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RAFAEL ÁLVAREZ, EL BRUJO, es actor, dramaturgo y productor. Lleva más de cincuenta años haciendo teatro. Desde 1995 crea y dirige sus propios espectáculos. Ahora mismo, a sus 72 primaveras, interpreta a la vez tres obras diferentes en el Teatro Alcázar, de Madrid: “Lazarillo de Tormes”, “El alma de Valle-Inclán” y “Autobiografía de un yogui”.

El Brujo: “Parece como si todo se confabulara para disuadir de dedicarse a la cultura”

El Brujo.
photo_camera El Brujo.

Independiente, libre, trabajador. Cultura en forma. La madurez es huir de los sesgos. Con su magia característica, El Brujo es un hiperactivo sobre las tablas. Tiene el don de la ubicuidad y tres obras simultáneas en el Teatro Alcázar. Picaresca, esperpento y espiritualidad para esta hora exacta del siglo XXI desde el escenario de Madrid. Y una gira por Barcelona, Badajoz, Valencia… Acción con contemplación. De Lázaro de Tormes al yoga, y de Plauto a Valle-Inclán. Versatilidad con tres volutas: clásicos, conciencia y alma. Lleva 52 años sobreviviendo a su vocación artística, mientras desfilan, grises y sin blanca, los concejales de Cultura. Disfruta de su misión social con propuestas alternativas a la escena al por mayor. Le llenan las risas con contenido y respirar hasta lo hondo. Mente libre de prejuicios en espíritu joven. Rizos canos de experiencia labrada a trépano que nutren sus espectáculos. Un actor transparente con el pecho de cristal. Capaz. Valiente. La cultura sin remilgos, pero con chicha, hace que el público sea menos masa, escuche, aprenda y aplauda de pie de tú a tú.  

Martes de pascua y relluvias. Son las 20.30 y se abre el telón. Unas bombillas de verbena, una tela azul con olas y seis sillas de feria. En la penumbra del escenario, discreto, pero esencial, Javier Alejano, que lleva más de treinta años siendo la banda sonora de los espectáculos de Rafael Álvarez. El Brujo sale a escena en pingüino blanco calzando cincuenta años de tablas, una sonrisa y el alma de Valle-Inclán.

Con su toque de esperpento, el veterano dramaturgo habla con el público como en sala de estar. Que si libertad o comunismo, que si un respetable de nivel, que si el chotis de las vanguardias. Que si los políticos. Que si los periodistas. Que si Irene Montero. Que si las facturas invisibles de la pandemia. Se le ve en su salsa mientras nada hasta meterse en las Divinas palabras del mítico modernista de las barbas-río.

El Brujo hace hat trick en este teatro este abril y en mayo estará en el Bellas Artes hablando de Plauto y de Dios. Aquí rueda entre Lazarillo de Tormes, el literato gallego titular del siglo XX y la Autobiografía de un yogui. La versatilidad en escena, con sus arrugas del tiempo y sus relumbres de luz interior.

Es único. Dueño y señor de sus obras sin actos. Locomotora de un monólogo que enciende el botón de pensar entre los clásicos, los titulares de esta mañana, los chistes de su chistera, las hipérboles de la cultura y sus licencias contemporáneas, las chispas de trascendencia, occidente, oriente, el sentido común y el sentido del humor.

En este patio de butacas estamos los justos para un martes a las 20.30. Dos horas de pim-pam-pum. Risas y versos. Gracias epidérmicas y reflexiones medulares. Espejos cóncavos y convexos. Llueve en esa primavera romántica donde los poetas solo ven flores y los dramaturgos ven, también, goteras. Al final, el público entero se ha puesto en pie para aplaudir esta obra, esta tertulia, o esta whatever enmarcada en bombillas de colores y música de acordeón con sabor a Compostela.   

Justo antes de que El Brujo saliera al ruedo a vaciarse, hemos toreado a solas. En la arena de terciopelo rojo de este teatro de Alcalá descubrimos a otro Fernando Pessoa con acento cordobés, espíritu joven y veteranía universal, habitual en el arte del desdoble con triplete.   

Dramaturgo, comediante, filósofo, poeta, anacoreta teatral, pause en mitad del acelerado siglo XXI, hiperactivo cultural, predicador de la espiritualidad… ¿Qué alquimia es esta, señor brujo?

Yo hago mis espectáculos en torno a las ideas que tengo y a las experiencias que he ido acumulando a lo largo de la vida. De ahí saco lo que pienso que es necesario transmitir a la sociedad.

En sus obras siempre existe un toque espiritual poco habitual en otras tablas.

 

Sí, porque desde hace ya bastante tiempo experimenté una transformación interior. Es algo muy importante de mi vida que creo que debo compartir con los demás.

¿En qué consistió esa transformación?

En una transformación de la intencionalidad. Las circunstancias de mi vida me llevaron a cambiar el enfoque de las motivaciones que me mueven en este mundo. Mi transformación ha sido ir del exterior al interior. Lo de alrededor no cambia porque queramos, mejora si cada uno mejora sus pautas de comportamiento. Creo que el cambio personal es más eficaz que el que se intenta a través de la política o del activismo, un empeño sobre el que soy bastante escéptico.

“El cambio personal es más eficaz que el que se intenta a través de la política o del activismo”

Es usted la trinidad del teatro en Madrid. Esta primavera anda en el Alcázar con Lazarillo de Tormes, El alma de Valle-Inclán y Autobiografía de un yogui. Tres obras. Tres toros. Tres mundos.

Estoy con tres obras distintas aquí y cuatro o cinco más en gira… Hay muchos años de práctica y de experiencia. Hago todas al mismo tiempo. En el Teatro Alcázar estamos con tres espectáculos en días diversos. A veces no viene mucha gente, porque son días y horas de poco público, pero tenemos el suficiente como para que sea un ensayo para rodar la obra y tenerla fresca. Es mi forma de mantenerlas todas vivas. Tanto yo como el músico nos mantenemos activos a base de estar siempre entrenándonos en el taller.

¿Qué tiene usted de Lázaro de Tormes?

De Lázaro de Tormes tengo la lucha por la supervivencia, porque vivir de la cultura en este país es un desgaste potente, y se lo digo yo, que llevo muchos años viviendo de ella y viviendo bien, francamente. No se puede imaginar el enorme esfuerzo que implica. A pesar de las tablas, del prestigio, de la experiencia, es muy complicado lidiar con los estamentos institucionales de la cultura, con los teatros municipales, con las consejeras, los consejeros, los concejales y las concejalas de Cultura. Es muy difícil cobrar. Te puedes pasar seis o siete meses sin que te paguen teniendo la sensación de que nunca te van a retribuir lo que se te debe. Llamas, y vuelves a llamar, y ya no sabes con quién contactar. Hay una persona en mi equipo que se dedica solo a esto… A veces parece como si todo se confabulara para que dejaras este camino. Es como si la sociedad, las instituciones, los políticos y los interventores fueran un muro que ejerce una presión silenciosa para disuadirte de dedicarte a la cultura y tirar la toalla.

Pero usted sigue ahí.

Sí, porque mi obligación es seguir dando caña, peleando y reclamando mis derechos a pesar de las dificultades. Las administraciones públicas de este país, a nivel municipal, autonómico y central, todavía no han asimilado que el ciudadano no es un siervo de la gleba. Todavía no son conscientes de que la administración y el ciudadano, cuando contratan, deberían estar en situación de igualdad de derechos y obligaciones, pero no es así. Teóricamente debería ser así si atendemos a los derechos admitidos en las leyes y en la Constitución, pero en la práctica… Aquí, si tu no pagas una multa, te embargan, pero si un ayuntamiento no te paga en dos años, nadie te llama, ni siquiera para pedirte disculpas. Esto es quemante para la gente que trabaja en el ámbito de la cultura, e imagínese lo desalentador que puede ser para el talento joven.

“De Lázaro de Tormes tengo la lucha por la supervivencia, porque vivir de la cultura en este país es un desgaste potente”

¿La cultura española mendiga amor propio por encima de sus posibilidades?

Es un problema que tenemos, y lo digo en plural porque me gustaría involucrarme en la autocrítica. A veces somos sumisos con las instituciones, porque tenemos miedo a que no nos vuelvan a contratar, y eso es terrible. Es mejor demandar a un ayuntamiento que rebajar la dignidad. El servilismo le sienta fatal a una persona que se dedica a la cultura. Por otro lado, a veces nos miramos mucho al ombligo. Somos egocéntricos y exagerados en nuestras manifestaciones narcisistas, porque, a veces, creemos que somos el centro del mundo y no, el centro del mundo es el destinatario del trabajo al que nos debemos. Tampoco tiene sentido perder las formas y hacer chabacanerías por complacer al público. Yo juego con el teatro popular y el lenguaje cómico para atraer al público y, cuando está cerca y confía. Mi interés es que las personas que participan en mis obras tengan claro que la cultura no es un coñazo ni una pedantería ante la que tienen que estar muy estirados, sino una manera de pasarlo bien.

¿Qué tiene de Valle-Inclán?

El amor por la estética del lenguaje y por el significado del esperpento, que es una distorsión de la realidad que busca hacernos entender o recordar que la realidad no es lo que parece, que tiene muchos planos y algunos son invisibles, pero influyen en la vida. Lo invisible opera aunque no se detecte con facilidad. El esperpento es una técnica teatral que nos muestra los rincones y la magia de la realidad. Como todas las vanguardias, nos recuerda que el mundo no es solo lo que observamos a simple vista.

Dice el hispanista Robert Lima que hay tres valle-inclanes: el hombre, el artista y la máscara bajo la cual se esconde. ¿Cuántos rafaeles-álvarez conviven en El Brujo?

¡Un montón! Cualquiera que practique la introspección profunda y detenidamente y observe con atención sus mecanismos mentales y sus pensamientos durante cierto tiempo, descubrirá que dentro de él hay una legión. La cuestión es qué poder domina sobre los demás. En un momento podemos ser amables y educados, y en otro, estar hasta las pelotas de que nos tomen el pelo aflorando nuestro modo colérico. Todos esos somos nosotros. El éxito es que el poder predominante sea el mejor.

“El servilismo le sienta fatal a una persona que se dedica a la cultura”

¿Cómo se ve su alma ante los espejos de Valle-Inclán?

Con muchas luces y sombras, sombras que trato de iluminar con arduo esfuerzo por mi parte, pero que persisten. Afortunadamente, estoy en ello, porque no todo es luz. Cuando nos conocemos con honestidad, debemos reconocer que dentro de nosotros hay lo que hay, no lo que nos gustaría que hubiera.

¿Cómo va el siglo XXI de esperpentos?

El siglo XXI va muy bien servido de esperpentos… La política mundial y nacional van a tope de distorsiones y desequilibrios. Decía Valle-Inclán que el esperpento nos presenta a los héroes como víctimas de una fatalidad intrascendente, una fatalidad sin la grandeza de la tragedia clásica que lucha contra los hados y las divinidades. El esperpento presenta a los héroes rotos por el destino de una fatalidad cutre, mezquina. 

Sobre Autobiografía de un yogui: ¿Es usted un místico en un mundo cultural preminentemente nihilista?

Cuando se habla de místicos, se piensa en san Juan de la Cruz, san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, o en los grandes maestros del yoga de la cultura oriental, como Paramahansa Yogananda. Yo solo soy un aspirante a encontrar el equilibrio y la paz interior. Soy solo un aspirante a lograr esa satisfacción profunda de estar bien conmigo mismo gracias a las técnicas de meditación, que practico desde joven.

“La política mundial y nacional del siglo XXI va muy bien servida de esperpentos, distorsiones y desequilibrios”

 

Dice que “el mundo está en el alma”. ¡Es usted un iconoclasta del materialismo!

Pues, sí. Es una reflexión habitual de los sabios orientales. El mundo es el mundo que uno experimenta, como también apunta Wittgenstein al señalar que “el mundo es lo que sucede”, es decir, lo que te sucede a ti. El mundo es una proyección de nuestra vida interior. Cualquiera que haya vivido una suficiente cantidad de años lo sabe, como sabe que el mundo cambia en la medida en que lo hace tu percepción del mundo. Es muy triste que para algunas personas nunca cambia nada, porque permanecen ancladas en las primarias percepciones de siempre. La vida es una experiencia que se debe metabolizar para sacarle su jugo. Si todo es lo mismo constantemente es que no nos hemos enterado de nada.

¿Se puede hacer cultura desde el puro inmanentismo por miedo a parecer religioso?

Hay un miedo evidente en la cultura española a parecer beato, porque eso está muy desprestigiado entre los círculos de la intelectualidad. Se percibe, incluso, una obsesión por tratar de evitar que nadie pueda intuir en tu lenguaje palabras que connoten religión, espiritualidad, trascendencia o tradición, porque enseguida pueden embestirte con etiquetas de católico, de derechas y facha. Yo he hecho el Evangelio según san Juan y han venido a verme muchos cristianos, que se iban desencantados porque pensaban que era una forma irreverente de abordar un texto sagrado. También acudían progres recalcitrantes que te miraban como con desapego. Una vez, una persona conocida y mediática me dijo como un chiste que a él no le interesaban los místicos, porque era más del coito. Y me lo dijo para quedar bien… Todas estas expresiones forman parte de una sociedad acostumbrada a una superficialidad tremenda. Hoy vemos en las redes sociales cómo se machaca al que discrepa, o a quien piensa diferente con argumentos.

¿Dónde está la verdadera libertad de expresión?

¡Hay que tener dos pelotas para ejercerla, sin frenarse por las posibles consecuencias! Muchas veces uno prefiere callarse a que le pongan a caldo y se busque un problema. Nos encontramos ante un tipo de censura que es peor que la de Franco, porque aquella, si la transgredías, te convertía en un héroe. Ahora, si toreas las pautas convencionales de la opinión masivamente constituida, o eres un facha o un loco. Una vez dije en la televisión que Pablo Iglesias me parecía “un papagayo conectado a un ordenador” e incluso algunos amigos míos me dijeron: “¡Es que le estás haciendo el juego a la derecha!”. ¿Qué juego? ¡Yo no tengo que hacerle el juego a nadie! Hago lo que me parece, porque, después de tantos años viendo el circo, cada vez trato de ser más yo mismo.

“En la cultura española hay un miedo evidente a parecer beato, porque eso está muy desprestigiado entre los círculos de la intelectualidad”

 

¿La izquierda cultural le ha defraudado?

En la izquierda cultural hay gente muy preparada y muy inteligente, pero también mucha ignorancia y mucha incultura. En la izquierda cultural también encontramos bastantes personas que han leído muy poquito y se aferran a los eslóganes y a los argumentarios con vicio. Cuando alguien no tiene en mente nada propio, porque no ha cosechado nada de su bolsillo, se nota mucho y la repetición de tópicos y consignas es un síntoma rotundo. Hace mucho tiempo que no estoy en esa manera de querer estar sin pensar.

¿Y en qué está?

En mi propia investigación de las cosas. Nada deja de ser correcto porque venga de la derecha o de la izquierda. Ese parámetro sectario ya lo estamos empezando a superar. 

En esta sociedad relativista, usted cree que existe la verdad.

Sí. Bueno, la verdad en el mundo relativo no existe. La verdad es siempre relativa dentro del mundo relativo. La verdad, filosóficamente hablando, está más allá de lo relativo, porque está en el otro lado. Es la verdad de la que habla Jesucristo cuando le pregunta Pilato: “¿Eres rey?”. “Sí, he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. No dice: “Sí, soy rey”, y, sin embargo, así está diciendo que lo regio está relacionado con la verdad. Luego repregunta Pilato: “¿Qué es la verdad?” Está ahí buscando debate, filosofía, dialéctica, polémica… Y Jesucristo le responde: “Quien es de la verdad, oye mi voz”, refiriéndose a un nivel de la conciencia. Quien es de la verdad oye la voz de la verdad. El que no es de la verdad, no oye la voz de la verdad, y eso no tiene solución. El que entiende, entiende. El que no lo coge, no hay manera. En una ocasión le preguntaron a la Madre Teresa de Calcuta qué les diría a los ateos, y dijo: “¡Nada! Por ellos, me gustaría que tuvieran la experiencia que yo siento para vivir con alegría, pero entiendo que eso no se puede transmitir ni con un sermón, ni con nada. Si nace en ti, nace. Y si no nace en ti, no nace”. Con la verdad sucede lo mismo. Si no vislumbras la verdad, puedes leerte todas las bibliotecas y acudir a todas las escuelas de pensamiento sin encontrarla nunca jamás.  

La meditación y el yoga están de moda es una sociedad individualista. ¿Hay en eso una contradicción?

Ahora está de moda el mindfulness en busca de la mente plena: la rentabilización de la meditación para vivir de mejor manera práctica y acabar siendo más materialista. Se usan las técnicas espirituales, pero no para ser más espiritualistas. Por algo se empieza. Si la meditación te hace más eficaz en tu trabajo, te ayuda a dormir mejor y a desarrollar una vida más equilibrada, bienvenida sea. Pero si meditas para pisar más al otro, entonces es terrible. De todas formas, uno puede empezar con intenciones torcidas y, si la meditación está guiada por una motivación verdadera, acabará por el buen camino. Cuando uno empieza a meditar es probable que quiera desquitarse de algunos hábitos sin que nadie se lo pida, porque la meditación produce sus frutos de manera espontánea.

¿Esos frutos son virtudes?

Virtudes orgánicas. No salen de una mente estreñida que quiere ser virtuosa, pero no puede, y acaba convirtiéndose en pederasta en el último minuto, porque ya no aguanta más. No sé si se capta la diferencia...

Sus monólogos son diálogos que despiertan la capacidad de pensar. El público teatral no solo quiere pan y circo.

Mi experiencia es que el público disfruta con el buen teatro y quiere que abordes temas importantes. Al público le gusta que le hables del alma, de la vida, de la espiritualidad, pero los actores y los comunicadores pensamos que, si ofrecemos esos temas, la gente se va a aburrir. Dar basura es lo más fácil y, probablemente, desate una respuesta más inmediata entre el respetable. Si bajas el nivel, más gente te entra al trapo. Pero la cultura es otra cosa.   

“Al público le gusta que le hables del alma, de la vida, de la espiritualidad, aunque dar basura sea lo más fácil”

 

¿Cómo ve usted la calle de nuestro tiempo para dispensar desde los escenarios un poco de picaresca, unas dosis de esperpento y un mucho de espiritualidad?

La picaresca y el esperpento tienen mucho que ver. El esperpento viene de la gran tradición española de Quevedo, de hecho, ya está en El buscón y en Lazarillo de Tormes. La espiritualidad es una necesidad creciente. Es una respuesta natural al ritmo de vida y el imperio de la tecnología invasiva, que se apodera de nuestro espacio, nuestro tiempo y nuestro sistema nervioso. Pienso que las religiones tradicionales deben todavía adaptar su mensaje a esta época. Algunas son eminentemente moralistas. La espiritualidad no tiene tanto que ver con la moral, sino con la pureza, que es transmoral.

¿Usted es católico?

No estrictamente. No soy un católico practicante.

¿Budista?

Tampoco.

¿Y brujo?

[Risas] ¡Tampoco! Esto es solo un nombre artístico que me cayó de broma siendo jovencito y lo he mantenido desde que empecé a hacer teatro.

 

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