Jueves 08/12/2016. Actualizado 20:22h

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Política

El bar de la Guardia Civil en Intxaurrondo sirve para ‘filtrar’ los ascensos de la Ertzaintza: los agentes que lo visitan son tachados de ‘españolistas’

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El acuartelamiento de la Guardia Civil en Intxaurrondo tiene un bar que se ha hecho popular por sus bajos precios y allí acuden otros compañeros de profesión en el País Vasco. Sin embargo, los ertzainas que pasan por allí son mal vistos por los propios agentes del cuerpo: se les tacha de españolistas y la visita puede costarles hasta el ascenso.

El bar que la Guardia Civil tiene en el acuartelamiento de Intxaurrondo es un lugar de reunión habitual entre los distintos miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (FCSE). Mantiene unos precios muy asequibles y accesibles a todos los bolsillos. No obstante, las cosas están cambiando por las consecuencias que puede tener visitar el recinto.

Los agentes de la Ertzaintza ya saben que la ‘rebaja’ que ofrece este local de la Benemérita en el País Vasco se cobra algún que otro daño colateral. Los mandos del cuerpo policial tienen en cuenta las visitas que realizan sus subordinados de cara a los ascensos y otras recompensas, aseguran las fuentes consultadas por El Confidencial Digital.

Además, Intxaurrondo está siendo para muchos ertzainas un motivo de rechazo interno. La lectura que se hace en el seno de la policía vasca es que estos agentes que se van de copas al Cuartel de la Guardia Civil son los “españolistas” del cuerpo y así se les califica. Los agentes de la Ertzaintza son controlados, de esta manera, por sus superiores que parecen tener órdenes de informar sobre su entrada en este acuartelamiento.

El que fuera general de la Guardia Civil, Enrique Rodríguez Galindo, dedica incluso en su libro ‘Mi vida contra ETA’ unas palabras a este bar que “desde el primer día, fue muy visitado por la policía y, más tarde, por la Ertzaintza, y por muchos vecinos y conocidos”. Galindo recuerda cómo la cantina fue construida durante su etapa como jefe de la Comandancia de Guipúzcoa y añade que, al término de la edificación, “quedó un bar precioso, con unas jardineras redondas, una grada o peldaño para sentarse, un árbol, una barra moderna que se curvaba en dos o tres sitios hasta llegar a la esquina en que terminaba”. Lejos quedaron entonces los días del “subterráneo oscuro” que hacía las funciones de cafetería.