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Política

Inquietud en Madrid con Maragall y su “diplomacia paralela”: la Generalitat convoca una reunión previa a la Cumbre de Barcelona

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El éxito de la conmemoración del décimo aniversario del Proceso Euromediterráneo de Barcelona es una prioridad fundamental para el Gobierno de Zapatero. Por eso inquieta mucho la constante “diplomacia paralela” de Maragall, también en este ámbito.

El éxito de la conmemoración del décimo aniversario del Proceso Euromediterráneo de Barcelona es una prioridad fundamental para el Gobierno de Zapatero. Por eso inquieta mucho la constante “diplomacia paralela” de Maragall, también en este ámbito. Los días 27 y 28 de noviembre se reunirá en Barcelona un concurrido grupo de Jefes de Estado y de Gobierno con los consiguientes buenos efectos publicitarios para el país anfitrión. Más allá de esta relevancia mediática, la conmemoración, que será liderada por Tony Blair en calidad de presidente de turno de la Unión Europea, servirá para afirmar una apuesta estratégica de la política exterior española como es el diálogo euromediterráneo. Surgido de una iniciativa franco-española, el proceso de Barcelona es el foro más relevante de cooperación entre países norafricanos y europeos, donde también están representados países del Oriente Próximo como Líbano, Siria e Israel, además de la Autoridad Palestina. La inclusión de Israel en esta coalición internacional tiene una importante repercusión simbólica por ser prácticamente el único ámbito en que colaboran con este país naciones del mundo islámico, si bien esta inclusión determina la ausencia de Libia, pese a los esfuerzos desplegados para que el régimen de Gaddafi acceda a sentarse con los israelíes. En sus diez años de andadura, el proceso de Barcelona ha sido una constante prioridad de actuación para la política internacional española y sólo el esfuerzo sostenido por parte de las autoridades españolas ha conseguido que esta iniciativa no desfallezca y pueda presentar frutos en materia de acuerdos preferenciales entre la Unión Europea y los países del Magreb, de corte, hasta ahora, fundamentalmente económico. Integrantes del proceso son la Unión Europea en su conjunto y otros diez países de la cuenca mediterránea. Ahora quiere impulsarse la colaboración judicial y militar. En lo que respecta a los movimientos de Maragall, en este caso se trata de la organización de una conferencia paralela, que se ha de celebrar dos días antes de la reunión de Jefes de Estado y de Gobierno y que inquieta en Madrid por confirmar las ambiciones del Ejecutivo catalán de tener una política exterior propia que puede añadir confusión a la necesaria acción unitaria de la política exterior del Estado. Si bien se informa a Madrid de todas las iniciativas catalanas, entre otros motivos para pedir apoyo logístico de embajadas, Institutos Cervantes, etc., la andadura de Maragall preocupa por su voluntad ampliamente manifestada de tener “estructura de Estado”. En lo que concierne a la conmemoración del Proceso de Barcelona, se ha planeado una reunión liderada por el Ejecutivo catalán que busca “una cooperación bilateral estratégica” y “nuevas fórmulas” de “cooperación descentralizada” a fin de encontrar “un instrumento específico para coordinar mejor todas las autoridades subestatales descentralizadas”. El entrecomillado proviene tanto de declaraciones de la Generalitat como de las crónicas periodísticas locales de la visita de un alto cargo de la Generalitat a Argel. Maragall, por su parte, se ha entrevistado ya con los embajadores de Marruecos, Francia y Reino Unido en España. En Madrid llama mucho la atención esta querencia de la Generalitat por actuar en el Magreb, región que parece ser el eje principal de su política exterior y donde todavía sigue —pese a las polémicas habidas- Àngel Colom, antiguo dirigente de ERC, pasado en los últimos tiempos del ámbito público al privado. No en vano, en el marco del pujante Foro Económico Cataluña-Marruecos, Maragall ya afirmaba que el país magrebí “representa un objetivo prioritario en términos de política comercial y de relaciones exteriores”. Más allá de esto, existen suspicacias por el despliegue exterior de Maragall, más aún tras su viaje a Uruguay, durante la crisis del Carmelo, y tras la visita a Israel con Carod, que cobró relevancia por la cuestión de las banderas. En Madrid existe cierta impotencia a la hora de encauzar estas visitas, en tanto que las comunidades autónomas pueden desarrollar sus actividades en el ámbito internacional y el propio Zapatero así lo ha postulado. El principal temor es la multiplicación de instancias diplomáticas que entorpecen la coherencia de una política exterior centralizada con el consiguiente desprestigio ante otros países, que por su parte pueden medrar aprovechando los distintos intereses de Madrid y sus regiones.