Martes 06/12/2016. Actualizado 01:07h

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Tribuna libre

También en las urnas, menos es más

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Desde que el arquitecto Mies van der Rohe formuló su célebre paradoja adverbial en pro de la economía expresiva, y por tanto en condena tácita de cualquier faramalla, la acuñación ha tenido tal fortuna que se ha incorporado directamente a la fraseología popular para aplicarse en muy diversos contextos. Ésta es la confirmación más clara de su propio contenido, pues también cuando se trata de palabras, si tienen enjundia, menos es más. No las tomaré aquí en su sentido recto, el estético, al que se acogen todos los minimalismos, sino en el oblicuo, el aritmético-representativo por así decir, según el cual puede darse la irritante circunstancia de que menos voto es más poder.

 

Cuando escribo estas líneas, aún se mantiene la incertidumbre sobre el resultado de las elecciones en Galicia. Sus Floridas o sus Ohios particulares, cuyo escrutinio está retardando el desenlace, quedan también del otro lado del Atlántico. La curiosa diferencia con los comicios estadounidenses es que aquí no tenemos un sistema electoral mayoritario. Si así fuera, habría quedado meridianamente claro ya desde el domingo electoral que Fraga continuaría siendo el presidente de la Junta. Con doce escaños de ventaja respecto al siguiente partido, Pérez sería oposición y Quintana, un hombre que pasaba por allí.

 

En cambio, como el sistema lo tenemos como lo tenemos, es muy probable que Quintana se convierta en el codicioso y codiciado factótum de un Ejecutivo galaico presidido por Pérez, a menos que surjan de entre los socialistas moderados un Tamayo y una Sáez que lo remedien. Si bien, por prescripción democrática, el remedio del transfuguismo es peor que la enfermedad (o no). Hay que atenerse a las normas, cierto. Pero ¿qué normas son ésas que dejan a la intemperie al partido más votado, siempre que quede a un solo escaño de la mayoría absoluta y haya otros dos partidos dispuestos a la colusión? Colusión entusiasta si se trata de arrebatar el puesto de mando al PP.

 

Actualizamos así una y otra vez en España la desnaturalización que señalaba Popper: el partido con menor proporción de voto acabada adquiriendo la mayor influencia ejecutiva. En tanto no se reforme el sistema electoral, propongo a los estrategas de Génova un truco sucio, pero quizá efectivo. Constituyan bajo cuerda un grupúsculo irrisorio, de ideología maoísta por ejemplo, y preséntenlo a todas las elecciones. A poca representación que obtengan, el PSOE estará dispuesto a pactar con ustedes. Digan que sí, que entran en tratos, y exijan todas las consejerías que se les ocurra para que, en cuanto se las den y los tengan bien agarrados por los dídimos, puedan pegarles la puñalada liberal.

 

Si nada, nada. Pero, si algo, menos es más, ya saben.