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El curioso perfil de ‘El Solitario’, un hombre difícil, separado y con hijos, que residía en una urbanización de lujo de Madrid y con antecedentes

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En el retrato psicológico que le hizo la Guardia Civil, se hablaba de una persona que robaba cuando necesitaba dinero y que por su manejo de las armas podía haber pertenecido a las Fuerzas y Cuerpos del Seguridad del Estado. Pero Jaime Giménez Arce, el delincuente más buscado, es algo distinto.

A los investigadores se les nublaban los ojos cuando los periodistas les preguntaban por ‘El Solitario’. Un equipo de la Unidad Operativa de la Guardia Civil y otro de la Unidad de Delitos Violentos de la Policía llevaban 13 años tras de él y era ya casi una apuesta personal, más que profesional. De hecho, en los despachos se oía decir que el que le pusiera las esposas se colgaría la medalla de su vida. Pero el atracador y asesino de dos guardias civiles y un policía local los esquivaba.

El delincuente iba y venía a su antojo buscando el próximo lugar para perpetrar otro golpe más. Actuaba solo y no parecía tener arraigo. De ahí que le llamaran ‘El Solitario’. En sus robos –que se cifran en una cantidad aproximada de 600.000 euros, aunque puede ser mayor-, recorrió casi toda España. De hecho, los agentes manejaban un mapa tratando de fijar una “rutina” o “un motivo” en sus desplazamientos. Pero no lo había o no parecían encontrarlo.

Uno de los agentes que lo investigó durante años afirma a El Confidencial Digital que “actuaba cuando necesitaba dinero y que elegía pequeñas poblaciones en las que la huída era rápida y fácil”. No dejaba huellas –porque solía utilizar celo para tapar sus dedos-, y se esfumaba por los caminos y carreteras como si de un fantasma se tratara. Pero hace unos meses, esa pauta también se quebró: ‘El Solitario’robó en un banco a apenas 200 metros del complejo policial de Canillas y algunos agentes entendieron que les había lanzado una especie de reto.

El atracador, al que de momento se le atribuyen 36 asaltos a bancos y tres asesinatos –dos guardias civiles que le dieron el alto en una carretera, el 9 de junio de 2004 cerca de Castejón (Navarra) y a un policía local en 2000 en Castellón-, se llama Jaime Giménez Arce, de 51 años, llevaba una vida aparentemente normal en un adosado de la calle galeno en Monterrozas donde sus vecinos le conocían “por sus enfrentamientos un poco violentos, proviene de buena familia aunque cuenta con algunos antecedentes”.

La Guardia Civil había distribuido sus imágenes en otras ocasiones, sin resultado. La foto que captaban las cámaras de seguridad en cada atraco que cometía eran borrosas. Parecía un hombre de complexión fuerte, de 1,70 metros de altura con el pelo medio largo y barba, que cojeaba y que iba últimamente llevaba una muleta para sortear la seguridad de los bancos y así pasar las armas. Los testigos de sus atropellos –empleados bancarios, generalmente-, no mejoraban aquella radiografía con sus descripciones. El miedo no se lo permitía. Tampoco el escaso tiempo en el que realizaba los atracos. En apenas dos minutos, llegaba, exigía su botín con una voz tajante y se largaba casi siempre en un Suzuki. Ahí se perdía su rastro.

Parece ser que el último atraco en la localidad zamorana de Toro fue el primer paso a su perdición. Allí los testigos se fijaron mejor en su rostro que disfrazaba, como era habitual con una peluca y una barba, y el retrato robot que habían realizado la policía científica pudo mejorar sus trazos. Esa imagen fue distribuida por la Guardia Civil hace apenas un mes en los medios de comunicación y un vecino les dio la pista que les llevó hasta él. Desde entonces, siguieron sus pasos.

‘El Solitario’ les llevó hace unos días hasta Figueira de Foz, entre Coimbra y Oporto, y, de nuevo, de vuelta a Madrid. Iba a volver a delinquir y había que acelerar la detención. De hecho, lo pillaron cuando se encaminaba a una entidad bancaria de la Caixa Agrícola, disfrazado con una perilla, con un traje gris y un chaleco antibalas como solía llevar. En un maletín, una ametralladora de calibre 45 y un revólver del 45 cargadas y listas para disparar. Esta vez, se movía en una furgoneta Kangoo.

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