. En una ocasión dije que me apasionaba el diseño moderno, y no había bebido nada antes. Es hora de matizarlo. Esas casas de ahora son como las togas. Uno nunca sabe lo que se va a encontrar dentro. Estéticamente, puede que los hogares modernos tengan mucho que decir, pero aunque usted escuche atentamente, no entenderá ni una palabra. El arte moderno no habla el mismo idioma que el resto de los mortales. Se comunica sólo con los suyos, con quienes han estudiado a fondo esta corriente, y con los snobs que encuentran bella la arruga de resultar enigmáticos, sin saber que flirtean en realidad con el peligro de resultar intensos.

Las reglas del diseño moderno son muy sencillas. Si es incómodo, está bien. Si parece que está estropeado, es carísimo. Y si es ambiguo, es una obra de arte. Así, llenamos nuestras casas de sillas con respaldo de alambrada con pinchos, de muebles desgastados a los que llaman sospechosamente decapados, y de objetos informes que uno utiliza ingenuamente para sentarse a ver la tele, sin saber muy bien si están pensados para eso.

Todo lo que debe conocer sobre el prodigioso mundo del diseño doméstico actual puede resumirse en una frase: la decoración moderna concede gran importancia a la decoración moderna. Y como su primera prioridad es preocuparse de sí misma, usted, los suyos, y su comodidad, pasan inevitablemente a un lejano segundo plano. Esa es la razón por la que una estancia como el salón, antaño cálida y familiar, se ha convertido ahora en una mezcla entre la nevera industrial de una fábrica de embutidos y el almacén de deshechos de una tienda de antigüedades. Y, ciertamente, viendo algunos salones modernos, creo que los diseñadores de nuestros días se han tomado demasiado a pecho la recomendación de la policía de reservar al menos una estancia de la casa a la ‘habitación del pánico’.

Pese a todo, soy muy partidario –“muy fan”, para los amigos de Twitter- de agachar la cabeza y sucumbir a la fría tentación de las tendencias del momento. Más que nada por no aguantar a esos amigos vanguardistas, comentando con gruesa ironía que el salón de mi casa podría ocupar cualquier estancia del Monasterio de El Escorial. Además, sólo sufriendo a diario un mueble de comedor sin tiradores se puede comprender la inmensa tragedia de nuestro siglo; y es conveniente saber bajo qué tablero estamos jugando la partida.

Si quiere llevar a su casa esta brisa renovadora, este huracán vanguardista, le recomiendo que tome algunas precauciones, a fin de evitar accidentes domésticos, bajas por depresión, y otros daños colaterales de arrodillarse ante la legión de iluminados que han convertido a los diseñadores de toda la vida en una pandilla de carcas y aburridos. Y advierto que aquí lo que se considera realmente grave no es la inclinación retrógrada de los amantes del diseño tradicional, sino la falta de diversión de las tendencias de toda la vida. En pleno siglo XXI un diseñador aburrido es como un enterrador gracioso.

Sepa que si usted contrata a un decorador, lo más probable es que le convenza para llenar la casa de trastos que él jamás pondría en su hogar. Si decide dejarse llevar por su inspiración, se arruinará, aunque puede que esto también le ocurra con el decorador. Y si es usted muy astuto, y se le ha ocurrido plagiar los diseños de alguna revista de decoración, es posible que al terminar la faena quiera mudarse de piso, al comprobar que la imitación es todavía peor que el original. Además, ningún artista puede vivir dentro de su propia obra sin volverse loco.

Decida lo que decida, tenga en cuenta que el diseño moderno cuenta con una virtud indiscutible en tiempos de crisis: cualquiera puede hacerlo. Si usted quiere tener una silla moderna, basta con coger alguna de las que tiene en casa y romperle el respaldo. Lo ideal es que las astillas queden a la vista. Si lo que le atrae es la idea de tener una vitrina, puede hacerse con esa que yace sin cristales en el desván de casa de los abuelos y situarla, tan cuál está, en el comedor. Y si lo que quiere es darle otro aire a su salón de toda la vida, puede conseguirlo fácilmente sustituyendo esos cuadros tan clásicos por botellas de Coca-Cola vacías. Un puntito pop siempre viene bien.

Si ha decidido echarse definitivamente al monte, puede darle el toque final a su nuevo hogar moderno, clavando en alguna pared una piel de cebra. Si no tiene piel de cebra, puede colgar un abrigo de visón. Si la crisis aprieta y no hay dinero para pieles, puede conformarse con decorar la pared con unos vaqueros viejos, rociando después toda la estancia con sirope de chocolate y confeti. No es exactamente igual, pero da lo mismo. Alguna ventaja tenía que tener entregarse a los caprichos estéticos de un siglo sin reglas, en el que toda idiotez encuentra su feliz acomodo.

“Somos
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