En 360 grados: periodismo desde todos los puntos de vista

Una “pausa loca” de 6.000 kilómetros a pie en busca del sentido de la vida

photo_camera Carlota Valenzuela.

De Finisterre hasta Tierra Santa hay casi un año de camino a pie a cerca de 20 kilómetros al día. Justo en el ecuador -Roma- está ahora mismo Carlota Valenzuela, la joven granadina que protagoniza esta aventura pedestre con una única meta: ponerse “a disposición de Dios” y decirle en cada metro: “¡Aquí estoy! ¡Tú sabrás!”. La expedición en busca del sentido de su vida es un trayecto de introspección, contemplación, sorpresas y “muchas personas generosas” entre signos de interrogación que llena de admiración a miles de espectadores en las redes sociales.

Carlota Valenzuela tiene 29 años y una pregunta esencial enrocada en sus entrañas: ¿qué quiere Dios de mí? Como no ha nacido para esperar a que llueva la respuesta en cualquier momento random, el pasado 2 de enero cogió una mochila sencilla y salió desde Finisterre hacia Jerusalén haciendo camino al andar.

20 kilómetros al día. Unas zapatillas nuevas cada 1.500 kilómetros. Llegará a la meta de su aventura por Navidad. Un año en marcha entre signos de interrogación, los ojos como platos y la sonrisa despierta que vemos en su perfil de Instagram, porque parte del camino es contar sus pasos abriendo las ventanas de esta historia al máximo número de inquietudes posibles.

Hoy está en Roma. El miércoles será recibida en audiencia por el Papa Francisco. Le tiemblan un poco las piernas entre los adoquines de la Ciudad Eterna, pero se le ve feliz con este itinerario de contemplación activa que ella define como “una pausa loca”.

Licenciada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad de Granada. MBA en Comercio Exterior. Una vida profesional firme y resuelta. Una vocación social muy fuerte. Y, aunque “me encantaba lo que hacía”, en el verano de 2021 entendió “con claridad” que Dios la llamaba a peregrinar hasta Jerusalén. Dejó todo. Se quitó Netflix y HBO. Planificó la aventura. Se calzó las botas y ya va por la mediatriz de este paréntesis.

¿Todo empezó con un pronto? No. El primer paso de Carlota hacia Tierra Santa no fue un arrebato, sino “un proceso en el que fui descubriendo que Dios me estaba pidiendo algo más, pero no me estaba enterando”.

- ¿Dios sigue llamando en el siglo XXI?

-Sí.

- ¿Y cómo se nota?

- Se nota si estás atento. Cuando una persona está enamorada se da cuenta de los mil detalles que tiene su pareja: una mirada, una sonrisa, un mensaje de buenos-días… Si vamos con prisa o se ha muerto ese amor, esas manifestaciones de cariño no se ven. Cuando uno está atento y es sensible a la voluntad de Dios aprende a ir reinterpretando muchas cosas a lo largo de su vida.

 

Habla Carlota con seguridad, una seguridad que viene creciendo desde hace meses dentro de ella “tras un encuentro completamente inesperado con Dios”.

¿Cuál era el caldo de cultivo interior antes de llegar aquí?

- He nacido en un hogar con padres católicos, pero muy de andar por casa. Algún domingo íbamos a misa. Eso sí, bajo este techo siempre ha habido una gran libertad. Cuando le conté a mis padres que quería lanzarme a recorrer medio mundo con este objetivo, se asustaron, pero no me han puesto pegas. Con el paso de los meses están más tranquilos, porque me ven contenta y porque ven que la aventura va cuajando. Yo siempre he tenido una fe muy teórica, pero, durante la carrera, me encontré personalmente con Dios. Entendí progresivamente, como en un proceso, que esa fe que yo leía en un libro -el Evangelio- y escuchaba en misa, era real.

- ¿Cómo ha sido ese proceso hasta hoy?

- Como la sed. A través de encuentros, viajes y casualidades, Dios iba sembrando en mí una inquietud creciente y yo tenía sed de conocerle mejor y saber qué quería de mí. Tuve un novio protestante que conocía muy bien la Biblia y me transmitió hambre por conocer los textos sagrados y asentar mi fe. Un año me fui a Suiza, y aquello me permitió salir de mi círculo y entender quién era realmente yo. Y cuando todo empezaba a tener sentido, me fui a Calcuta, y allí vi el Evangelio convertido en acción.

- ¿Dios te pide ser misionera de la Caridad y seguir los pasos de santa Teresa de Calcuta?

- Por ahora, no. Dios tiene para cada uno un camino diferente y muy personal. Ahora mismo, el mío es peregrinar, por no sé si esto estará emparejado a una vocación religiosa.

Cuenta que en la decisión de lanzarse a esta peregrinación sin fronteras ha tenido mucho que ver Pablo D’Ors: “A principios de año leí su Biografía del Silencio y aquellas páginas me invitaron a comenzar a meditar. Gracias a ello creé un espacio de silencio en el que las intuiciones se fueron haciendo más claras”. Dice Carlota que le deslumbró “la sencillez con la que D’Ors vuelve a la esencia de la fe, sin florituras”.

También le ayudó a enrutar su disposición el libro Peregrinar por fuera y por dentro: guía interior para peregrinos y caminantes, del jesuita José María Rodríguez Olaizola. Estos textos llenos de experiencias universales profundas han sido su compañía en los primeros meses de viaje.

- ¿Y tu fin es descubrir el cómo, entender el qué, saber el cuándo…?

- Mi peregrinación tiene como objetivo ponerme a disposición de Dios y decirle a cada metro: “¡Aquí estoy! ¡Tú sabrás!”. No busco una respuesta concreta. ¿Vida religiosa? ¿Laica en medio del mundo? ¿Misionera? ¿Madre de familia? Eso llegará. De momento, Tú ve contándome.

Desde Finisterre hasta Roma, Carlota ya ha ido descubriendo carismas que ni siquiera conocía. Entre personas que se cruzan y textos que se calza –“todos los que puedo”-, va abriendo sus oídos a las diferentes realidades espirituales que conviven en la Iglesia católica.

Así lleva seis meses. Dos pares de zapatillas gastadas. Desde el 2 de enero se patea el mundo y “estoy flipando. Esto es otro rollo. Cualquier cosa que pudiese imaginar está siendo mera coincidencia”.

- ¿Qué esperabas y qué te estás encontrando?

- La verdad es que no tenía grandes expectativas. Me imaginaba un camino solitario, de mucha meditación y mucha introspección, y me estoy encontrando con una gran explosión de generosidad humana. Casi cada día me acogen en una casa en la que no me conocen de nada.

- ¿Vas sin dinero?

- Voy con un presupuesto, pero no me he gastado ni la mitad de lo previsto.  Algunas noches me alojo en albergues o pensiones, pero casi siempre convivo bajo techo con gente estupenda con la que me encuentro por casualidad. Por ejemplo: un día iba por caminos franceses un poco inquieta, porque me tocaba pernoctar en un pueblo y no sabía si habría alojamientos y supermercado, para cenar algo. Con ese runrún, me paré a beber en una fuente y una pareja que pasaba por allí me preguntó a dónde iba con esta mochila. Les expliqué que iba a tal localidad.

- ¿Y dónde vas a dormir allí?, me preguntaron.

- No lo sé.

- Pues toma nuestro teléfono y llámanos cuando llegues, que te acogeremos encantados.

“Soy absurda. Cada vez que me preocupo por las cosas del camino estoy desconfiando de Dios. Esta experiencia está siendo, sobre todo, una oportunidad de aprender a abandonarme deshaciéndome de apegos tontos que me quiero quitar de encima, como el polvo del camino”.

Ahí, andando con sus bastones. Su mochila. Su sonrisa. Sus preguntas. Sus ojos. Sus oídos. Sus asombros. Kilómetro a kilómetro. Luces, lluvias, invierno, flores y primeros parajes con precuelas de verano.

- ¿Llevas cascos para escuchar música?

- Pensaba que escucharía mucha música, porque soy muy melómana, pero lo cierto es que prefiero escuchar solo lo que me rodea. No me quiero abstraer del presente. Trato de estar con los cinco sentidos en el trayecto. Contemplar es una manera grandiosa de ir por la vida. Además, estar con los oídos atentos es una recomendación de seguridad.

- ¿Te has encontrado algún peligro?

- Me he topado con rutas que acaban en barrancos o con vallas que no aparecían en el Google Maps, pero no he vivido ningún peligro. Más bien, al contrario.

Carlota llegó a Roma el 20 de abril. “Y poner un pie en la Plaza de san Pedro fue espectacular. Roma era un hito importante en mi peregrinación. Marca el punto medio. Venir a visitar a san Pedro es especialmente emocionante, entre otras cosas porque es mi santo favorito. Fue él, con sus debilidades, el que levantó la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo en la tierra”.

Solventó la primera parte del camino con su inglés y su francés, y ahora supera la sutil barrera del italiano “siendo más creativa”. Pasar por la Ciudad Eterna ha supuesto salirse del trayecto más recto hasta Jerusalén, “pero no podía hacer una peregrinación sin pasar por la capital de la cristiandad”. Antes hizo parada en otros epicentros de la fe, como Santiago de Compostela y Lourdes. Quiere visitar Asís. A finales de agosto aterrizará con sus pies en Medjugorje, “y seguramente acabe desviándome para visitar otros lugares que ni siquiera conozco y me encontraré durante la marcha”.

Por ejemplo: hace unos días, antes de llegar a Roma, a unos kilómetros de Viterbo, se encontró con una realidad “de la que nunca había oído hablar en mi vida”: el Instituto del Verbo Encarnado. “Era el único día del año que el monasterio está abierto y que las hermanas de clausura reciben gente. Un día al año. Y me tocó”.

Narra en su perfil de Instagram: “Un monasterio. Una aparición. Un milagro. Aparezco en el monasterio de San Pablo como empujada por Dios. Mensajes por Instagram, una recomendación de mi primo, una película, me llevaron a aparecer ayer en Tuscania. Yendo en el coche no entendía nada, pero me di cuenta de que no necesitaba entender, solo vivirlo. Llego en adoración, mejor imposible. Acaba la adoración y las hermanas abren la verja para que entren las familias y los visitantes. ¿Cómo es el abrazo de una madre que solo abraza a su hija un día al año? No lo puedo explicar. Nunca en mi vida he visto sonrisas como las de estas hermanas contemplativas. Estaba abrumada de tanto cariño, tanto mimo, tanta risa. Ellas dan todo lo que son a Dios. No desde la renuncia, sino desde la libertad. Desde su elección. Y poca gente he visto en un trabajo o en una familia con la disposición y la entrega con la que vi a estas chicas. ¿Qué pasa aquí? ¿Dónde está el truco? Omnipotencia me dice: en que no me encierro en mí, sino que vivo por Él. Pum. Ahora a digerir esta entrega, este amor y esta generosidad. Un amigo me dijo un día que “las religiosas son el pulmón de la iglesia”. Pues podemos estar tranquilos, vamos a toda máquina chavales”.

Camino, casualidades y puertos. La vida que pasa, sin miedo a hacerse preguntas y escuchar las respuestas. ¿Sendero que acaba en barranco? Se torea. ¿Valla que no sale en Google Maps? Se salta.

- ¿Vas rezando por el camino?

- Sí, contemplando, porque la obra de Dios es una locura.

- ¿Cómo está siendo la experiencia de locutar tus vivencias en las redes sociales?

- Sinceramente, no me esperaba tener demasiado tirón, entre otras cosas porque no estaba muy acostumbrada a las redes y la cosa me daba un poco de vértigo. Pero va bien. Muy bien. La gente es muy amable. Algunos me dicen que les sirve, y con eso me doy con un canto en los dientes.

- ¿Tu aventura es, también, una manera de decirle a los jóvenes que la fe es una experiencia personal activa, que cada uno tiene la responsabilidad de encontrar su sendero?

- Yo animo a cualquiera, especialmente a los jóvenes, a tener la valentía de entender lo que Dios ha puesto dentro de cada uno, porque seguir el camino que Él nos ha preparado es muy bonito y muy satisfactorio. Animo a los jóvenes a ser valientes y escuchar nuestro interior, pero soy incapaz de dar ningún consejo, porque esto es una cuestión muy personal que cada uno afronta como entiende. Yo doy mis pasos, y si mis pisadas sirven a otros, fenomenal.

Sonriente. Deportista. Valiente. Audaz. Preparada. Una doble licenciatura. Un MBA. Tres idiomas. Una ilusión vital como la Alhambra. Ahora llegarán el verano y el otoño. Sudará las camisetas. Se caerán las hojas amarillas. Anhelos, nostalgias, deseos. Olas que vienen y van mientras ella sigue tirando para adelante. Así, hasta que suenen los glin-glin-glin de la Navidad y las luces de fiesta le pillen a ella en Jerusalén.

Hay personas que buscan la verdad en los libros, en los pensamientos ajenos, en la experiencia universal. Hay quien se lanza a por ella desde una biblioteca, desde una capilla, desde un sofá. Carlota Valenzuela, granadina itinerante, cree que el camino, la verdad y la vida son la misma autopista hacia el cielo. En mitad del trayecto para llegar a la meta, la victoria ya brilla en sus ojos con un tintineo con imán.

 

El centro comercial de la ciudad de Kremenchuk después de haber sido atacado por Rusia

Comentarios
Somos ECD
¿Quieres formar parte de ECD?