Martes 22/08/2017. Actualizado 01:13h

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Tribuna libre

El tránsito

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La ironía de nuestro tiempo es que vivimos tan bien y tan rápido que ni siquiera encontramos un hueco para el desconsuelo.

Me doy cuenta de la violenta realidad del paso del tiempo cada año por estas fechas. La costa está donde siempre y huele a lo de siempre. El aire es cálido, el amanecer sigue siendo rosado y en las noches la humedad refresca las huertas y hace que el pueblo huela a vida. Todo eso no cambia nunca. Como tampoco muere el goteo de la manecilla del tiempo. Pero nosotros sí. En el mismo escenario vamos dejando atrás momentos, imágenes e historias que nunca podremos repetir. El agua del mar luce igual que siempre, la resaca traza el mismo zigzag en la arena, y dos jóvenes enamorados pasean por la orilla agarrados de la mano. Pero no son ellos. O más bien ya no somos nosotros. No, al menos, los de siempre. Los que fuimos. Otros, quizá.

No quiero resultar demasiado lúgubre, pero el árbol se va muriendo poco a poco, desde joven. Noto hoy la obstinación insolente de cada segundo al reencontrarme con los de siempre, con los amigos, con los de aquí. Lo percibo precisamente en ellos, en sus miradas, en los gestos de los que lo saben todo de ti. Han perdido arrojo y han ganado poso. Ya no persiguen a la hermosa Marta, que tenía unos ojos enormes y una sonrisa de pasarela. Ahora matarían por encontrar una Mónica, fiel y generosa, que no siempre aparece. No queda casi ninguna de aquellas quimeras frívolas y poco o nada de esas otras fantochadas de juventud. Sólo permanecen aquellas verdades que pusimos sobre la mesa una noche cualquiera a corazón abierto. Decae el músculo de la juventud más temprana, con pausa y quietud. Sí, es mejor vivir ahora, pisando el suelo, y cosechando ya los primeros frutos de tímidos aciertos, después de años de sufrir las consecuencias de los inevitables traspiés. Pero alguna tarde de verano como la de ayer se echa en falta ese lienzo en blanco. La inocencia y la frescura, al fin.

Sopla leve el aire en esta histórica roca. El mar está recubierto de estío. Aparente, pero receloso. El cantábrico siempre tiene la honradez de acompañarte en el sentimiento. Te devuelve semblantes, canciones y aromas que ya no se fabrican, y te envuelve en sueños de futuro, incluso en las tardes donde reina la nostalgia de otro tiempo.

La melancolía, como estado pasajero, no es algo tan malo. Creemos que tristeza y alegría son polos opuestos, y cada verano, en tardes así, se demuestra que eso es una reducción superflua. La ironía de nuestro tiempo es que vivimos tan bien y tan rápido que ni siquiera encontramos un hueco para el desconsuelo. Por eso la ruina del siglo XXI es la venganza de la tristeza. La pena es humana y hay que ventilarla de vez en cuando. Pero eso es inconciliable con una vida permanente en la superficie. Es necesario airear el sentimiento para que no se desborde de pronto el vaso de la tristeza. Además, la añoranza es un estado del corazón que no es incompatible con ese optimismo vital más racional, tan necesario. Marginar los sentimientos de desánimo puede llegar a deshumanizarnos. La melancolía, esporádica y serena, afina nuestro corazón y nos reconcilia con los recuerdos más felices del pasado. La tristeza es un bien, aunque su sabor sea un trago amargo. Es un gin-tonic áspero en la orilla de una playa repleta de luz, sonrisas y belleza. No seríamos capaces de apreciar tanta dulzura sin ese contrapunto amargo.

Como en el patíbulo, a pocos metros de la noche, cae ahora el manto sereno de presencias en blanco y negro, como si ya no hubiera nada que hacer por salvar el día. Atardeceres así nos llevan a echar de menos a los que se han tenido que ir, sin dejar por ello de dar gracias a Dios por los que todavía están aquí y por lo que se han subido al tren hace poco tiempo. El viaje será largo pero veloz, tal y como el que ya cargamos a nuestras espaldas.

Siempre termina así. Con el sol atrincherado tras el horizonte, sopla frío y te despiertas del viaje. Al reincorporarte ya no ves los rostros ausentes, sino las posibilidades de un futuro anaranjado por un ocaso tan real e intenso como esperanzador. Incluso ese sol poderoso y abrasador que ha tostado el mundo durante todo el día se arrodilla y se va, ya sin fuerzas, por detrás del mar. También el sol está sometido a la voluntad de quien un día quiso ponernos aquí. Entonces todo va bien. Y todo puede ir mejor.

La noche estará fresca y será más bonita que ayer. Al volver a casa los jardines, llenos de sus flores noctívagas, levantarán un bullicio radiante que nos recordará que es falso que el lienzo esté ya pintado. En realidad, el lienzo siempre está en blanco, hasta el último suspiro de este tránsito.

“Somos
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