Defensa

33 años después

“Coged el camión y bajad al pueblo a por los rojos”. La orden de un oficial en la noche del 23-F

El aniversario del intento de golpe de Estado resucita viejas historias que ahora se empiezan a contar. Conozca otra más inédita

Teniente Coronel Tejero durante el Golpe de Estado del 23-F.
photo_camera Teniente Coronel Tejero durante el Golpe de Estado del 23-F.

Se han cumplido 33 años del intento de golpe de Estado del 23-F, pero la historia de aquel suceso que agitó España continúa escribiéndose. Todavía hoy se descubren situaciones y momentos críticos vividos en aquellas horas. Una más, que ahora se revela, tiene como protagonista a un oficial que ordenó a los soldados que cogiesen “un camión” y bajasen al pueblo cercano “a por los rojos”.

La publicación del libro de Pilar Urbano ‘La gran desmemoria’, centrado en gran medida los acontecimientos que rodearon el golpe asumiendo y en el papel que desempeñó don Juan Carlos, ha traído de nuevo a la actualidad los sucesos de aquel 23 F, tanto en el Congreso, tomado por el teniente coronel Tejero, como en otros lugares de España.

La noche del 23-F fue especialmente tensa en determinadas bases y acuartelamientos militares de España. No pocos miembros de aquellas Fuerzas Armadas, en especial aquellos que se encontraban realizando el servicio militar obligatorio, recuerdan las horas de incertidumbre que vivieron en sus acuartelamientos, la falta de información y los sucesos que en ellos ocurrieron.

Algunas de las historias que renacen, como la que ha conocido ahora El Confidencial Digital, muestras la confusión que se produjo en esos cuarteles cuando algunos mandos mostraron abiertamente su apoyo a los golpistas y confiaron en el éxito del pronunciamiento.

“Id a por los rojos”

Javier tiene actualmente 57 años, pero recuerda nítidamente la orden que le dio un superior, a él y a sus compañeros, aquella noche del 23 de febrero de 1981.

Tenía entonces 23 años y estaba haciendo la ‘mili’ en la instalación de antenas de radar en Sevilla. Se trata de una unidad creada en 1953 entre España y Estados Unidos, tras la entrada en vigor del primer convenio bilateral, que servía de apoyo a la base aérea de Morón de la Frontera.

Esa noche Javier se encontraba de guardia. En los siete meses que llevaba de servicio había pasado por varios acuartelamientos, hasta quedar finalmente destinado en la estación, próxima al pueblo de Constantina, en la sierra sevillana, una localidad que por entonces no alcanzaba los 10.000 habitantes.

El destacamento lo formaban 200 hombres, que en aquellas horas apenas tenían acceso a la información sobre el golpe. Se sabía, gracias a las radios, que un teniente coronel de la Guardia Civil había entrado a tiros en el Congreso, al frente de unos grupos de agentes armados. Horas después se supo también que en Valencia los carros de combate de Milans del Bosch habían salido a patrullar por las principales vías de la ciudad.

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“Yo era por aquel entonces algo mayor que mis compañeros. La mayoría tenían entre 18 y 19 años, y muchos eran de la zona, de la sierra sevillana. Algunos no sabían ni leer, y me preguntaban a mi por el golpe. Estaban completamente acoquinados” recuerda Javier. “La gente tenía miedo de lo que pudiera pasar”.

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Un oficial se presenta en plena madrugada

Ya entrada la noche, siendo ya 24 de febrero, continuaban las charlas discretas y nerviosas sobre los avances del golpe. En plena madrugada aparece un vehículo. Su pasajero se identifica como oficial. “Debía de tener cerca de los 60 años, seguramente próximo a pasar a la reserva”, relata Javier.

“Llegó hasta la base y comenzó a pasearse cabizbajo, pensativo, con las manos cruzadas a la espalda”.

No le habían visto habitualmente por allí, por lo que dedujeron que venía de algún otro cuartel. A los militares –la mayoría reclutas de ‘mili’- que presenciaban aquella escena les llamó la atención la pose, pero sobre todo su indumentaria. “Creo que vestía el uniforme de gala, aunque hacía frío y llevaba el abrigo encima. Llevaba puesta la gorra de plato”, recuerda.

Tras unos momentos de incertidumbre, el oficial se acerca a los soldados y les ordena, con gesto serio: “Coged un camión y bajad al pueblo -a Constantina-. Vamos a hacer una refriega con los rojos más peligrosos”.

Según explica el entonces joven soldado, la orden les dejó petrificados. No hubo respuesta: nadie se movía. Tras un breve tiempo de espera, y al comprobar el superior las dudas y miradas que habían provocado sus palabras, volvió a pasear nervioso. Pasados unos minutos, decidió dar la vuelta, montar en el coche y abandonar el lugar.

Cinco meses después, el soldado que vivió y relata aquella historia se licenció y continuó con su carrera profesional como civil.

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