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Esta verdadera historia

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Feliz quien guarde en la memoria el paso del misterio y del gozo y no banales alegorías del invierno

La mesa jubilosa de la Navidad será el pretexto para que las mejillas ganen los colores del vino y el avaro de la casa tenga el momento magnánimo de abrir un champán de buena añada. Son muchas tradiciones: baumkuchen, vino especiado, ponches para el alma, el turrón que viajó por mar a Cuba, los obradores casi orfebres de la almendra acá en Toledo. Vale casi todo para expresar la alegría, incluso la heterodoxia del ‘brut’ con mazapán. Ya los villancicos antiguos avisaban que la noche de la Navidad no es noche de dormir, mejor con el intervalo de la Misa del gallo y el ‘adeste fideles’ donde la religión se hace táctil. Como el caganer, siempre hay quien estará a otra cosa, quien pisa sobre sagrado sin descalzarse igual que los turistas entran a las catedrales en bermudas.

Feliz quien guarde en la memoria el paso del misterio y del gozo y no banales alegorías del invierno, la profesora de ugeté que desmonta el belén de un manotazo. De entre los catecismos, el más severo es el laicista, por pura exclusión, más aún cuando se ha puesto en olvido el término justo de la aconfesionalidad. Sin fiestas ni temor de Dios, al final no hay carnes trufadas ni paz familiar ni esas bandejas de salmón con huevo hilado. Al final, no hay alegría, la conciliación de maravilla de la felicidad pánica y cristiana, mezclando las florecillas de San Francisco con los cuadros de Teniers como se mezclan alma y cuerpo. Conforme a la liturgia del tiempo, la Navidad vuelve cada año para corroborar el orden y la reverberación de lo sagrado frente a la ausencia de significación. Siempre fue la formulación de la alegría según la vieja Europa, que firmaba treguas de guerra para la Nochebuena del soldado y por fin lograba una expresión humana en el rostro del comerciante Scrooge.

Esta verdadera historia la cuenta San Lucas, al comenzar su Evangelio. La Virgen María llevaba al Niño en su seno como un fanal lleva la luz. Les acompañaba San José, camino de Belén de Judá, para inscribirse en el censo según las disposiciones edictales. Caía la noche sobre Belén y en la posada no había sitio o bien una posada caminera resultaba licenciosa para la Madre de Dios y su dulce carga. No quedó más que buscar la poca tibieza y el apartamiento de un comedero de animales, hasta que el Niño Dios fue alumbrado –según los clásicos de la espiritualidad- como el desprendimiento de un pétalo. De ahí queda la tradición reverente de saber que a la medianoche de la Navidad, los bueyes se arrodillan.

Atrás quedaban cumplidos los profetas, la angelofanía de Gabriel; por delante esperaba la huida a Egipto como imagen azarosa de la vida, treinta años de prosa hasta la hora de gloria de la Revelación, adelantada apenas por el episodio entre Madre e Hijo de Caná. En todo caso, aquella noche había sobre Belén escalas de ángeles para proclamar gloria a Dios en las alturas, y los pastores se fueron acercando hasta ese portal que aún llamamos misterio. Llegarían reyes magos a ofrecerle los tesoros de Arabia, sin más señal que la incierta estrella y un niño como todos los niños, concreción de carne y sangre, “envuelto en pañales”. Es un Dios que se somete de la Eternidad al tiempo y de hijo de Dios quiere completarse en hijo del hombre, entrando en el cauce de los siglos, añadiendo inmensa dignidad a la dignidad humana. Nacería entre pastores y moriría entre mujeres, entre el amor inmaculado de María y el amor arrepentido de la Magdalena, según recuerda Wiseman. No por azar, ni pastores ni mujeres tenían credibilidad en el judaísmo de esos días. El cosmos que encuentra su coordenada divina y no es ajeno al hombre es todavía la mejor noticia, y cada Navidad habrá aún quien pase la noche al raso de Belén y redescubra ese frío tan humano por más que en realidad se quede en casa mientras se pone la mesa y Dean Martin canta el ‘let it snow’.