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¿Por qué murió Cristina Martín de la Sierra?

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De Sandra Palo a Cristina Martín de la Sierra o Marta del Castillo, España está conmocionada. ¿Cómo se explica esta violencia juvenil?

-         El escritor de esa historia de “ultraviolencia” que es “La Naranja Mecánica”, Anthony Burgess, profesor antes que escritor y “hombre profundamente incardinado en la cultura literaria y la tradición”, “sintió la importancia que tenía el cambio de la autoridad cultural, autoridad que ya no iba a recaer sobre los mayores sino sobre los jóvenes. Y pensaba que dicho cambio llevaría a un infierno en la tierra y a la destrucción de cuanto era valioso para él”.

-         ¿Exageraba Burgess? El psiquiatra Anthony Daniels pinta un panorama difícil. En Gran Bretaña, país donde la violencia juvenil –con fenómenos paralelos como promiscuidad a ultranza, embarazos no deseados y alcohol masivo-, “los adultos tienen cada vez más miedo de los jóvenes (…) y por eso ya dejan de reprender a los que cometen actos antisociales en público, por miedo de que el joven se vuelva violentamente contra el adulto”. No sólo hay que llegar a esos extremos: “las madres, con tanta ansiedad como deferencia, les preguntan a sus niños de cinco años qué es lo que quieren comer, para evitar que tengan un ataque de ira. El resultado es que adolescentes y jóvenes toman toda denegación de una petición como un acto de lesa majestad”. “Los adolescentes no están acostumbrados a un ‘no’ por respuesta”, dice Asela Sánchez Eneas, psicóloga.

-         Como se ha visto en el caso de la asesina de Cristina Martín de la Sierra, las ideas tienen consecuencias: era una chica con una atracción inquietantemente profunda hacia la mortuoria estética gótica. El hecho de sentir esta atracción a los trece-catorce años no implica que una chica vaya a ser una asesina, pero puede fácilmente colegirse de que no era una muchacha convenientemente vigilada por su familia.

-         Sánchez Eneas, quien ha editado el libro Niños y adolescentes difíciles: evaluación, diagnóstico, tratamiento y prevención, sostiene que la violencia, un problema cada vez más frecuente entre jóvenes, se debe a una sociedad demasiado permisiva. La autora explica que los niños tienen diferentes etapas de aprendizaje en las que empiezan a comprender aspectos como "lo que se debe o no hacer", por lo que deben aprender estas conductas desde una edad temprana, pero que en la actualidad impera el "dejar hacer". Hemos pasado, en apenas generación y media, de estilos autoritarios a estilos demasiado permisivos: hoy es habitual que los padres cuestionen lo que sobre sus hijos dice el profesor.

-         La vigilancia se hace cada vez más difícil ante el territorio propio y la vida –ya no paralela sino real- que tienen los adolescentes en internet: en el caso de Cristina, las redes sociales han tenido que ver, como en otras ocasiones existe –uno de cada cuatro adolescentes lo ha sufrido- el ciberacoso.

-         Asistimos, además a episodios de maduración descompensada: ¿cómo se explica, pregunta Daniels, que haya en los kioscos revistas que enseñan a niñas de diez u once años a presentarse como “sexualmente atractivas”? También hemos visto en otros casos, el de Marta del Castillo, la creciente “compresión de generaciones”, por la cual un joven de veinte años puede “salir” con una niña de catorce. “La precocidad es el mayor logro”, dice Daniels, “en ese mundo de cultura juvenil ausente de toda ternura”.

-         En el crimen de Cristina se aplicó una fuerza excepcional y se cayó en el ensañamiento. Además, fue necesaria mucha malignidad para esconder el cadáver –cosa que no resultó fácil- en un lugar de complicado acceso, para al fin callar durante horas y horas, hasta que las fuerzas del orden dieron con la homicida. Esta impiedad ya estuvo presente en el crimen de Marta del Castillo: son jóvenes “a las que sólo las sensaciones crecientemente extremas pueden despertarles de su torpor mental”.

-         Añádase un rasgo políticamente incorrecto: la creciente masculinización –en hábitos amatorios y también en las relaciones sociales- de las niñas.

-         Ya en los setenta, y citando una investigación de doce años, Juan Cruz afirma que “los niños que se han declarado violentos habituales estaban en la categoría de los que se sientan ante el televisor desde que regresan del colegio”. Y hace treinta años no era el 45% de los niños y adolescentes españoles el porcentaje de los que tenían televisor propio para ver a solas series como Física y Química, en cuyos primeros tres episodios se pudo asistir a “las malas artes de dos matones que hacen la vida imposible a un alumno chino o al suicidio de un menor, a una fiesta ‘petting’ (orgía estimulada por el consumo de drogas de síntesis en la que todo está permitido menos la penetración) y a una epidemia de gonorrea que afecta a profesores y alumnos.

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