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Tribuna libre

Un trágala de vodevil

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De noche, con gentes que llegan y se van de tapadillo mientras las puertas se abren y se cierran. Y, para colmo, les ha pillado a algunos en “deshabillé”, que hay que ver las indumentarias y las fotos de Jordi Pujol, de Duran y de Trías, mientras Mas contaba el argumento y, para cerrar el penúltimo acto, el ataque de cuernos —justificadísimo- de Carod Rovira. Un Estatuto lo más parecido a una de esas obras típicas de París. Secretos, medias verdades, traiciones, arrumacos, cambios de pareja, frases de doble sentido... y todo ello a espaldas de los españoles, incluidos los catalanes, que nos hemos enterado a través de un traductor. Después de la salida al ruedo que, en septiembre, protagonizó el Presidente del Gobierno, estaba cantado que volvería a salir en el segundo tiempo, convertido en prórroga, para salvar el resultado. Ahora vendrán los análisis, los dictámenes de los tribunales, se discutirá lo de la palabra nación en el preámbulo o en el articulado, o si Cataluña es una más en el concierto de las autonomías. Pero lo cierto es que se trata de una estrategia política de Zapatero para permanecer en el poder y para lavar la cara a una coalición que se estaba quedando demasiado espesa. Rodríguez Zapatero está en La Moncloa gracias a una coalición con Esquerra Republicana de Cataluña, una coalición que no está basada -como sería natural- en afinidades ideológicas sustanciadas a través de un programa de gobierno pactado. Se trata de un acuerdo para que unos estén en La Moncloa y para que otros consiguieran una Cataluña a su medida nacionalista e independentista. Así han transcurrido casi dos años de gobierno. Se han ido engañando unos a otros pero se han mantenido juntos. Ahora que ha llegado el momento de la verdad, es decir, el momento de sacar adelante el Estatuto que era el único objetivo de Carod Rovira, Rodríguez Zapatero decide tirarle por la borda y arrimarse al calor de Convergencia i Unio. Pacta con Mas a espaldas de Carod y renueva -al menos visualmente- la alianza, para seguir en el poder. Además, el Estatuto se convierte en una trampa para el Partido Popular. Ahora asistiremos a la escenificación del “tienen la puerta abierta para firmar el pacto al que hemos llegado”. Ustedes que no han sido más que unos espectadores de lo poco que nos han dejado ver, pueden firmar lo que nosotros —sólo nosotros- hemos decidido. Si no lo hacen, volveremos a lo de “quedarse solos y aislados” y al “no quieren más que obstruir la democracia”. Ya han comenzado las “ofertas” envenenadas de Rubalcaba: “Deseamos que el Partido Popular firme el acuerdo al que hemos llegado”. Trampa también para Esquerra. Podrán estirar un poquito más la cuerda pero ya saben que no son necesarios para que Zapatero siga en La Moncloa. En unas semanas, lo más que tendrán será el recurso al pataleo. Y, de paso, se han deshecho de alguien tan incómodo como Maragall que ni siquiera ha sido el convidado de piedra. Una jugada maestra desde el punto de vista de estrategia política, pero para muy poco tiempo y muy a corto plazo. Porque a la vuelta de la esquina espera un Partido Socialista demasiado tocado y muy dividido. Con unos barones que van a luchar por seguir ganando elecciones en sus autonomías y con algunos ministros descontentos. Eso, sin contar con los “socialistas de toda la vida”, que ya no se recatan de mostrar su repulsa a lo que está pasando. Y, además, hay que gobernar.