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Tribuna libre

La subcultura gótica y la moda pseudo-gótica (Drácula contra Crepúsculo)

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Sería conveniente explicar qué es la cultura gótica. Para mí, se trata de un movimiento estético y cultural en el que sus miembros se reúnen en torno a unos intereses comunes.

No son pocas las veces que se ha hablado de la cultura gótica en los medios de comunicación; una práctica comúnmente efectuada desde el desconocimiento y los miedos que éste trae consigo. Esto genera artículos plagados de incorrecciones y clichés (para muestra, un botón), que no hacen ningún bien a la imagen del colectivo, alimentando prejuicios muy negativos y totalmente infundados. Sin embargo, en esta ocasión, El Confidencial Digital ha decidido dar una segunda oportunidad a los góticos, para que expliquen su punto de vista. Confiamos en que puedan ustedes contrastarlo con la opinión vertida el otro día en este artículo, y en consecuencia, decidan libremente qué creer y qué no.

Para empezar esta reflexión, sería conveniente explicar qué es la cultura gótica. Adelanto que algunas personas no estarán de acuerdo con mi definición, ya que como suele suceder con todo concepto social, se presta a múltiples interpretaciones. En todo caso, para mí, se trata de un movimiento estético y cultural en el que sus miembros se reúnen en torno a unos intereses comunes. Al tratarse de un colectivo muy heterogéneo, esta descripción puede no ser válida para todos sus integrantes, pero creo que describe bastante bien al grueso de los individuos que lo conforman.

Históricamente, la tribu urbana proviene, por una parte, de la vertiente musical derivada del post-punk, denominada rock gótico, que se popularizó a principios de los ochenta de la mano de grupos como Bauhaus, Siouxie and the banshees o The Cure (y no Nirvana, representante del género grunge de los ’90, ni David Bowie, rock de los ‘70). A su vez, bebe de las fuentes de la literatura gótica, iniciada a finales del siglo XVIII por Horace Walpole, con El Castillo de Otranto y el cine de terror, cuyo primer representante fue, sin duda, Nosferatu, de F. W. Murnau.

En lo que a respecta a ideología, política y religión, cada gótico es un mundo. Existen góticos ateos, agnósticos, católicos, budistas, neopaganos, apolíticos, de derechas, de izquierdas, vitalistas, existencialistas, cínicos, idealistas… Y que todo este amplio espectro de pensamientos pueda convivir en un mismo espacio, se debe fundamentalmente a dos factores:

Por una parte, los góticos tienden hacia el individualismo. Esta postura los lleva a tratar de pensar por sí mismos y defender sus puntos de vista y opiniones personales por encima de los del colectivo. Es importante no confundir el individualismo con la marginalidad, ya que se trata de gente de lo más sociable que se reúne en pubs, discotecas y bares, en muchas ocasiones dirigidos especial y únicamente hacia ellos.

Asimismo, es un colectivo que aboga por la tolerancia, lo que facilita el intercambio de opiniones y el debate saludable. A diferencia de lo que se pueda creer, no son gente propensa a rechazar a otros colectivos o individuos, sino que el rechazo suele producirse en la vía contraria. Sí que es cierto que prefieren relacionarse entre sí, como cualquier otra persona normal prefiere estar cerca de aquella gente que le es afín, pero esto no conlleva, ni de lejos, que “para el mundo exterior estén muertos” o que “decir hola pueda llegar a ser un sacrificio”, ni otros muchos tópicos que pueden elaborarse al respecto.

Sobre la idea de la muerte, está claro que es algo que los góticos consideran, ya que gran parte de sus obras de referencia están de un modo u otro relacionadas con esta idea. “Todos vamos a morir antes o después”. Sin embargo, esto no quiere decir ni mucho menos que sean tendentes al suicidio o que quieran pasar por la vida con los ojos tapados, esperando a que llegue su final. No. Como ya he dicho antes, cada gótico es un mundo e interpreta la realidad a su manera, pero puedo dar fe de muchos góticos que no entienden esto desde un punto de vista pesimista o derrotista, sino como una llamada al vitalismo y al Carpe Diem: “es precisamente la muerte la que define el valor de la vida. Precisamente porque vamos a morir, porque la vida es finita, es preciosa”.

Cabe recordar además que este movimiento no constituye una simple etapa pasajera de la adolescencia, sino que gran parte de los integrantes de dicha tribu urbana son gente adulta, con trabajos corrientes y una vida que en poco o nada se diferencia a la de cualquier otra persona adulta.

Y explicado todo esto, ¿qué pintan aquí estas muñecas con nombre de monstruo y aspecto de difunta? Es importante tener en cuenta que vivimos en un mundo completamente regido por las modas. Éstas surgen cuando una empresa decide impulsar un producto para que sea lo más rentable posible y todos los engranajes de la sociedad (otras empresas, multinacionales, sistemas de distribución, medios de comunicación, etcétera) cooperan para lograrlo porque parte de ese beneficio también llegará a sus manos. Así, tras el auge comercial de Crepúsculo (una obra zafia y mal escrita), llegan otra serie de productos en la misma línea que inundan escaparates, anuncios y tertulias -entre ellos, las Monster High-, que más bien poco tienen que ver con lo gótico.

Sí, han leído bien: Entre el look “dark” de la Monster High Draculaura y una novela de terror gótico como Drácula de Bram Stoker, no sólo hay más de un siglo de distancia, sino kilos de azúcar que han pervertido y edulcorado la idea original del género. Por poner un ejemplo, el protagonista de Crepúsculo no es un vampiro; no comparte ninguna característica con los susodichos: ni teme a la luz del sol, ni mata para alimentarse, ni sufre ningún dilema moral, ni es rechazado por la sociedad… Nada. Es sólo un adolescente ejemplar en una familia (mormona) ejemplar, al que se dota de cierto aire de misterio y capacidades sobrenaturales para darle el más mínimo interés. Punto. Y lo mismo sucede con prácticamente todas las adaptaciones infantiles, juveniles y comerciales del género.

Así pues, señores y señoras, si les preocupaban las ideas que estos productos puedan transmitir a sus hijos e hijas (ya se trate de infantes o adolescentes), no tienen nada que temer, ya que son completamente inocuos y simplemente impulsados por una estrategia comercial, que los ha convertido en una moda que no tardará en decaer y de la que en unos años no se acordará nadie.

Y si, pese a todo, por mediación de estas obras y productos derivados, sus hijos terminan dando realmente con el movimiento gótico, les invito a sentirse orgullosos de ellos, a aceptar sus gustos y a defender sus decisiones. El mundo en el que les ha tocado crecer puede ser hostil y estar lleno de peligros, pero créanme cuando les digo, que el movimiento gótico no es uno de ellos.

“Somos
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