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Política

Gallardón advirtió en privado a Pedro J. Ramírez que cuando dos grandes van empatados, la pugna se decide al final por la fuerza y la serenidad

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La conversación tuvo lugar hace unos días, en un palco de Madrid reservado para personalidades VIP. El alcalde de Madrid departía con el director general de Contenidos de Unidad Editorial cuando se aventuró a predecir quién se lleva la victoria final cuando pugnan dos grandes rivales.

Sábado, 15 de septiembre. Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. Descanso de la semifinal de baloncesto que enfrenta a España y Grecia por un puesto en la final del Eurobasket. El partido está muy igualado al concluir los dos primeros cuartos. Se teme el potencial de los griegos tras el intermedio.

Los asistentes al palco de honor del recinto asisten al ágape servido por la organización del evento. Entre los presentes se encuentra la ministra de Educación, Mercedes Cabrera; el secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky; el presidente de la Federación Española de Baloncesto, José Luis Sáez, etc.

En un aparte, muy cerca de la puerta de acceso, están conversando amigablemente Pedro J. RamírezAlberto Ruiz Gallardón y algún invitado más. El alcalde de Madrid da la espalda a la entrada mientras se habla de la gran intensidad del choque. Entonces, el edil, en un tono de voz inusualmente alto, declara:

-- Es que dos grandes equipos pueden ir mucho tiempo empatados pero, al final, el que gana es el que más serenidad y más fuerza demuestra.

La mención a la “serenidad” extrañó a uno de los presentes, que no se pudo contener:

-- Pero ahora, ¿estás hablando de baloncesto o ‘de lo otro’?

La respuesta de Gallardón también llevaba una buena dosis de ironía:

-- Yo hablo de baloncesto. No sé tú…

Las risas que siguieron al comentario del alcalde fueron interrumpidas bruscamente. A Gallardón le cambió el gesto mientras se giraba:

-- ¡Hombre, presidente!, exclamó mientras le ofrecía la mano a Mariano Rajoy.

El máximo representante del Partido Popular acababa de aparecer a su izquierda y le devolvía el efusivo saludo con otro apretón de manos.