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Tribuna libre

El socialismo de Felipe a la Z

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La izquierda ha tenido la habilidad de llevar cada mañana al mercado nueva mercancía aunque a veces se tratara de ‘croissants’ de antes de ayer.

De Felipe González a José Luis Rodríguez Zapatero hemos visto el tránsito de la chaqueta de pana a la camisa negra, del ducados en el hemiciclo al gimnasio del Congreso, de la admiración por Suecia y Willy Brandt a equivocarse con Schroeder o con Gore, de gritar contra la OTAN a ser un país convencionalmente occidental y -de nuevo- volver a una formulación demagógica de la bondad como tercermundismo. Más allá de continuidades y reincidencias, el socialismo hispánico en el poder siempre se ha querido en la última vanguardia de la moral, más contemporáneo que ninguno, extendiéndose como un cobertor por todas las posibilidades de la izquierda, asumiendo toda vocación alternativa. Eso tiene sus riesgos, como una propulsión que olvida los arraigos. Con todo, las diferencias en el socialismo son más que nada las que determinan los criterios del 'Zeitgeist', de un 1982 que prácticamente estrenaba el divorcio a un 2007 que consolida el 'New Girl Order' con cuotas o sin cuotas. En el tono de la vida política, es posible que hace veinticinco años hubiera más realidad en la consideración del parlamento como respiradero de la vida nacional.

Ha habido no poco genio comunicativo ahí detrás, desde un González que se hizo famoso con su nombre de pila hasta un Rodríguez Zapatero que ha logrado reducirse al grafismo de la Z. No hace tanto tiempo que Zapatero afirmó que el PSOE era el partido más parecido a España: eso puede predicarse de cualquier partido con mayoría en el poder pero la derecha sigue en la tarea de envidiar la presunción de bondad del socialismo, su habilidad a la hora de tramar complicidades y capilaridades en el tejido social. En momentos de congreso, ambos partidos se redefinen cuando el magma social e ideológico de la derecha española consta de claridad y respaldo, y el socialismo de González -por ejemplo- empezó por expropiar y terminó por liberalizar y suavizar la entrada de las empresas españolas en Sudamérica, con la peseta devaluada pero con los ojos en el incierto euro. No es de desdeñar la posibilidad de que a la derecha española le toque casi siempre el trabajo sucio, o que el socialismo sea un lujo de vacas gordas y sociedades satisfechas. En parte, la izquierda ha tenido la habilidad de llevar cada mañana al mercado nueva mercancía aunque a veces se tratara de 'croissants' de antes de ayer.

La impiedad habitual de los cronistas censuró al Zapatero primerizo ese braceo que lo emparentaba con González. A aquel Zapatero tan yogurín, irrelevante en el escaño, no le hacían caso ni los estilistas, entrenado durante años en el oficio de ver llover. El propio González le dejó caer alguna colleja de superioridad. Ahora González no se sabe bien qué hace o dónde está, aunque siempre es de suponer que con Slim. De su época queda un panteón no muy selecto y de él mismo queda un entendimiento de la política como cintura, el pragmatismo del gato que -blanco o negro- caza ratones. Como Zapatero, González entendía no poco de volubilidad moral.

Como sabe Zapatero, la política no es lugar para corazones cándidos sino para espíritus cínicos pero eso no le impide un entendimiento de sus fines generales parecido a una anestesia moral y a un abandono de la fe en su poder, como un despotismo suavísimo. Es curioso que, años después, su gobierno redima en parte los pillajes del felipismo duro. Por contraste, el estilo del zapaterismo pasa por hablar para la eternidad del mármol y después intervenir según el regate del día a día, en proporción extraña de hiperactividad y calma búdica.

Del 'Cambio 16' al blog, de una Constitución joven a una Constitución poco estimada, las convulsiones españolas nos han llevado en estos veinticinco años a la economía global pero quizá también a un estado de desilusión que ensalza la nostalgia. Estos veinticinco años han sido años de mucho interés y de poca grandeza. En términos de declive moral, sin embargo, el socialismo no es un motor sino -ante todo- una consecuencia.