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El vertedero

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Todos celebran el Día de Internet. Cantan, ríen y brindan por el mañana digital, mientras que aquí, desde dentro, estamos apretados

Se acaba de celebrar el Día de Internet. Todo rincón de la Red que se precie ha organizado su particular festejo cibernético para honrar al hijo superdotado de las comunicaciones del siglo XXI. Se han promovido miles de iniciativas en todo el mundo.   Los redactores de los periódicos han dejado que, por un día, las noticias las elaboren los internautas; las webs musicales han organizado concursos especiales regalando aparatos ultramodernos para guardar y escuchar canciones; el Gobierno ha promocionado un “ofertón” en los dominios “.es”; los gurús de la era digital han sonreído satisfechos entre abrazos y condecoraciones; y, por último, las empresas que ofrecen esas maravillosas tarifas planas de ADSL han mirado hacia otra parte, porque están muy ocupadas planeando cómo lavar su imagen, que ha quedado en insalvable deterioro tras años de maltrato continuado y prepotente al usuario. El Día de Internet es así.   Estaba leyendo en la prensa las múltiples propuestas para celebrar la onomástica, las concentraciones de wifi-maníacos y todas esas cosas cuando me puse a pensar en el tamaño de la Red. Ya ven, no tengo nada mejor que hacer. La inmensidad de Internet pronto superará lo que racionalmente puede asumir el hombre y comenzaremos a utilizar la Red como ejemplo para enseñar a los niños la infinidad del Universo. Y pensaba, sobre todo, en la contribución del ciberespacio a la costosa tarea de lanzar artistas al estrellato, aunque sea un estrellato anónimo y relativo.   ¿Hasta qué punto podremos asumir a todos los escritores sin columna y poetas que no saben quién es Bécquer, cantantes desafinados y grupos de música masificados, dibujantes digitales y humoristas de la Cara B de Crónicas Marcianas, golfos variados y frikis desterrados, timadores peligrosos y vendedores de vacío enlatado, falsos profetas e iluminados en la sombra... y todo ese infinito etcétera que recorre la serpentina de nuestro cosmos virtual particular al que ahora parece que somos adictos? Y, lo que es peor, ¿quién podrá distinguir en esa gigante telaraña a los valiosos de los estafadores?   Aún suponiendo que, por ejemplo, en el caso del arte, existan tantos buenos escritores como parecen habitar en Internet y tantas grandes canciones como pueden descargarse, ¿quién podrá asumir, disfrutar y contemplar tanta creación? Corremos el riesgo de morir enfermos de empacho de creación artística. Perder el norte, perder las convenciones básicas de la profesión del arte, del periodismo, de la fotografía, del cine, de la música... y convertirnos en espectadores de un gran vertedero donde todo cabe, para que campen a sus anchas el delincuente con el policía, el loco con el cuerdo, el pintor de prestigio con el concursante de Gran Hermano y donde el perro y el gato no tienen ni sitio para jugar a lanzarse la pelota. Mientras que en medio de esa jungla, nos codeamos por llevarnos un trocito un poco más grande del pastel que reparte cada mes tío Google con su Adsense.   Sin ánimo de deprimir a ninguno de los que cuentan con su blog particular, de los que publican a diario su obra –muchas veces valiosa- en algún rincón perdido de la Red, es cierto que parece que la vida se acorta hacia el espacio digital. Se estrechan y confunden los caminos que antes los críticos sabían delimitar bien: muy pocos se atreven a hablar con rotundidad y rigor cuando se trata de Internet.   Esa basura de canción, colgada en una web cualquiera y firmada con pseudónimo, podría ser el pasatiempo de Jagger en sus ratos libres y ese bodrio de novela que parece escrito por un niño de tres años, podría ser una obra experimental de Pérez-Reverte firmada como anónima. Todo, para bien y para mal, puede ser en Internet. Incluso hay quien juega con lo ambiguo del anonimato digital en el ámbito empresarial y comercial, promoviendo campañas inocentes para que los que ya nos caían mal ahora nos caigan un poco peor. Y se lo han vendido como publicidad. Increíble. Sin embargo, entre tanto caos, sólo percibo algo con llamativa nitidez: somos demasiados alimentando a este gran vertedero.   Pero todos celebran el Día de Internet. Cantan, ríen y brindan por el mañana digital. Todos rinden culto a la Red, mientras que aquí, desde dentro, estamos apretados. Estamos hartos de vernos unos subidos encima de otros, hacinados, cada uno con su rollo –siempre hay un loco dispuesto a leerte y a apreciar algo tuyo-, vendiendo por poesías lo que son barrancos sentimentales transitorios –me incluyo-, creyéndonos lo que tal vez, ahí fuera, en la calle, no somos.   Ellos lo celebran, pero nosotros, desde dentro, no podemos olvidar toda la basura que ha salido de este vertedero, por mucho que junto a ella hayan crecido flores. Y por mucho que de varias de esas flores se hayan desprendido polvo de oro y brillantes. Es un acto de cinismo alzar los brazos por algo que, día a día, se nos va de las manos. Ellos lo celebran pero tal vez, a día de hoy, hay poco que celebrar y mucho que pensar.

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