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¿Sirve para algo celebrar el 1 de mayo?

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Pancartas, banderas, megáfonos y gritos de consignas: desde el año 1889, el primer día del mes de mayo se celebra en casi todo el mundo el Día de los Trabajadores. En España los sindicatos organizan grandes manifestaciones que recorren las calles de las principales ciudades del país en las que se reclaman mejoras laborales. Sin embargo, el tono reivindicativo se ha ido perdiendo los últimos años entre el descrédito de las grandes centrales, lo que lleva a preguntarse: ¿Para qué sirve celebrar el 1 de mayo?

Manifestación sindical del 1 de mayo. Manifestación sindical del 1 de mayo.

El origen de la celebración proviene del siglo XIX, durante la etapa de crecimiento del movimiento obrero. Ante las jornadas extenuantes de hasta 12 horas, la Federación Americana del Trabajo inició una campaña de movilizaciones para conseguir la jornada de 8 horas.

El 1 de mayo de 1886 entre 200.000 y 300.000 trabajadores de Estados Unidos iniciaron una huelga para reclamar esa reducción de jornada, mientras otros tantos consiguieron esa conquista laboral con la amenaza del paro.

En la ciudad de Chicago las movilizaciones se extendieron el 2 y el 3 de mayo, y la violencia por la represión policial y por un atentado con agentes asesinados atribuido a anarquistas tensionaron la situación. Cinco obreros fueron condenados a la horca y el recuerdo de los ya conocidos como “mártires de Chicago” hizo que en 1889 la Segunda Internacional declarara el 1 de mayo como Día Internacional de los Trabajadores.

Lo más relevante es que esas grandes movilizaciones de obreros consiguieron en muchos casos que los patronos accedieran a concederles la reivindicación de rebajar la jornada laboral a 8 horas diarias.

De las manifestaciones de la Transición a la actualidad

130 años después de esas huelgas, los sindicatos continúan llamando a los trabajadores a celebrar el 1 de mayo con manifestaciones en la calle. En España las grandes centrales, Comisiones Obreras (CC.OO.) y la Unión General de Trabajadores (UGT) lideran las movilizaciones junto con otras organizaciones más minoritarias y regionales.

Desde que se instauró como fecha señalado por los sindicatos en España en 1890, el Primero de Mayo ha vivido circunstancias muy diversas. En los años 60 esta fiesta fue la expresión de la creciente movilización social y política contra la dictadura de Franco, que llegó a declarar estados de excepción en estas fechas.

A partir de la Transición los sindicatos volvieron a salir a la calle. Si las manifestaciones de 1977 no fueron autorizadas, aún así se produjeron y comenzaron a mostrar el músculo y la capacidad de movilización de Comisiones Obreras y de UGT. El año siguiente el 1 de mayo ya fue “legalizado”, y la gran manifestación en Madrid, muy concurrida, contó con la participación de los líderes sindicales Marcelino Camacho y Nicolás Redondo, a los que se sumaron los secretarios generales de los dos grandes partidos de izquierda: Felipe González (PSOE) y Santiago Carrillo (PCE).

Salvo algunos repuntes coincidiendo con épocas de mayor conflictividad social contra los gobiernos de Felipe González y José María Aznar, la afluencia a las manifestaciones del 1 de mayo ha ido descendiendo progresivamente en los últimos años.

Por ejemplo, las crónicas de la marcha de Cibeles a la Puerta del Sol del 1 de mayo de 2015 coincidieron en reflejar una participación escasa en la manifestación principal de la capital de España. Además, buena parte de los participantes pertenecían a colectivos concretos, como trabajadores despedidos de Coca-Cola y empleados con conflictos laborales en Correos y Movistar.

Este Primero de Mayo ha sido convocado por los sindicatos mayoritarios con el lema “Contra la pobreza salarial y social. Trabajo y derechos”. En años anteriores los mensajes han incidido en que “Así no salimos de la crisis”, “Sin empleo de calidad no hay recuperación” o han reclamado poner fin a los recortes sobre el gasto público social.

Los sindicatos, cada vez peor vistos

No cabe duda de que las movilizaciones del 1 de mayo han ido perdiendo influencia social y política conforme han visto caer las cifras de participación. Para no pocos trabajadores esta fecha se ha convertido en un mero día sin trabajo, y las manifestaciones son tan sólo rituales anuales en los que los sindicatos sacan a la calle a sus afiliados.

Todo ello se enmarca en la progresiva disminución de participación sindical y de valoración de los sindicatos por parte de los ciudadanos. A la luz de los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la nota que los españoles ponen a los sindicatos ha caído en diez años del 4,5 al 2,6. Aunque siguen por delante de los partidos políticos, las organizaciones de trabajadores suspenden claramente en valoración ciudadana.

Hace unos años el CIS constató que el 83% de los españoles no han participado jamás en un sindicato, y sólo un 3,4% declaró participar activamente en la lucha obrera. Las encuestas incluso preguntaron “¿Por qué se alejan los españoles del sindicalismo?”, y la respuesta más elegida fue “porque no sirve de nada”.

A estas cifras se añaden las de pérdidas de afiliados. De acuerdo con los datos recientemente recopilados por el diario Expansión, entre 2009 y 2015 los sindicatos vieron caer sus miembros en 584.788 socios: Comisiones Obreras pasó de 1.203.307 registrados en 2009 a los 909.052 apuntados a cierre de 2015, mientras que UGT cerró el año pasado con 928.846 frente a los 1.205.463 que tenía seis años antes.

Los sindicatos achacan este descenso a la crisis: muchos trabajadores no pueden seguir pagando las cuotas, y además el aumento del paro y la caída del número de personas con empleo tienen una gran incidencia en las cifras menguantes.

El golpe de los escándalos de corrupción

Pero no se pueden obviar los casos de corrupción que en los últimos años han afectado a las grandes centrales. Los más graves han sido el de los ERE fraudulentos de Andalucía y el de los cursos de formación en la misma comunidad -el dinero para parados se desviaba al sindicato, presuntamente-.

A ellos hay que sumar la participación de miembros de UGT y CC.OO. en los consejos de administración de cajas quebradas como Caja Madrid -con tarjetas black de por medio- y la dimisión del líder de UGT en Asturias, José Ángel Fernández Villa, que había regularizado con la amnistía fiscal 1,4 millones de euros que tenía ocultos a Hacienda.

Gastos injustificables, como pagar con dinero público 700 maletines de piel o bocadillos y pancartas, e imágenes como las de varios sindicalistas comiendo una gran mariscada han golpeado duramente la credibilidad de los sindicatos mientras los trabajadores sufren el paro y el empeoramiento de sus condiciones de vida.

Como consecuencia de todo ello, el seguimiento de las movilizaciones sindicales ha caído y la influencia de sus reclamaciones durante el 1 de mayo para mejorar las condiciones laborales y la calidad del empleo tienen menos fuerza que nunca.

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