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Las víctimas, ¿divididas?

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La fortaleza moral de las víctimas acaba superando con creces los planteamientos basados en la mezquindad

Una de las consignas que más se repiten en los últimos meses desde los sectores políticos o mediáticos partidarios de la política antiterrorista de Zapatero, es que las víctimas del terrorismo están divididas. Lo dicen tal cual y se quedan tan anchos. Es una aseveración que está viciada en su origen, porque lo que persigue no es describir una realidad, sino debilitar a las víctimas del terrorismo, orillarlas, arrinconarlas, porque  en ese escenario de negociación con ETA al que conduce irremisiblemente la política antiterrorista del Presidente del Gobierno, las víctimas resultan molestas.

 

Sin embargo, si uno se acerca a las víctimas del terrorismo, si habla con ellas, si las escucha, se llega rápidamente a una conclusión: hay muchas, muchísimas cosas que las unen y puede haber algunos matices diferenciadores entre unos colectivos u otros, pero que resultan casi irrelevantes al lado de aquellas.

 

A las víctimas les une, en primer lugar, el dolor de la tragedia que han sufrido y que muy difícilmente podrán superar. Siempre vivirán, como no puede ser de otra forma, con el recuerdo, con la memoria de ese padre, de ese esposo, de ese hijo que un día la sinrazón terrorista les arrebató de su lado.

 

Les une también sus peticiones de memoria, dignidad y justicia. Las víctimas quieren que no se olvide a sus muertos, que son nuestros muertos. Quieren que se les trate con dignidad y porque han renunciado a la venganza, confían en la justicia y en que los terroristas paguen sus crímenes en la cárcel.

 

Les une asimismo un rechazo frontal a cualquier tipo de diálogo o negociación con los terroristas, porque eso supondría pisotear la dignidad de quienes fueron asesinados por defender unas ideas o unos valores que estos quieren destruir.

 

Todos estos puntos de unión entre las víctimas y algunos más quedaron meridianamente claros en el III Congreso Internacional sobre Víctimas del Terrorismo celebrado recientemente en Valencia, donde se reunieron cerca de 400 víctimas de todo el mundo. Da lo mismo que las víctimas sean españolas, colombianas, americanas, inglesas o rusas. Hay un denominador común, porque al final todas son víctimas, independientemente del País en el que vivan.

 

Por lo tanto, que los voceros gubernamentales no insistan mucho en esa tesis de la división, ya que “pinchan en hueso”. Quien pretenda dividirlas está condenado al fracaso, porque la fortaleza moral de las víctimas acaba superando con creces los planteamientos basados en la mezquindad.

Además, las víctimas cuentan cada día que pasa –y bien merecido lo tienen-con un mayor respaldo y afecto social, como ha quedado meridianamente claro en las tres manifestaciones que en los últimos trece meses han tenido lugar en Madrid convocadas por la Asociación de Víctimas del Terrorismo y que han sido secundadas por cientos de miles de ciudadanos.