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DAVID JIMÉNEZ es periodista, reportero durante más de dos décadas en cerca de treinta países. Escribió en 2019 ‘El director’ para contar con pelos y señales la gangrena del periodismo tras su expulsión de la dirección de ‘El Mundo’. Ha vuelto a las librerías con ‘El corresponsal’, una novela de Planeta donde sigue latiendo su pasión por un oficio de verdad en medio de una salsa de mentiras.

David Jiménez: “Los enemigos de la verdad van armados hasta los dientes”

Fotos: Patricio Sánchez-Jáuregui.
photo_camera Fotos: Patricio Sánchez-Jáuregui.

Un kamikaze zen. El blanco de muchos odios negros en esa profesión supuestamente corporativista de la que usted me habla. Fue reportero en Corea del Norte, Siria y Birmania, entre otros huecos del mapamundi. Ha visto lo barata que está la sangre del periodista de guerra y lo lejos que están de las redacciones los suspiros de la gente que sufre en el lado oscuro de la aldea global. Fue el tercer hombre de El Mundo, pero duró poco más de 365 telediarios. Un tipo curtido en los conflictos vio que las bombas lapas estaban en su despacho. Escribió su sentencia de marginación cuché con El director, pero aquel yo-acuso ha sido un bestseller y se hará película. Fue el tercer hombre de El Mundo asaeteado por la furia de Rajoy. Ha vuelto a las librerías. El corresponsal huele a napalm con la venia de Planeta. Sigue escribiendo en las páginas de The New York Times mientras espera el santo advenimiento de la regeneración del periodismo español. Confía en los millennials la misión que han vendido los crónicos gerifaltes de esta profesión.

Se llama David Jiménez García y podría ser su vecino. El destino le bautizó con un nombre común y dos apellidos de andar por la España que madruga. Quizá su papel en este chotis era el de árbol-cuatro o estrella-cinco, como los niños y niñas sin gracia o sin apellidos que pasan al pelotón de la última fila en las obras ingenuas de los coles cuando se impone la Navidad.

Tras una infancia callada en la que se lo guardaba todo, la curiosidad le condujo al periodismo. Cayó en medio de El Mundo. Fue becario. Fue el primer corresponsal del diario en Asia. Fue reportero en Oriente durante dos décadas de cerezos en flor y más guerras de las que aguanta un Risk. En un giro inesperado de los acontecimientos, en abril de 2015 fue elegido tercer director del ex diario de Pedro J. y en la primavera de 2016 fue eyectado en un vuelo sin motor. Juego de tronos entre conciencia y utilitarismo, periodismo y poder, honor y pasteleo, servicio y dinero, dolor y gloria.

Ya lo saben: escribió El director en 2019 y su libro puso en el tendedero muchos pantalones bajados hasta los tobillos. De aquellos lodos guioniza Freemantle una película para inaugurar los cursos oficiales en las facultades de Periodismo.

Paradójicamente, estamos en la calle Juan Ignacio Luca de Tena y en esta avenida de extrarradio madrileño huele a ABC del periodismo por todas partes. Jiménez García (Barcelona, 1971) es un David contra Goliat que firma su nueva novela -El corresponsal- en los altos de Planeta.

En el libro se escucha el caminar de los bemoles de algunos románticos líderes de la profesión. Suenan los cristales con hielo, las risas y los dardos, del copeteo en los bares internacionales cuando las crónicas están enviadas. Resplandecen la nobleza y la vanidad, la valentía en el frente y el miedo a subir un ascensor, los chalecos antibalas y las balas incrustadas en el pecho de un amigo. Mitos. Personajes. Audaces que vibran y cobardes en medio de un safari de postureo. Vidas. Muertes. Mentiras, medias-mentiras, medias verdades y locos que hablan en plata.

Lo sé. Hemos venido a hablar de su nuevo libro. Pero, en capítulos anteriores…

¿Cuántos amigos periodistas te quedan desde El director?

La mayoría de mis amigos de siempre no son periodistas. He sido corresponsal durante veinte años y mis amigos periodistas en el extranjero siguen siendo muchos. De la publicación de El director me sorprendió más los supuestos amigos que perdí que los enemigos que gané. También admito que me gusta viajar solo... Cuando te hacen director de un periódico te salen amigos por todos lados. Todos aquellos eran oportunistas de paso y el mismo día en el que abandoné el puesto, dejaron de llamarme. Curiosamente, cuando El director tuvo éxito, algunos volvieron a dar señales de vida… Hay gente que se mueve solo por motivaciones de este estilo. Mis amigos, mayoritariamente, viven ajenos al periodismo. Ellos sí se han volcado conmigo desde el mismo instante en que dejé la dirección del periódico, entre otras cosas porque por fin tenía tiempo para cada uno.

¿Qué dicen de nosotros estas reacciones del gremio?

 

Que no queremos cambiar… Hay un establishment periodístico que vive muy bien manteniendo las cosas como están y que ve como una amenaza cualquier atisbo de verdadera regeneración. El periodismo es de las grandes regeneraciones pendientes que tiene este país, más incluso que la política, porque en la política, entre las causas judiciales y los líderes que van y vienen, al menos ha habido cambios. En el periodismo español están siempre los mismos desde hace décadas . El control de los medios está en manos muy parecidas después de muchos años. El periodismo no cambia porque, quienes están en la posición más cómoda, no tienen ningún interés en que mejore.

“Hay un establishment periodístico que vive muy bien manteniendo las cosas como están y que ve como una amenaza cualquier atisbo de verdadera regeneración”

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¿Cuántas trincheras periodísticas hay en las dos Españas?

¡El problema es que haya trincheras! Somos uno de los países del mundo, al menos de los que conozco, donde el periodismo está más significado ideológicamente. Aquí nos hemos acostumbrado a leer crónicas sabiendo desde el primer párrafo si el medio y el periodista son de un bando o de otro. Esto nos ha hecho perder mucha confianza y credibilidad entre la gente de la calle. El peligro de esta desconfianza generada por los medios generalistas que, supuestamente, son los serios, es que los lectores y las audiencias acaban en manos de medios que han surgido en los últimos años y que lo único que hacen es populismo, propagación del odio y manipulación. Nos hemos ganado a pulso el desprestigio que vivimos.

¿Cuesta ser valiente? ¿Cuesta decir las cosas como han sido? ¿Cuesta ser un buen periodista?

En El corresponsal cuento cómo mataron al fotoperiodista Kenji Nagai en las protestas antigubernamentales de Birmania en 2007. Yo estaba a escasos metros y lo vi con mis propios ojos. He conocido a periodistas encarcelados en Vietnam, en China, en Corea del Norte… Casi todos los días leemos noticias de periodistas asesinados en México. Para mí, la gran decepción del periodismo español es ver a tantos compañeros que, sin arriesgar lo más mínimo, se venden por un hueco en la tertulia o por mantener un puesto en el que ni siquiera se están realizando profesionalmente. Hay periodistas muy dignos e independientes en este país, pero hay demasiados que han puesto en venta este oficio.

¿Has cometido excesos en tu portazo?

El director salió hace tres años. Desde entonces, me han escrito periodistas de toda España contándome lo que sucedía en sus redacciones, las encrucijadas morales a las que se enfrentaban cada día… Me he dado cuenta de que aquel libro se había quedado corto. En realidad, hacen falta más textos así todavía para impulsar la regeneración que necesita el periodismo.

¿El periodismo español es un hombre tísico con dos bolsas del supermercado frente al tanque de Tiananmen del poder?

Esa es mi fotografía favorita, porque representa el coraje en desigualdad de fuerzas. El periodismo requiere la fortaleza y la valentía de decir que no. Si tú eres abogado y haces bien tu tarea, lo normal es que te promocionen. Si trabajas en banca, lo habitual es que vayas escalando posiciones si eres un buen profesional. En el periodismo español sucede lo contrario: cuanto mejor ejerces, más riesgo hay de que pierdas tu trabajo.

Yo pensaba que había batido el récord de mínima permanencia en la dirección de un periódico, y acabamos de presenciar la destitución de Fernando Garea, que ha estado tres meses al frente de El Periódico de España. También duró muy poco Pedro García Cuartango al timón de El Mundo después de mí, y dudo de que haya un periodista más íntegro y con más conocimiento de este oficio en todo el país. Pero los que pilotan la mayoría de los medios no buscan la excelencia, la honestidad, la preparación, el compromiso con la verdad o el respeto a lo lectores. Buscan gente manejable. Buscan personas que estén dispuestas a seguir las pautas del poder. Incluso, peor, buscan personas que ya sepan lo que tienen que hacer antes de que les den órdenes.

“Hay demasiados periodistas que han puesto en venta este oficio. La falta de autoridad moral es uno de los problemas más importantes del periodismo español”

Los corresponsales están acostumbrados a no tragarse cualquier verdad oficial. ¿Qué habría que hacer para que la prensa reconquiste autoridad moral y los lectores no nos lean con cinismo?

La autoridad moral se gana con el ejemplo y con la autocrítica. Es contradictorio pasarse los días criticando a los demás, denunciando la corrupción de otros, diciendo a los partidos que se regeneren, reclamando a las instituciones que sirvan a los ciudadanos y exigiendo a los empresarios que sorteen el nepotismo, mientras los propios medios miran sistemáticamente para otro lado y mantienen una ley del silencio para evitar que nadie descubra sus incumplimientos.

La falta de autoridad moral es uno de los problemas más importantes del periodismo español. Es imposible que la generación de periodistas que hoy están al frente de los medios españoles devuelva el prestigio a la profesión. Mi única esperanza es que, cuando acabe este bloqueo de los de siempre, venga una nueva hornada de periodistas con unos principios éticos y morales que sean capaces de rescatar, por la vía de los hechos, una propuesta esencial: que el periodismo es un servicio público. La élite que ha marcado el periodismo español en las últimas décadas venía de una cultura no democrática y eso se ha notado mucho.

¿Hay que haber contado las guerras para meterse con acierto en el fango de la industria mediática española?

A mí no me ayudó mucho, la verdad. Haber estado en Afganistán no me sirvió para aprender a manejarme en los despachos. Son mundos muy diferentes. El corresponsal y el reportero de guerra viven la parte más idealista y romántica del oficio. Para ellos, la prioridad es que no les peguen un tiro y enviar la crónica a tiempo. A ellos no les salpican las presiones políticas y los intereses extra periodísticos que inundan las redacciones. Cuando pasas bruscamente de una corresponsalía a la dirección de un gran diario, de repente ves que cualquier cosa que haces se mira con lupa. Pasas de recibir palmaditas de felicitación a tu regreso de una guerra a que te lluevan las puñaladas. Un periodo de transición entre el extranjero y la dirección me habría ayudado a comprender mejor la redacción, a conocer las dinámicas del trabajo, etc. Lo que hicieron conmigo escogiendo a alguien completamente ajeno al mundo del poder solo tiene sentido si realmente apuestas por un cambio radical.

Hace ya seis años que te fueron de El Mundo. Dices: “Uno es libre de creer en Papá Noel y en que cuatro directores de El Mundo fueron despedidos en tres años por casualidad”. ¿El PP de Rajoy creía menos en la libertad de expresión que Pablo Iglesias?

Ni Mariano Rajoy ni Pablo Iglesias creen en la libertad de prensa. Nunca he encontrado un político español que realmente entienda el papel de los medios en democracia. Dentro de ese desconocimiento general, los hay más o menos tolerantes, y más o menos burdos en su intento por aplastar la libertad de información.

Rajoy, a través de Soraya Sáenz de Santamaría y de la Secretaría de Estado de Comunicación, que dirigía Carmen Martínez Castro, fue implacable contra la libertad de expresión y de prensa en este país. Ellos solos decidían quiénes mantenían su trabajo en muchas redacciones. Con Pedro Sánchez vemos maneras más sutiles, pero su intromisión en los medios es cada vez mayor. Uno hacía ruedas de prensa en formato plasma, y el otro filtraba las preguntas en mitad de una gran pandemia. ¡Eso no ocurre en países normales con una cultura democrática madura! De todas formas, lo peor es lo que sucede detrás del telón, a escondidas. Esas llamadas a los directores de medios recordándoles que estamos en tiempos de crisis y que va a ser más fácil vivir sin cabrear al poder…

Si rebobinamos, veremos que en los tiempos de Felipe González sucedió lo mismo. Probablemente Aznar y Zapatero fueron los presidentes del Gobierno más respetuosos con la prensa. El intento de controlar a los medios públicos y de presionar a los privados ha existido siempre y en todos los países. Aquí, el problema es que esas amenazas tienen consecuencias y, generalmente, el poder siempre consigue lo que quiere.

“Nunca he encontrado un político español que realmente entienda el papel de los medios en democracia. Rajoy fue implacable contra la libertad de expresión y de prensa en este país”

En el cese de los primeros cuatro directores de El Mundo -Pedro J. Ramírez, Casimiro García-Abadillo, tú y Pedro García Cuartango- tuvo un papel protagonista Antonio Fernández-Galiano. A él también le han picado billete.

No hay precedente en ningún gran diario internacional del despido de cuatro directores en tres años y medio. ¿Éramos todos malísimos o, simplemente, no obedecíamos órdenes? Yo no tengo dudas, porque lo viví en primera persona: la razón de aquellos ceses fue que no quisimos plegarnos a las presiones y a los intereses que quería imponer Galiano desde su posición. ¡El editor clásico de periódicos no aspira a dirigir un periódico! Lo que me encontré es que, a pesar de que yo era el director, había una persona en la empresa por encima de mí que no quería decidir solo sobre las cuentas y las estrategias empresariales. Quería dictarme los titulares del periódico y yo no estaba dispuesto a pasar por ese aro. Tenía claro que, mientras estuviese al frente de El Mundo, todo el contenido, con sus aciertos y sus errores, lo iba a decidir yo. Supongo que Fernández Galiano pensaba que lo hacía para el bien del periódico y sus intereses empresariales. Lo que no tiene mucha explicación es que escogiera como director a un tipo que llevaba veinte años de reportero medio asilvestrado, porque lo más probable es que no tenga un perfil manejable. Los despachos no convierten en dóciles a los salvajes del periodismo. Ellos se dieron cuenta muy pronto de que se habían equivocado con mi nombramiento.

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¿Cómo has crecido personal y profesionalmente entre El director y El corresponsal?

El corresponsal que volvió a España para hacerse cargo de El Mundo en 2015 vino con un chute potente de idealismo, entusiasmo y convencimiento de que iba a cambiar las cosas, y chocó de frente con la realidad. Si fuera director de un periódico después del máster en intrigas de estos seis años, todo sería muy diferente. Yo estaba bastante despistado sobre lo que tenía a mi alrededor, sobre quién estaba de mi lado y quién se ubicaba en contra del proyecto. Arturo Pérez-Reverte me dio un consejo que se me ha grabado para siempre: “Cuídate de los amigos ruidosos y de los enemigos invisibles”. Ahora tendría más capacidad para identificar a ambos. De todas formas, miro atrás con mucho orgullo por haber resistido y defendido la integridad del periódico, la mía propia y la de mis compañeros poniendo mi puesto en juego sin pensar un segundo en las consecuencias. Preferí mil veces ser despedido antes que aceptar que cambiaran un solo titular.

Dedicas El corresponsal a Ricardo Ortega y a los reporteros que no regresaron. ¿Cree que, al final, los buenos siempre ganan?

¡Ojalá! Desgraciadamente, en el mundo de los corresponsales eso no es así, porque si no Ricardo estaría vivo... Era uno de los tipos más íntegros, más comprometidos con el periodismo, más rigurosos y más valientes que he conocido. A veces los mejores no son los que tienen más suerte, especialmente cuando te metes en una guerra donde todo es impredecible. Allí, hasta el veterano con más medallas y más experiencia sobre el terreno puede estar en el sitio equivocado en el momento erróneo.

En el periodismo español los mejores, los más independientes y los más valientes, pagan las consecuencias. Triunfan los lameculos, los que se pliegan. En España, un director de periódico que se enfrenta al poder defendiendo la integridad de su redacción y la independencia del contenido de su medio tiene muchas menos posibilidades de sobrevivir que uno que se pasa los días masajeando a las élites y a los directivos de su empresa. Incluso un corresponsal algo despistado como yo sabía perfectamente lo que debía hacer para mantenerse en el cargo… Si hubiera seguido las reglas del sistema, probablemente seguiría en aquella silla. Y me alegro de que eso no haya ocurrido, porque mi vida ha mejorado mucho desde que salí de El Mundo, y los proyectos que tengo entre manos me parecen mucho más interesantes que estar yendo a actos institucionales insoportables con traje y corbata para codearme con gente poco estimulante.

“En el periodismo español triunfan los lameculos y los que se pliegan. Los mejores, los más independientes y los más valientes, pagan las consecuencias”

Un director de periódico con el que coincidí repetía con frecuencia: “Los políticos pasan, pero nosotros permanecemos”. Eso es una realidad que no cuaja en las redacciones. Hay jefes y medios que creen que los políticos asumen asientos crónicos.

Hay gente que lee mi historia como una derrota, pero yo la veo como un triunfo. Muchas informaciones que publicamos yo y mis antecesores al frente de El Mundo acabaron tumbando al Gobierno de Rajoy. ¿Quién ganó? Los medios permanecen. Los políticos pasan. Esa perspectiva es muy importante para soportar las presiones. Un periodista depende de la credibilidad para sobrevivir. Eso no se puede comprometer por un político determinado que en seis meses puede estar en la calle, y menos con esta política tan loca que sacude nuestros días. ¿Merece la pena sacrificar lo más importante que tenemos por un político que está de paso, cuando lo que tú quieres es que un medio se convierta en un referente de prestigio y de confianza para los lectores?

¿Crees que, al final, la verdad siempre sale a la luz?

Creo que la mentira siempre parte con ventaja. Incluso muchas veces puede parecer que vaya a ganar la carrera, pero, si uno se empeña, aunque sea al final, en la mismísima línea de meta, la verdad se puede imponer. Ahora esto es más difícil, porque las herramientas para el triunfo de la mentira son más poderosas que nunca, y por eso los periodistas son más importantes todavía, y la honestidad, la credibilidad y el rigor son más fundamentales. Los enemigos de la verdad -la manipulación, la mentira…- van armados hasta los dientes.

¿Crees que, al final, la vida pone a cada uno en su sitio?

Sí. La gente que intentó controlar El Mundo ya no está. ¿Quién se acuerda de ellos? ¡Nadie! Durante un tiempo, uno puede mentir, ponerse una careta o crearse un personaje, pero, al final, todo se descubre. En los libros pasa lo mismo. Yo puedo engañar al lector en un párrafo, incluso en un capítulo, pero el lector no es idiota. Si no eres honesto, eso se lee entre líneas siempre.

Dices en El corresponsal que el individualismo, el olfato y el talento para la escritura tienen mucho de ADN del corresponsal. ¿Es una manera de decir que sois solitarios, impulsivos, asociales, justicieros y románticos?

Los corresponsales son muy variados, y eso se refleja en la novela. Entre sus protagonistas está Miguel Bravo, que es joven, entusiasta y cree que va a cambiar el mundo; y Daniel Vinton, que es el veterano, divorciado y cínico; y la periodista francesa explosiva y activista convencida de que cada tecla que presiona es una batalla; y el mexicano, que viene de buena familia, o “el príncipe”, el típico que está a doscientos kilómetros de los tiros con su chaleco antibalas y perfectamente peinando. Yo me he encontrado a personalidades muy dispares y la etiqueta general es imposible. Sucede lo mismo que en las redacciones. De todas formas, un tipo que se va a muchos kilómetros de distancia de su país a jugarse la vida por contar una historia tiene que creer en algo, y ese algo no pueden ser ni la fama ni la fortuna. Late en ellos un idealismo, un romanticismo y un firme convencimiento de que lo que estás haciendo servirá para mejorar las cosas, aunque sea un poco. Yo no podría haber ido a esos sitios por algo más de dinero o un plus de reconocimiento, sobre todo desde que tengo hijos. Yo necesitaba creer que encender un poco de luz en aquella oscuridad contribuía al bien.

“Los medios permanecen. Los políticos pasan. Esa perspectiva es muy importante para soportar las presiones”

Hablas de los corresponsales veteranos “que reparten carnés de periodismo” y creen que se merecen, a la vez, el premio Nobel de la Paz y el de Literatura…

Si el ego en una redacción ya es grande, en el mundo de los corresponsales a veces es inconmensurable… Cuando sobrevives en un lugar donde la gente muere en mitad de un conflicto, te acabas sintiendo el más vivo de todos. Además, estás al pie de la historia, tu trabajo tiene una exposición importante, te rodea un áurea de heroicidad, y todo eso sumado genera grandes egos. Hay personajes reales que no caben en sus zapatos. El periodismo, cuando se hace bien, con rigor, es igual de meritorio en cualquier sitio. El lucimiento del corresponsal puede distorsionar el concepto de lo que hacen y eso puede llevar a que se crean mucho más importantes de lo que son.

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Criticas a los periodistas que “escriben para demostrar lo bien que escriben”, a los que caen en el “sentimentalismo” y a los que sucumben “a la tentación de los adjetivos”, que son “granos en el culo de los reporteros gandules”. ¿Cuál es la relación entre vanidad y periodismo?

En veinte años de crónicas, no creo que haya escrito más de dos o tres en primera persona. Me irrita especialmente que un periodista cuente su historia en mitad de un terremoto, o un conflicto, o una masacre. ¡Hemos llegado a un punto muy surrealista en el que hay periodistas que quieren ser los protagonistas desde el epicentro de una guerra! El periodista es un privilegiado que, generalmente, cuenta con una salida de escape cuando las guerras se acaban o se ponen muy crudas, pero la gente que vive allí, se queda. Las narraciones narcisistas que remarcan que no había calefacción en el hotel son chorradas frívolas. El periodismo personalista, presente especialmente en televisión, es una pandemia.

“El periodismo es de las grandes regeneraciones pendientes que tiene España”

Estuve hace poco tomando un café con Pilar Urbano. A sus 82 años, me decía: “Si yo fuera tú, me empotraba en una fragata hacia Ucrania”. Ella sostiene que el periodismo es estar muy cerca de los protagonistas de la historia, pero no para hacerse un selfie, sino para contarlo lo más rápido posible al máximo número de ciudadanos.

Cuando uno lee El corresponsal se introduce en una vida de aventuras, de peligros, de bares, de líos sentimentales, y de cosas que pasan en una esquina de la profesión que los jóvenes periodistas no van a poder vivir nunca, porque este oficio está desapareciendo. Antes, cuando salías de la facultad, tenías la fantasía de enrolarte en estas peripecias con tintes de hazañas. Ahora ni siquiera se lo imaginan. Muchos de los nuevos periodistas saben que, si consiguen trabajar como periodistas, su futuro será picar textos y sacar a toda prisa un montón de noticias, siempre con los titulares más llamativos posible. El periodismo que yo he vivido ha desaparecido.

¿Contaremos las guerras desde los estudios centrales?

Hoy bastantes las cuentan ya desde Madrid... Se han ido cerrando corresponsalías y se ha precarizado mucho la profesión… ¿Quién se va a ir por esos mundos a jugarse la vida con los dos pies en el aire? No es solo que te paguen 50 o 60 euros por una crónica. Es que muchas veces ni siquiera te cogen el teléfono en la redacción, porque estar en esos lugares no se considera relevante. En España no se respeta ni al corresponsal ni al reportero. Entiendo que un estudiante de periodismo actual aspire a ser tertuliano para llevarse un dinero a casa después de cuatro gritos y un ligero espectáculo. Lo triste es que casi no es posible vivir ya de un periodismo que merezca la pena. La polarización y la fuerte carga política del periodismo español se han comido el terreno de la cobertura internacional.

“Ya casi no es posible vivir de un periodismo que merezca la pena”

Se habla poco del valor del fotoperiodismo.

El fotoperiodismo ha muerto. Los fotoperiodistas que se pueden ganar la vida con su trabajo son una rareza y los españoles que lo consiguen, trabajan para medios extranjeros. Mis amigos fotógrafos han tenido que dejarlo: unos hacen fotos para partidos políticos, otros, para empresas, y algunos se dedican a las bodas. El fotoperiodismo siempre ha sido despreciado en España. Ahora, el presupuesto para fotografía de un medio es o cero, o muy pequeño.

¿El periodismo es solo contar malas noticias?

Esa puede ser, quizá, una de las autocríticas que más urgen: contar solo lo negativo de todos los ámbitos que miramos, promoviendo un pánico muy por encima del que deberíamos transmitir, como vemos con la pandemia, es una manera de distorsionar la realidad.

Después de 20 años en Asia, ¿qué importarías de Oriente?

En Oriente hay muchas cosas que deberíamos importar, porque son importantes: el respeto hacia los mayores, la veteranía y la experiencia; la espiritualidad, la capacidad de poner el interés colectivo por encima del individual, la disciplina… Y también creo que las sociedades orientales deberían incorporar valores occidentales, como el ansia de libertad, de independencia, de creatividad… En Occidente sigue siendo más fácil pensar con libertad y crear. No mitifico a los países de Oriente, porque he visto su lado bueno y su lado malo. Y tampoco denigro a Occidente, porque no todo es malo. De todas formas, vamos a un mundo cada vez más homogéneo donde los centros comerciales son idénticos, y eso me da un poco de pena. El centro de Pekín podría ser el de cualquier ciudad occidental. Además, los lugares más turísticos se están convirtiendo en parques temáticos que se adaptan al visitante. El mundo está perdiendo carácter.

“Contar solo lo negativo es una manera de distorsionar la realidad”

¿Has pasado ya por tu momento Hemingway?

Hemingway decía que el periodismo es una profesión fantástica, siempre que sepas cuando dejarla... Yo no la he abandonado del todo, pero he desconectado mentalmente, sobre todo de los medios generalistas, para embarcarme en proyectos que van mucho más allá del periodismo.

¿Qué es el triunfo para un periodista?

Llevar la verdad al mayor número de gente posible.

¿Y el prestigio?

Que te crean.

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