Jueves 08/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

Para no trabajar

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La cola es larga y ruidosa. El nerviosismo se palpa en los aspirantes. Algunas cierran los ojos y sueñan con abarrotar el primer estadio. Otros piensan ya en la lujosa limusina que utilizarán para trasladarse por el Caribe en vacaciones. Los más meticulosos llevan días practicando su nueva firma, la de los autógrafos a los fans. No se trata de un estreno de cine, ni de una final de la Liga de Campeones. Simplemente ha comenzado el casting de Operación Triunfo 4.

 

Me apresuro a escribir esto antes de que conozcamos a los candidatos seleccionados, para evitar luego los malentendidos del pasado. Recuerdo un mail de un lector señalando que a mí me caía mal Bustamante por ser un “hombre de la calle”. Y una fan de Rosa, indignada, asegurando que lo mío con la ex concursante de OT era discriminación por obesidad. Uno escribe y los lectores interpretan, claro está. Pero de igual manera que no siempre se escribe con acierto, no siempre las interpretaciones de una opinión escrita se ajustan a la realidad.

 

No critico a los concursantes. Critico la fórmula. No es algo personal sino, como mucho, profesional, o mejor, artístico. Operación Triunfo es una farsa, un engaño. Una manipulación viciosa del sentido del arte. Una maniobra exclusivamente comercial que se lleva a cabo con la complicidad de los productores y los concursantes. Se elimina la pieza fundamental del arte, la creatividad. En su lugar se valora lo que nunca se ha valorado antes: la interpretación, el plagio y la obsesión por el éxito.

 

Algún periodista se dedicó a preguntar a los jóvenes que hacen cola estos días por qué estaban allí. Entre las variadas respuestas, hay algunas realmente conmovedoras. Pero una destaca y resume todas las demás. Desconozco si es de un joven o de una joven (o “jovena”, para Carmen Calvo). El candidato fue desastrosamente claro y sincero: “Estoy aquí para no trabajar”.

 

Llegado a este punto Nina, si lee esto, se indignará. Con esa voz exaltada que marcó las primeras ediciones de la Academia del Triunfo, diría que los concursantes trabajarán más que nadie, durísimo. En primer lugar, ya será menos. Y en segundo lugar, la realidad no puede ocultarse. Efectivamente Bisbal, por ejemplo, trabaja como un loco. Pero lo hace con todas las facilidades del mundo. Y con unas compensaciones económicas que animarían a trabajar sin descanso a cualquiera.

 

No se sabe lo que saldrá este año de OT. Probablemente, como en anteriores ediciones, ganarán grandes intérpretes, sólidos vocalistas, pero mediocres artistas. De momento, sabemos que miles de jóvenes depositan sus ilusiones en ese casting. Es la cola del triunfo. Se buscan candidatos para volver a dinamitar la industria musical española. ¿Resistirá a este nuevo golpe?

 

En las primeras ediciones los artistas y músicos españoles participaban en campañas contra OT. Recuerden aquella que permitía cambiar un disco de OT por uno de “música de verdad”. Pero el tiempo pasó y muchos compositores recibieron en sus cuentas bancarias los derechos de autor por la interpretación de sus canciones por parte de triunfitos. Muchos callaron y los más listos comenzaron a trabajar en textos y melodías que se adaptasen a la voz de Chenoa o Bustamante, con idea de sacar un dinerillo.

 

No es mala cosa, sino fuera porque este concurso es perjudicial para la salud musical en sí. Es la idea lo que falla, no las canciones. Es ese afán por el triunfo el que envenena la Academia, no sus participantes, ni sus discutibles –en unos casos- o indiscutibles –en otros- talentos artísticos. Pero la gran pregunta es la que antes comentaba: ¿resistirán los grupos de nuestra industria musical un OT 4? ¿Qué hace más daño: las pérdidas puntuales por el asunto de la piratería o la malformación musical duradera de una sociedad?