Jueves 08/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

El trípode de ZP

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Todos los gobiernos, y naturalmente todos los políticos, tienen unos objetivos, unas metas en las que apoyan su trayectoria y su quehacer como gobernantes. El Presidente del Gobierno no podía ser menos y también tiene sus bases, unos pilares que sustentan su acción de gobierno. Tres son las patas del trípode en el que José Luis Rodríguez Zapatero estructura todo su programa. Son patas tácitas pero que están a la vista de cualquiera que se pare un poco a examinar lo que está siendo la andadura del Secretario General del Partido Socialista desde que llegó a La Moncloa. En primer lugar, la reforma de las autonomías -y más concretamente del Estatuto de Cataluña- como sistema de vertebrar una acción de gobierno contando con la periferia y con la buena imagen que siempre tiene la descentralización. En segundo lugar, la negociación con ETA y conseguir pasar a la historia como el político que logró la pacificación en el País Vasco. Y, en tercer lugar, lograr la desaparición del Partido Popular de la escena política. Estos tres objetivos no son fruto de una reflexión previa a las elecciones ni forman parte de un programa político estructurado. Son la consecuencia de una situación en la que un político se encuentra “de manos a boca” con el poder. A partir de ahí esos objetivos se convierten, sin demasiado sentido, en la brújula de todo un Gobierno. Como cualquier trípode, el de ZP tiene un vértice, una especie de rótula en torno a la cual giran todos los movimientos de sus patas. En este caso, la rótula que articula todos y cada uno de los movimientos del Gobierno de Rodríguez Zapatero es la permanencia en el poder. Por encima de cualquier objetivo prima la necesidad absoluta de no desalojar La Moncloa, y a eso se supedita todo. La negociación del Estatut está en función de la permanencia en el poder. Las posibilidades de llegar a una tregua de ETA no tienen más objetivo que afianzarse en el poder. Y el aislamiento y el boicot a cualquier cosa que suponga una participación del Partido Popular en la vida política no tiene más razón de ser que la permanencia en el despacho de Presidente del Gobierno. Y en esas estamos. Una política alicorta, que vive el día a día, la improvisación continua y, por supuesto, la claudicación constante ante las peticiones de interlocutores que conocen perfectamente la debilidad del trípode de ZP, una debilidad que está instalada, precisamente, en la rótula que debe articular su actuación: permanecer en el poder al precio que sea.