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DANIEL GASCÓN es editor de ‘Letras Libres España’ y columnista de ‘El País’ y de ‘El Periódico de Aragón’. En 2020 revolucionó las librerías con ‘Un hipster en la España vacía’, cuyos derechos ya están en manos de Netflix. Este mes da vida a ‘La muerte del hipster’ y arranca temporada en las tardes de la Cope.

Daniel Gascón: “La polarización es algo que impulsan los medios mientras presumen de lo contrario”

Daniel Gascón.
photo_camera Fotos: Patricio Sánchez-Jáuregui.

Un indie entre columnas de periódico con música alternativa. Aire fresco en mitad del ágora mainstream. Entre Un hipster en la España vacía (2020) y La muerte del hispter (septiembre de 2021) ha ocurrido una pandemia. Podio literario. Humor y sociología. Ironía bilateral y bifocal. Daniel Gascón escribe en El País y habla en la Cope. Cincela opiniones, esboza viñetas y fabrica bestsellers. Su crisis de los cuarenta está en las pupilas de Netflix. Un puente por el centro de la izquierda. Un mosquetero casi tímido y sonriente en el equipo de Sergio del Molino o Ana Iris Simón. Un ínsulo cultureta. Un bebedor de Woody Allen que disfruta con la polifonía y la conversación sin caer en las trampas del relativismo. Ni moderneo, ni postureo. Editor de Letras Libres. Escritor de letras libres de prejuicios previsibles. Creador. Rural y urbano. Teruel existe también gracias a él. Amplio y concreto. Una sonrisa como conjunción copulativa.

Madrid. Verano laboral. Justo después de su segunda dosis de la vacuna y más cerca de la inmunidad. A las espaldas de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre hay otra casa de papel entre las mesas desangeladas del exterior de Novotel. Entre O’Donell y Duque de Sesto unas manos de columnista, viñetista, editor, escritor, revolconario pacífico, provocador sonriente e ironista man moldean palabras en busca del dardo.

Esta casa de papel es una biografía entre libros y letras. Zaragoza no trae máscara. Parece un antihéroe de complexión tímida, pero sus pensamientos pisan fuerte porque han maridado entre el conocimiento digerido, la prudencia de la duda y la sabiduría de los clásicos. Y de los contemporáneos.

Reserva de 1981. Filólogo inglés y filólogo hispánico. Daniel Gascón lleva veinte años destilando textos con pastas: La edad del pavo (2001), El fumador pasivo (2005), La vida cotidiana (2011), Entresuelo (2013), El golpe posmoderno: 15 lecciones para el futuro de la democracia (2018), Un hipster en la España vacía (2020) y La muerte del hipster, que todavía tiene en su muñeca la pulsera azul del Servicio de Maternidad de Random House. 

Fue coguionista de Todas las canciones hablan de mí (2010), de Jonás Trueba. Es editor de la edición española de la revista Letras Libres. Ha traducido a Christopher Hitchens, Saul Bellow, George Steiner, Mark Lilla, Sherman Alexie o V. S. Naipaul. Es una thermomix que hace smoothies de sentido común, sentido del humor y sentido de la realidad.

Picamos el hielo. Tiramos la caña.

Detrás de la Fábrica de Monedas suena el timbre de un indie que no se da importancia. Aquí, a pie de esta playa de asfalto, divisamos las filas humanas del pensamiento crítico, del sectarismo indignado, de la superioridad moral, de los lectores de prejuicios, de los pluralistas de izquierda, de los conservadores en sus vidas privadas que revolucionan las nuestras, y de los antifascistas de siempre. En algunas de esas filas hay rastros de nosotros mismos, porque el aséptico de barra de iridio está en los cementerios.

Me cuentan que estos días muere el hipster que lleva dentro.

Este mes sale la continuación de Un hipster en la España vacía, que se titula La muerte del hipster. No voy a spoilear demasiado, pero que quede claro que no nos vamos al thriller… Pasamos de un hipster solitario en el pueblo a una invasión de hipsters. Cuando él estaba a punto de convertirse en rural, resulta que llegan en éxodo todos los urbanitas justo después de la pandemia...

No quiere decir que el concepto de hipster haya muerto con la pandemia.

No. Solo “mi” hipster y solo en cierto modo…

Hablamos mucho de igualdad, pero los juegos paralímpicos de Tokio 2020 no abren las mismas portadas. Con el mundo rural pasa igual: muchas fotos de campaña electoral con vacas y ovejas, y, después, en la vida real, la cuasi marginación política.

Creo que a veces los partidos nacionales han descuidado preocupaciones concretas de algunos lugares, porque tenían más o menos asegurado el escaño. Quizá eso ha cambiado. Creo que problemas más presentes a nivel autonómico o local ahora forman parte de la discusión nacional, y partidos y preocupaciones locales son decisivos a nivel nacional. Pero sí, hay muchas distracciones y un debate basado en trampantojos, y una de las tareas más difíciles e importantes es prestar atención.

“En política hay muchas distracciones y un debate basado en trampantojos. Una de las tareas más difíciles e importantes es prestar atención”

 

Su hipster es ficción, es ensayo y será Netflix.

Esta novela tiene algo de ensayo, porque trata muchos temas que atraviesan la política y la cultura y me interesa exponerlos estirados desde la parodia y el humor. Eso coincide con que Netflix ha adquirido una opción para adaptar Un hipster en la España vacía. Tengo una curiosidad enorme por ver qué sale.

Novela de éxito con el guiño de Netflix. ¿El Olimpo de la literatura influencer?

He tenido esa suerte. Netflix y las productoras están muy cerca de las historias que se cuentan y buscan muchas novelas. Adquieren los derechos y a veces se convierten en producto audiovisual y a veces no, pero estoy muy contento con cómo ha funcionado la novela, porque yo no había escrito nada en clave exclusivamente de humor y ha gustado. Adopta un tono muy expresionista y a los lectores les ha resultado simpático y eso ha sido muy gratificante.

Daniel Gascón.

Ha conseguido que el sentido del humor sea la manera de exponer el sentido común, sin ubicarse en ningún extremo. Me parece un buen matrimonio.

Tiré por el humor de los contrastes pensando en una referencia de mi infancia: Un yanqui en la corte del rey Arturo, la historia de aquel hombre muy práctico y muy industrial americano en medio de un mundo caballeresco. El mecanismo de mis novelas ha sido similar, porque ofrece una gran posibilidad de mostrar las contradicciones de cada uno.

Usted, Sergio del Molino, Ana Iris Simón… Con sentido del humor, de reírse de sus propias ideas para propiciar un diálogo constructivo, consiguen poner sobre la palestra que la conversación social es posible. Woody Allen ha convertido el relativismo en una especie de iconoclastia contra ese afán postmoderno de tener siempre la razón. 

Sergio del Molino está presente en las dos novelas, porque la idea de la España vacía es clave, y el libro de Ana Iris Simón me ha gustado mucho. Efectivamente, veo que hablan de este mismo mundo. Los tres tenemos nuestra dimensión rural y nuestra esfera urbana. Los tres nos vemos un poco ridículos. Y me atrae el guiño a Woody Allen, porque para escribir Un hipster en la España vacía volví a ver algunas películas suyas, como Bananas, y me fijé en textos como Viva Vargas, una especie de diario absurdo de un revolucionario.

Sergio del Molino ha conseguido con su libro que se mire de otra forma la España despoblada, aunque sea un tema de amplia tradición en la literatura y en la cultura española y miro, por ejemplo, a Labordeta, Delibes, Llamazares… Pero él ha logrado visibilizarlo en el siglo XXI con un nombre nuevo. Feria, de Ana Iris Simón, tiene una frescura y una autenticidad que hacen que inmediatamente conectes con su mundo, aunque tu análisis sea distinto. Ese libro podía llevarlo al cine perfectamente Almodóvar.

Almodóvar se lo tomaría demasiado en serio, y en Feria es muy importante ese tono sin pretensiones tan espejo.

Almodóvar tenía un talento cómico muy grande y quizá lleva tiempo intentando alejarse de eso que casi le sale solo, y por eso al final tira por el melodrama.

Quizá ya es más Hollywood que La Mancha.

Muy posible.

Las columnas y las viñetas tuiteras de Gascón no son previsibles. Muchas columnas y muchas viñetas de otros son muy previsibles. ¿Es la juventud o es el software?

Tampoco soy tan joven, que ya tengo 40, así que espero que sea el software... Un columnista siempre tiene unos temas que le parecen importantes e interesantes y en los que incide. Yo intento jugar con las formas, asomarme a las cuestiones de manera diversa para cambiar. El columnista debe mezclar con acierto para ser reconocible y seguramente es inevitable volver a algunos temas, pero sin venir siempre con la misma monserga.

No es previsible en sus ideas, muy abiertas, quizá, para un lector veterano de El País. Y, a la vez, igual hay gente que sigue leyendo El País porque escribe usted.

Quizá recordamos a los periódicos más monolíticos de lo que son. El País siempre ha sido muy variado y ha contado con escritores y columnistas muy diferentes. Yo oigo en la cabecera muchas voces, algunas más cercanas a su línea editorial y otras más distantes. A mí nunca me han dicho nada sobre lo que pienso. Me gustan los periódicos polifónicos y plurales. La discusión refina, matiza y a veces refuerza el argumento principal y permite hacerse eco de otras visiones alejándose del sectarismo.

“Me gustan los periódicos polifónicos y plurales. La discusión refina, matiza y permite alejarse del sectarismo”

 

Ha llegado usted a relativizar las opiniones maximalistas mucho antes que Félix de Azúa, otro imán para los lectores antidogmáticos.

Feliz de Azúa tiene artículos muy prescientes, como Barcelona es el Titanic, que es de 1982. Es un gran novelista, que también es un gran poeta, que traduce, por ejemplo, Jaques el fatalista en una traducción que me encanta. Como ensayista y articulista literario es buenísimo, y eso se aprecia muy bien en Lecturas compulsivas… Por no hablar de sus libros de arte o Autobiografía sin vida… ¡Ya me gustaría a mí ser la cuarta parte de lo versátil que es Félix de Azúa! ¡Él es un polígrafo!

Hábleme de los martillos de herejes que le sacuden en las redes sociales por no ofrecer homilías intachables de lo que debe ser un columnista de El País y colaborador de La Sexta. Por ser libre, vaya.

Las redes sociales nos acercan a ideas y a personas geniales, pero también son caldo de cultivo del enconamiento gregario en el que a veces caemos todos empeorando el mundo. Mis viñetas reciben más ataques que las columnas, pero porque yo mismo he decidido estar en ese juego. Siempre ha habido gente que se enfada con la sátira. Hay que evitar vivir demasiado tiempo en las redes sociales, es mejor usarlas en lo que aporte y no obsesionarse con los ecos positivos y negativos, aunque sean incómodos. El encabronamiento y la polarización nos definen, pero, además, llevamos más de un año y medio de pandemia, con una vida social reducida, y eso se nota. Con la persona con la que te enfadas mucho a veces las diferencias son mínimas, pero es más fácil cargar contra él en Twitter, porque su personalidad está abstraída en una especie de robot.

¿Las viñetas las hace para Twitter?

Para Twitter, Instagram y Facebook. Me gustaría recogerlas todas en algún sitio.

Son bastante contundentes. Como bofetones de realismo.

Sí. La brevedad del género lo facilita.

Hacen pensar.

Son frases expresionistas y exageradas que retratan una situación. Aunque suela inspirarme en hechos concretos, muchas son abstractas y trascienden el momento, porque apuntan a comportamientos humanos y sociales universales.

 

“Las redes sociales nos acercan a ideas y a personas geniales, pero también son caldo de cultivo del enconamiento gregario en el que a veces caemos todos empeorando el mundo”

 

¿Qué columnistas le han ayudado a escuchar más y a pensar mejor?

Muchos. Cada día descubro algunos nuevos. Hay uno que me encanta y que es poco conocido todavía: Mariano Gistaín. Por supuesto, aprendí traduciendo a Christopher Hitchens, porque me atrae por su estilo, su forma de escribir, su pugnacidad... Me gusta mucho el humor que destila Robert Shrimsley, del Financial Times, y, en general, los columnistas que ensayan ideas, como hace en España Víctor Lapuente. También tengo temporadas en las que me siento más cercano a unos que a otros. Me gustan mucho Manuel Arias Maldonado, Soledad Gallego, Alberto Olmos, Jorge del Palacio, Rosa Belmonte, Cristina Grande, finísima; me interesa lo que escribe en The Guardian Marina Hyde, muy graciosa…

¿En España hay muchos columnistas con un eco sobredimensionado?

Sí. En el documental de Umbral nos cuentan que tenía un millón de lectores… Ahora todo es mucho más pequeño y un mundo muy diferente. En España tenemos muy buenos escritores en los periódicos.

Pero, claramente, es un terreno más para filólogos que para periodistas…

Arcadi Espada es un periodista que podía ser filólogo… Todo el mundo tiene algo que aportar, también los politólogos de la nueva generación. El mundo de la literatura ayuda en una columna pequeña, porque enseña a manejar el espacio, pero, al final, todo el mundo aprende del oficio, también el filólogo, que debe saber escribir en un periódico y entender la importancia de esa cierta relación con la actualidad, aunque sea tangencial, que demanda el periodismo. Me gusta mucho el prólogo de Paul Johnson en Al diablo con Picasso y otros ensayos, una reflexión sobre la columna. Cada cual lleva a sus columnas la formación académica más la artesanía del oficio.

¿Forma parte del oficio del columnista buscar la verdad?

Sí. Hay un tipo de columnista que viene de la tradición orwelliana y que me interesa mucho, que es el que se centra en desmontar las mentiras, responder a las ideas recibidas, a los mensajes que nos quieren vender, a los tópicos que parecen verdad porque se oyen mucho… Para mí, ese enfoque de la columna es de los más nobles.

¿El columnista que alicata con palabras bonitas y argumentos demagógicos el mensaje del poder sería, más bien, un colum…bario?

El contrato de la prensa con el lector se centra en buscar la verdad. La columna sirve también para retratar la realidad, y por eso está en los periódicos. Puedes utilizar recursos literarios, pero sin perder de vista ese objetivo.

“El contrato de la prensa con el lector se centra en buscar la verdad, también desde las columnas”

Daniel Gascón.

¿Hay alguna conexión entre Daniel Gascón y David Gistau?

Lo conocí presentando un libro de David Jiménez Torres y me cayó muy bien. Lo he leído. Era buenísimo. Escribía en mil registros y todos con una sugerente naturalidad. Ha sido un columnista muy bueno, muy admirable y con muchos mundos. Dicho eso, no es alguien a quien yo haya seguido especialmente.

Hay dos cosas de él que me recuerdan a usted: fue un columnista que no se daba importancia, y no tenía miedo a disgustar a sus propios lectores fieles.

En las tareas intelectuales es sano cuestionar las expectativas, porque si no se busca solo el aplauso y se interrumpe la estimulación de la reflexión.

Reírse de las cosas que interesan tiene su inteligencia. En el ámbito de la revista en España, estamos acostumbrados a géneros extremos de presunto humor como El Jueves o Mongolia, que provocan mucho, pero quizá hacen reflexionar poco. ¿Cuál es la receta del humor sin bilis?

Los chistes de The New Yorker son humor sin bilis… Pero la bilis, si tiene gracia, está bien, como nos han mostrado Quevedo o Billy Wilder. El Mundo Today es maravilloso, y su humor es más blanco, aunque no siempre. Me gustan muchos tipos de humor: de Gonzalo Suárez a Darío Adanti, de Fleabag a Agárralo como puedas, de Leonard Cohen a Larry David. A mí me encantaría que mis viñetas fueran al estilo del The New Yorker, pero no siempre se puede. A veces la sátira te conduce irremediablemente hacia la brutalidad. En las novelas del hipster el humor es relativamente blanco: me río de todo el mundo, pero todo el mundo es más o menos entrañable.

¿Manejar ese sentido común implica que uno se ha reído antes mucho de sí mismo?

Sí. Si nos miramos con objetividad, siempre nos veremos un poco ridículos.

Nos es fácil. Un columnista. Un guionista. “¡Yo he hecho cosas!” Reírse de uno mismo no es un arte fácil.

El humor siempre está muy relacionado con la vergüenza, por eso hay muchos humoristas que son muy tímidos. El humor es una herramienta de conocimiento y si solo te ríes de los demás te estás perdiendo algo esencial. La risa tiene un cierto elemento de compasión, porque reconoces en el ridículo ajeno la imagen del ridículo de ti mismo.

“El humor es una herramienta de conocimiento. Si solo te ríes de los demás te estás perdiendo algo esencial”

 

Hablemos de la España vacía.

Es curioso que de la España vacía surgió después el concepto de la “España vaciada”, para echarle la culpa a alguien, y las discusiones sobre quién era el dueño de todo ese páramo… Hay una realidad demográfica, económica y social, una angustia existencial muy comprensible en gente que vive en lugares que parecen condenados a desaparecer. Creo que es importante que las ciudades medianas y pequeñas sigan siendo atractivas y ofrezcan oportunidades.

Me refería, sobre todo, a la España vacía que no se siente representada por una política absolutista que no sabe reírse de su propia impostura...

En España todavía se sigue votando bastante. Acabamos de celebrar los diez años del 15-M, donde se decía aquello de “no nos representan”, del bipartidismo imperfecto…, y hemos visto que sí se pueden articular nuevos partidos para nuevas sensibilidades. Que luego hayan tenido más o menos fortuna es otra cosa. Yo soy el primero que critica a los políticos. Siempre habrá un cierto descontento con la representación política, pero no estamos en una situación estática. En La España en la que nunca pasa nada, Sergio Andrés Cabello dice que, a veces, decimos que la España vacía es muy diversa, pero lo que se representa es un pueblo entre Berlanga y Cuerda, y en realidad este país es mucho más variado.

Hay mucho filólogo haciendo crónica parlamentaria. Pienso en el contraste entre quien ama las palabras y el vacío del valor de la palabra política, incluso al precio de la impunidad de la mentira.

Yo todavía no he hecho crónica parlamentaria, que es un género periodístico que tiene que ver con la forma de consumo de la información. Esa crónica posee un elemento teatral, también en la prosa de quien la hacía. Ahora hay políticos que están pensando, no ya en la televisión, sino en el micro vídeo para colgar en Twitter, y eso adultera aún más la conversación. Además, como la información no para nunca, ya ni se desmiente. Se dicen cosas falsas, y luego otras, y nadie entona el mea culpa que merece la sociedad. Todos recordamos el driblin que hizo Felipe González en relación con la OTAN. Eso ahora pasa cada semana, porque Pedro Sánchez es invulnerable a todo lo que ha dicho antes, y seguramente no sea de naturaleza diferente a los demás, solo más hábil. Hoy, el mejor argumento contra lo que un político hace ahora lo ha dado él mismo hace no sé cuántos minutos…

“Todos recordamos el driblin que hizo Felipe González en relación con la OTAN. Eso ahora pasa cada semana, porque Pedro Sánchez es invulnerable a todo lo que ha dicho antes”

 

¿En la España vacía florece una izquierda vacía?

La izquierda padece el síndrome de La vida de Brian que le hace ser muy poco relativista en el fondo, por eso muchos acaban peleándose muy duramente por cositas cuando existe un gran acuerdo en lo esencial.

¿En qué consiste ese síndrome y cuándo empezó a incubarse?

Esa tendencia al faccionalismo seguramente es anterior a la izquierda: el narcisismo de la pequeña diferencia, la costumbre de pelearte sobre todo con quien tienes más cerca, de ir haciendo grupos cada vez más pequeños sobre pequeñas diferencias doctrinales. En Letras Libres traducíamos hace poco un texto de Branko Milanovic donde hablaba de cierto fantasma del trotskismo. Pero probablemente no se da solo en la izquierda y quizá la diferencia es que parte de la izquierda parece enorgullecerse más de esa costumbre, porque es más autorreflexiva y porque algunos consideran que la intransigencia es muestra de autenticidad o pureza.

¿Cómo se cura?

Seguramente a nivel organizativo con cierto pragmatismo. A nivel personal, con la canción de Brassens que decía que está bien morir por las ideas, pero de muerte lenta.

¿Tiene sentido un intelectual que nunca varía su opinión sobre las cosas?

Teóricamente uno debería ir aprendiendo y observar la realidad. Lo normal es cambiar de opinión en algunas cosas, incluso (o especialmente) si mantienes unos principios rectores. La realidad cambia y también desde dónde la miras tú. Aunque uno puede equivocarse las dos veces: hay bastantes casos. En todo caso, creo que es más importante cómo se piensa que lo que se piensa.

¿A usted se le ha caído algún dogma por el camino?

Antes tenía un pensamiento más afrancesado, más cartesiano, y me he ido haciendo más anglosajón. Diría que era más racionalista en general. Seguro que hay algún dogma que ha mutado.

 ¿Cómo cuál?

Sin ser creyente ahora, antes mi ateísmo era más militante. Por ejemplo: escribí que la misa no tenía que retransmitirse en una televisión pública y ahora es algo que me importa menos. Otros elementos de la relación Iglesia-Estado sí que siguen inquietando.

“No sé si Pablo Iglesias entiende o no la libertad, pero creo que no le gusta”

Admite que decir lo que se piensa requiere osadía. Incluso en el siglo XXI. ¿La libertad de expresión está enferma?

En España hay libertad de expresión, pero siguen existiendo pulsiones de censura en la derecha y en la izquierda, que teóricamente había defendido siempre la libertad de expresión, pero está dejando entrever ciertas goteras. En Cataluña, disentir de las posiciones del consenso catalanista sigue teniendo un peaje y todavía hay opiniones que se interpretan como de mala educación.

Pablo Iglesias propuso controlar más a los medios de comunicación, quizá porque no entendía la libertad.

No sé si la entiende o no, pero creo que no le gusta. Desde el principio hemos visto la obsesión de Podemos con controlar a los medios, perseguir cualquier disidencia, señalar a periodistas… Vox también lo ha hecho, empezando por vetar medios en sus actos y generando un clima como de que los periodistas son enemigos, algo que es muy peligroso.

¿Cómo se defiende la libertad de expresión con coherencia?

Asumiendo que vas a tener siempre algunos niveles de incoherencia. Todos estamos de acuerdo en que se expresen las opiniones con las que sintonizamos, el test es si estamos de acuerdo en que se expresa la que disiente. Y esa es la que es importante que se oiga, aunque no nos guste. Hay chistes de mal gusto que son una estupidez y todos estamos a favor de prohibir la estupidez, hasta que un día quieren prohibir la nuestra…

Daniel Gascón.

¿Cómo combate uno mismo la demagogia que le sale de dentro?

El humor sobre ti mismo es una buena herramienta. Lo diría con la idea de la ironía de Richard Rorty: “Ser consciente de tu propia contingencia”. El problema es que eso puede derivar en un relativismo absoluto que naufrague en el puro cinismo. Darse cuenta de los desencadenantes de mis posiciones y ser consciente de las circunstancias que a otro le hacen pensar lo contrario para discutir con el mejor argumento de la posición contraria es una empatía necesaria. Es la honestidad intelectual que, aunque suene cursi, no es más que verse bien y mirar bien también a los demás, pero de verdad.

“En las tareas intelectuales es sano cuestionar las expectativas, porque si no se busca solo el aplauso y se interrumpe la estimulación de la reflexión”

¿Algún ejemplo rotundo de honestidad intelectual en España?

Kiko Llaneras, Ignacio Martínez de Pisón, Eva Belmonte, Elisa de la Nuez, Félix Ovejero...

¿Ve más demagogia en las portadas de hoy?

Seguramente tendríamos que compararlas con las de hace años, porque podemos idealizar el pasado. Es posible que la fragmentación favorezca que se hagan portadas para mi gente y para molestar al otro, y que los medios, queriendo ser generalistas, se hagan más sensacionalistas en más cuestiones.

Nota usted una censura pop en el ambiente.

Noto que a veces se inflama un Caso Dreyfus cada dos semanas del que después nos olvidamos. Noto ese espíritu de que hay que indignarse rápido, como estudia Soto Ivars, pero a veces es lo que dice Woody Allen de los intelectuales, que son como la mafia y solo se matan entre ellos. Otro elemento de censura es la arbitrariedad: una opinión o una acción causa un gran escándalo, pero otra similar, no. Nunca es el qué, siempre es el quién.

“Noto que a veces se inflama un Caso Dreyfus cada dos semanas del que después nos olvidamos y noto un espíritu de que hay que indignarse rápido”

 

¿Nota una autocensura creciente en los medios?

Seguro. Tiene que ver también con la polarización, que como se sabe es algo que impulsan los medios mientras presumen de lo contrario. Pero una de las cosas más llamativas es cómo nos convencemos a nosotros mismos. El caso de los indultos en Cataluña me ha hecho pensar sobre la capacidad de sugestión que tenemos los medios y la opinión publicada. Cuando el Gobierno dijo que irían adelante con los indultos, muchos columnistas decían que eran imprescindibles y urgentes. Tan imprescindible y urgentes que llevaban años sin hablar de eso en sus columnas… No creo que nadie les impusiera hablar de ese tema, ni siquiera pienso que lo hicieran por quedar bien, es, solo, que, de repente, se habían convencido por las circunstancias. Me fascina esa capacidad de sugestión, que seguramente vemos mejor en los demás que en nosotros mismos.

¿La cultura postmoderna sigue viva?

Sí. O al menos no sé qué ha venido a sustituirla. Es como un avatar de una especie de capitalismo tardío que no veo que cambie. En esta cultura de la abundancia donde el pasado se ha aplanado no veo que desaparezca el postmodernismo. Por otra parte, creo que la idea de la cultura como elemento de progreso y ascenso social ya no está presente, y es una pena.

¿Cree usted en los puentes culturales para entendernos mejor?

Sí.

¿Cuál cree que es el puente más interesante para unirnos como sociedad?

La cultura, que es transmisión permanente de información y de imaginación. En Letras Libre pienso que somos un puente entre España y México, entre los que escriben de cultura y los que escriben de política, entre lenguas y generaciones… La cultura es una conversación en la que buscas un lenguaje común para entender las diferencias.

La postmodernidad se meó ante la autoridad política, cultural, institucional, ética, moral. ¿Aquello fue inmadurez o libertad?

La rebeldía a veces genera una nueva ortodoxia que permite ocupar el poder…

“La cultura es una conversación en la que buscas un lenguaje común para entender las diferencias”

 

La postmodernidad insistió en que el lenguaje modela el pensamiento. ¿El neutro-Montero –“hijes”...- va a alguna parte?

Creo que no, pero no lo sé. El lenguaje está vivo, pero no es totalmente maleable. La sociedad será más inclusiva, la mujer está saliendo de una situación primigenia de opresión, y el lenguaje se adaptará a esa realidad, pero las lenguas tienen su gramática y sus reglas, y pueden ser más inclusivas sin necesidad de darle patadas, entre otras cosas porque si van contra las reglas gramaticales o los principios de economía del lenguaje es difícil que esas innovaciones perduren. Pero entiendo, por ejemplo, que hay un léxico homófobo que ha desaparecido, y eso es bueno.

Son cambios que nacen de la calle, y no de la cúpula de un ministerio.

Los cambios del lenguaje que parten de las élites tienen efectos limitados y, cuando son propuestas absurdas, son contraproducentes.

¿Qué melón postmoderno nos queda por abrir?

Seguro que unos cuantos… Tengo amigas feministas que nunca habrían pensando que la disputa entre el feminismo clásico y el trans iba a provocar esta especie de guerra civil, por ejemplo.

¿Le gusta la radio?

Sí. Trabajé con Antonio Delgado en Radio Nacional de España, y me lo pasé muy bien, y también un verano con Lourdes Lancho en la cadena SER. Este curso volveré a las ondas en La Tarde en la Cope, con Pilar Cisneros y Fernando de Haro.

¿Si estuviera en Más de Uno, con Alsina, serías más de La cultureta o de La Ínsula?

Tengo amigos en ambas secciones… Me llevo muy bien con Sergio del Molino o Rosa Belmonte, pero también con Borja Sémper… Creo que estaría en medio.

“Las lenguas pueden ser inclusivas sin necesidad de darle patadas”

¿Qué principios tienen claros su pluma?

La libertad, escribir sin automatismos, no querer para los demás lo que no quiero para mí… Y todo eso, con una cierta ironía, que no es que sea un principio, pero que en mí es inevitable, quizá sea un rasgo de inseguridad.

¿Qué horizontes profesionales, creativos, divulgativos tiene entre manos?

Ahora saldrá La muerte del hipster; en Letras Libres, cuya edición española cumple 20 años este mes de octubre, disfruto mucho, porque me permite hacer las cosas que más me gustan: edito, discuto, escribo, traduzco, monto mesas, pienso números… Empiezo aventura en la radio, y seguiré escribiendo. Me divierte cambiar de registro y de géneros.

¿El hipster es su crisis de los 40?

Puede ser… Surgió en un momento en el que me pareció que la realidad española era muy histérica y yo tenía que escribir mucho de eso. Entonces redescubrí la ficción y el humor como una salida para mi libertad de escritura, con personajes con voces diferentes… Salió en el momento en el que yo estaba más dedicado al periodismo y, aunque sea de humor, es lo más literario que he hecho.

¿Un aperitivo del previsible hit de su nueva novela?

Cuando llegan las recomendaciones para combatir la pandemia y se aconseja mantener la distancia social, en La Cañada la densidad de población es tan baja que el alcalde encarga un bando pidiendo a los habitantes que se acerquen.

Álvaro Sánchez León y Daniel Gascón.

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