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Santiago Posteguillo (Valencia, 1967) tiene once libros conocidos y un Planeta (2018). Antes del decreto de alarma dio a luz ‘Y Julia retó a los dioses’, un nuevo ‘best seller’ en tiempos de confinamiento. Compagina la escritura con su vocación de profesor de Literatura inglesa y norteamericana en la Universidad Jaume I de Castellón

“Metería en una falla todos esos libros que supuestamente escriben los políticos”

Santiago Posteguillo junto al Coliseo romano. Fotos originales: Carlos Ruiz.
photo_cameraSantiago Posteguillo junto al Coliseo romano. Fotos originales: Carlos Ruiz.
Ave, Santiago. Los que van a leer, le saludan. Posteguillo es un acueducto entre la antigua Roma y el siglo XXI por el que corren los ‘best seller’ desde hace ya catorce años. La Ciudad Eterna es su Ítaca recurrente, porque parece escritor, pero en realidad es un pocero valenciano que saca petróleo de las fuentes clásicas y resucita a personajes que no pueden quedarse amarillos en las bibliotecas de los sabios. Investiga con pluma y construye 'palazzos de letras que hacen las delicias de millones de lectores en más de diez lenguas. Profesor por las mañanas. Novelista por las tardes. Trajo a las librerías ‘Y Julia retó a los dioses’ una semana a.d.C (antes del confinamiento) y la potente emperatriz, con pocos retales de Sissi, ha acompañado a mucha gente en el encierro de esta plaga. Ahora graba con Movistar ‘El corazón del imperio’, una serie en la que las mujeres romanas salen de las catacumbas para ponerse en el escaparate. En la semana del Premio Planeta, aquí el señor de las siete colinas, mar de fondo y pies en la tierra.

Jueves entre el Nobel de Literatura y el próximo Premio Planeta. El zoom de Google Earth afina la puntería hasta una domus latina entre Valencia y Teruel que sabe a Roma. En una especie de triclinium 2.0 escribe sus novelas y sus clases Santiago Posteguillo. Una mesa esquinada. Dos ventanas: una de luz y otra de horizontes. Una biblioteca generosa. Una chimenea que humea ya el rescoldo de un otoño en formación. Una cabeza creadora. Dos manos hábiles. Dos ojos que miran al pasado con perspectiva de presente. Un hábito. Una pasión. Una infantería de lectores por el mundo de entre 10 y 98 años.

El vídeo del día

Garriga (Vox) justifica la moción como “un deber nacional”.

El jueves entregan el Planeta del coronavirus y estamos en directo con el hombre que se lo llevó hace dos años, que parecen ya lustros, con Yo, Julia. Un salto con tirabuzón: el escritor de novela histórica con estractos de tinta negra ha cerrado la cremallera del traje de una emperatriz con la segunda parte de un premio universal. Y julia retó a los dioses está en las librerías entre guantes y lectores con mascarillas, dando taconazos de inspiración y haciendo las delicias de la tribu de los posteguillos, que son legión.   

Por teléfono, pero como si estuviéramos dando una vuelta por el Foro romano. Nos sentamos en un escalón de ficción en la Casa de las Vestales. Es otoño en la Ciudad Eterna, y en Valencia y en Madrid. La estación de los libros leídos al calor de una estufa. Mientras caen hojas secas, pasamos hojas vivas.

Salve, scriptor. Salve pedagogus. Empecemos hablando de las mujeres que mecen la cuna y de las que consiguen dominar el mundo.

Dos años después del Planeta vuelve Julia con su manual de resistencia. Su objetivo, una obsesión: conservar el poder. ¿Qué enseña aquella Roma a esta España?

Aquella Roma enseña mucho a esta España. Y Julia retó a los dioses es una novela en la que se habla del cáncer, de la xenofobia, de una mujer en un mundo de hombres, de la lucha constante por el poder político… Sé que cuando escribo de Roma hablo siempre de la actualidad, y no podía imaginar hasta qué punto, porque el texto relata una pandemia del virus de la viruela que afronta el médico Galeno. El libro muestra muchas cosas que podemos aprender. De lo que más nos afecta en estos días, queda clara la lección de cómo el poder político de la época, en este caso el emperador Severo y la emperatriz Julia, someten muy rápidamente la autoridad imperial a la autoridad sanitaria de entonces…

 

“En ‘Y Julia retó a los dioses’ queda clara una lección muy contemporánea: que la autoridad imperial se somete muy rápidamente a la autoridad sanitaria de entonces en tiempos de pandemia”

Veinte siglos después de Julia despuntan algunas mujeres en la pole de la política -Merkel en Alemania, Úrsula Von der leyen, en Europa; Jacinda Ardern, en Nueva Zelanda; Tsai Ing-wen, en Taiwán…-. Pero las mujeres siguen lejos de la tarima política en los países mediterráneos.

Puede ser una buena oportunidad para que reflexionen los responsables políticos de los países mediterráneos. En todo lo que tiene que ver con la igualdad de hombres y mujeres en los últimos decenios, el norte de Europa y algunos otros países, como Alemania, nos llevan la delantera. Es la misma cuestión que vemos en otros ámbitos sociales, como la Universidad: sí, cada vez hay más profesoras, pero todavía hay muy pocas rectoras; o en el Ejército, aunque allí las mujeres se hayan incorporado más tarde. Es llamativo que en todos los ámbitos directivos de la sociedad no veamos una igualdad más obvia.

Julia le ha dado muchas alegrías. Ahora, una segunda criatura. Cuénteme cómo está el padre con el nuevo volumen entre sus brazos.

Que yo sepa, nunca se había hecho una segunda parte de un libro que hubiera ganado el Premio Planeta, y eso da un poco de vértigo. Por otro lado, siento la pasión de narrar, porque la historia de Julia era tan poderosa que quedaba mucho por contar. Como la primera parte había funcionado muy bien y la gente me pedía que terminara su historia, me apetecía mucho hacerlo. He sentido ilusión al dar a luz, pero también mucha tristeza, porque el libro salió diez días antes del decreto de alarma.

He aprendido de Julia su capacidad de sobrevivir, porque esta segunda parte ha sido una de las novelas más leídas del confinamiento. Además, esta mujer está conquistando el Imperio Romano en el siglo XXI, en la medida en que se ha publicado en España, saldrá en Italia, en noviembre estará en Portugal, acabamos de firmar contratos para que se publique en Francia y Alemania, y hay más interés en otros países. Hispania, Italia, la Galia, Lusitania y, en breve, aterrizará en Germania: esta mujer ha vuelto con mucha fuerza. También se va a traducir al danés. Dinamarca no era Imperio Romano, pero Julia lo expande. Cada nuevo territorio que conquistamos me llena de alegría.

¿Es, quizás, el personaje del que más se ha enamorado?

Como hombre, sí. Como narrador, siento pasiones similares por Escipión, Trajano y Julia. Siempre escribo sobre personajes que admiro, porque si me voy a pasar entre tres y siete años con cada uno de ellos, lo mejor que puedo hacer es rodearme de personas que me despierten admiración, también porque desearé más fuertemente trasladar esa admiración a los lectores. De Escipión me apasiona su nobleza de espíritu; de Trajano, su ejemplaridad, tan ausente hoy día; y en el caso de Julia, la inteligencia y la tenacidad de una mujer en un territorio masculino con la capacidad de conseguir sus objetivos, aunque todo esté en su contra.

¿Detrás de Julia hay esencias de mujeres que están cerca de usted o a las que contempla con asombro?

Cuando un escritor crea personajes, aunque lo que yo hago es recrear personajes históricos, los construyes a través de tu experiencia personal. Evidentemente, si pienso en una mujer con carácter y tenaz, tomo esos aspectos de personas que he conocido en mi entorno personal, vital o familiar, o de personalidades públicas. No hay una identificación concreta con las mujeres de mi vida. Podría haber sido el caso, pero no. Julia es una amalgama de experiencias vitales mías que vuelco solo si tienen sentido con los trazos de psicología que nos han llegado del personaje a través de las fuentes clásicas. Trato siempre de que mis personajes sean lo más fieles posible a lo que nos cuenta la Historia.

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¿A qué mujeres lee que le hayan abierto mediterráneos?

No dejo de releer a Jane Austen, porque su técnica literaria con la que entra y sale de los personajes me parece fascinante. Releo siempre a Virginia Woolf. Releo, a veces por puro entretenimiento, a escritoras un poco olvidadas como sor Juan Inés de la Cruz… Últimamente estoy leyendo a autoras africanas para mis clases de Literatura del mundo en lengua inglesa. En concreto, estoy con la escritora nigeriana Buchi Emecheta y su novela Las delicias de la maternidad -un título irónico-, que me resulta apasionante. Más próximas, sigo con pasión a Luz Gabás, a María Dueñas, a Dolores Redondo, a Margarita Torres… Por destacar a algunas escritoras magníficas de todas las que tenemos en la literatura española.

“Sigo con pasión a Luz Gabás, a María Dueñas, a Dolores Redondo, a Margarita Torres… Por destacar a algunas escritoras magníficas de todas las que tenemos en la literatura española”

¿Julia le ha abierto a usted los ojos femeninos o ya venía esencialmente igualitario de casa?

Creo que he aprendido a hacerme igualitario progresivamente desde el punto de vista narrativo. Me enseñaron a ser igualitariamente narrativo en el género cuando estudié Literatura creativa en Estados Unidos, pero después, al escribir novela histórica, me dejé arrastrar por las fuentes clásicas en mi afán por ser fiel al hecho histórico, y tardé tiempo en darme cuenta de que la inercia desembocaba en un panorama escrito solo por hombres en el que las mujeres quedaban muy desdibujadas.

En la trilogía de Escipión se ve que aumento el número de personajes femeninos, porque voy investigando más. No me los invento, pero para encontrarlos tuve que buscar más, porque están menos presentes en las crónicas. En la de Trajano llego a una igualdad razonable en la medida en que aparecen gladiadoras que existieron, emperatrices en Roma y fuera de Roma, consejeras imperiales en la India… Pero el cuerpo me pedía poner en el centro de una novela a una mujer. Habiendo como hay tantas grandes mujeres en aquella Roma tan poco contadas, pensé que había llegado el momento. Pero eso no quiere decir que me ate para siempre a este enfoque, ni mucho menos.

De hecho, ahora está rodando con Movistar una serie sobre las mujeres de aquel imperio…

Durante el confinamiento hicimos los guiones de El corazón del imperio con el director Israel del Santo. Entre junio y julio llevamos a cabo el casting. En agosto rodamos en Bulgaria y en Valladolid estamos acabando de grabar estos días. Después la montaremos y la idea es entregar la serie a Movistar para 2021. Se trata de una serie documental con recreación histórica en la que vuelvo a recuperar a mujeres de la antigua Roma injustamente olvidadas, y a mujeres de la antigua Roma que son más conocidas pero cuya imagen, a mi entender, ha quedado distorsionada por los historiadores. La hemos rodado en latín.

Y mientras rodaba, supongo que habrá pensando que no será la última vez que se pegará al bando del cine…

Es complejo… He tenido entre manos otros proyectos para llevar al cine o al formato series algunas de mis novelas, pero he tenido que pararlos, porque me pareció que se alejaban demasiado de la letra original. Entiendo que haya que adaptar el texto al lenguaje audiovisual de nuestra época, pero me parecía importante que, al menos, se mantuviera el espíritu de las novelas en esas adaptaciones. Hay otro intento para convertir la trilogía de Escipión en una serie de tres temporadas. Ya hay una productora española y una italiana, y ahora estamos intentando persuadir a una productora norteamericana, porque el presupuesto que se necesita para hacer una serie de este tipo excede la capacidad de la industria del cine y la televisión española.

Entiendo que busca máxima fidelidad, algo como lo que ha hecho HBO con Patria

No la he podido ver todavía, pero sí, busco que haya una aproximación al espíritu. Quizás un ejemplo claro sea la adaptación que hizo Peter Jackson de El Señor de los Anillos. Aunque había manipulaciones narrativas en cada parte, vemos que en sus películas late Tolkien.  Lo de El hobbit ya es otra historia… Ahí pudo más la pasión comercial…

¿Ve a Julia detrás de una pancarta del 8M?

Veo a Julia como una mujer que siempre lucharía por conseguir sus objetivos y por un mundo que ofreciera esas condiciones en igualdad. No sería capaz de decirle a una mujer como Julia Domna dónde tiene que ir a pelear por esos derechos. Es tan inteligente y tan independiente, que ni siquiera me preguntaría. Tomaría sus propias decisiones.

“Veo a Julia como una mujer que siempre lucharía por conseguir sus objetivos y por un mundo que ofreciera esas condiciones en igualdad. No sería yo capaz de decirle dónde tiene que ir a pelear por esos derechos”

 

Tengo entendido que su pasión por Roma despierta a los seis años, antes de que amaneciera su escritura.

Sí. Es una visión un poco romántica, porque ningún niño de seis años decide que va escribir trilogías de romanos, pero en aquel viaje muy feliz que hice por Italia con mi familia se instaló en mí la fuerte semilla de mi interés por Roma.

De todas las Romas que hay en botica, ¿cuál es la que más le fascina?

Me fascina la Roma republicana e imperial. Lógicamente, he ido al Vaticano, a las iglesias barrocas, a la Piazza Navona, a toparme con Bernini, o con el Moisés de Miguel Ángel… Evidentemente. ¿Quién no se fascina con todo eso? Pero si me deja suelto, a la que me descuide vamos a acabar buscando museos escondidos a los que no va nadie, pero que expone cosas del Imperio Romano que me interesan; el Palazzo Massimo alle Terme, frente a las Termas de Diocleciano, donde hay mosaicos, estatuas y frescos de la antigua Roma… Me verá deambulando por la zona del Largo Argentina, en el yacimiento al aire libre que está donde asesinaron a Julio César. Es una zona de pizzerías y mucha gente pasa de largo, pero para mí es un lugar fascinante.

Por hacerme cargo de su pasión: ¿usted era de los se disfrazaba de romano de pequeño?

No, pero sí hacía batallitas de soldaditos. Llenaba la alfombra de la casa de mis padres de centenares y centenares de soldados en plena guerra.

Una persona que ‘disfruta’ con las batallas, ¿valora más la paz?

La paz es lo que todos deseamos y deberíamos poder vivir. La batalla me atrae como a cualquiera le atraen los conflictos en una obra narrativa. Si yo te cuento en una novela que dos personas se conocen, se quieren, se enamoran, tienen hijos, los hijos son maravillosos, no tienen problemas, están sanos, quieren a sus padres, se hacen mayores y están muy unidos, los nietos son todavía mejores, y todo es fabuloso… narramos una vida maravillosa que se la deseo a usted y me la deseo a mí, pero si hacemos una novela sobre eso, no la leerá nadie, porque no interesa. Lo que nos apasiona en el relato es el conflicto moral, religioso, económico, bélico…  En ese sentido, y solo en ese, me interesa la guerra: como expresión de conflicto que explica las tensiones. Porque la guerra es uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis que no deberíamos vivir nunca. Mis recreaciones bélicas están marcadas de énfasis en lo que suponen de desolación, sangre, tristeza, dolor, sufrimiento absurdo y muertes inocentes que generan los intereses espurios y las ambiciones enfermas. 

“Las guerras son uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis que no deberíamos vivir nunca. Por eso, al contarlas, pongo mucho énfasis en lo que suponen de desolación, sangre, tristeza, dolor, sufrimiento absurdo y muertes inocentes que generan los intereses espurios y las ambiciones enfermas”

Aunque se pierda por la Roma republicana e imperial, ¿entiende la Ciudad Eterna sin cristianismo? ¿La entienden sus novelas?

La trilogía de Escipión es pre cristiana, y la de Trajano y la bilogía de Julia se desarrollan en un contexto en el que los cristianos todavía no han conseguido controlar el imperio. Esa simbiosis de la parte final entre el Imperio Romano y el cristianismo es francamente apasionante. Decíamos antes que el conflicto aviva el relato, pues las tensiones del final del imperio merecen unas cuantas novelas.

¿Usted sería de termas?

Sin duda. Estaría encantado de la vida con mi propia terma, con su apodyterium, su caldarium, su frigidarium, su tepidarium… Sería estupendo. A lo más que he llegado es a tener una pequeña piscina en mi chalet. Le he puesto unas columnas dóricas, eso sí, pero el presupuesto no me ha dado para más.

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Antes de su primera novela pública -Africanus, el hijo del cónsul- tenía dos escritas y guardadas en el cajón. ¿Habría sido un best seller de novela negra?

Lo intenté, pero no cuajó. Fue una novela que escribí con veintipocos años y supongo que desde entonces he madurado como escritor. No obstante, mi pasión por la novela negra permanece. A veces juego con hibridar géneros. El nombre de la rosa, de Umberto Eco, es una novela negra, aunque la ambientación histórica se come al género. En Y Julia retó a los dioses también tenemos una trama de muertes que la protagonista no cree que sean accidentales. La emperatriz tiene a su propio CSI, su médico Galeno, que hace de investigador. Pero el género histórico siempre se come al negro.

¿Le pide el cuerpo romper la inercia de su raíl de novela histórica?

Ya lo hice con tres libros de relatos sobre la historia de la Literatura: La noche en que Frankenstein leyó El Quijote, La sangre de los libros y El séptimo círculo del infierno. A veces he pensado ponerme con un thriller mezclando crímenes e historia, pero estoy a gusto haciendo novelas de romanos.  

¿Le ha cambiado el éxito el destino de su pluma o su forma de ser? Tiene pinta de hombre tímido que se ve de pronto crónicamente en el candelero.

Soy relativamente tímido, pero llevo 27 años como profesor universitario y estoy habituado a hablar en público y tratar con mucha gente. Digamos que esa timidez está pulida. Me esfuerzo para que no me afecte el impacto social de las novelas que he escrito, porque es evidente que conllevan una cierta popularidad. Tengo pánico a caer en lo que yo mismo critico: la burbuja en la que vive la clase política, que refleja un nivel de empatía con la gente de menos mil por cien. Me gusta tomar un cercanías para ir a la universidad, tratar con los estudiantes, saber lo que cuesta un café o un menú del día, lo mal que funcionan los trenes de Renfe… Me interesa ese contacto permanente con el entorno real del mundo. La Universidad me ofrece todo eso. En la editorial me han sugerido algunas veces que deje las clases: además de que soy un docente vocacional y lo disfruto, mi trabajo como profesor universitario me ata a la realidad. Por las mañanas estoy en la Universidad Jaume I de Castellón hablando de los clásicos, y por las tardes, creando mi nueva novela. Tengo el privilegio de vivir la Literatura desde los dos lados de una misma moneda.

“Tengo la sensación de que hay una persecución constante y sistemática por parte del poder político para intentar que la gente no lea, no se culturice, no sepa historia… Porque así son más manipulables”

 

¿Está cómodo en el mundo de las letras y la cultura del siglo XXI?

Sí, pero eso no quiere decir que el mundo de las letras y la cultura esté bien tratado en el siglo XXI. Tengo la sensación de que hay una persecución constante y sistemática por parte del poder político para intentar que la gente no lea, no se culturice, no sepa historia… Porque así son más manipulables y la élite política puede seguir viviendo cómodamente sin ocuparse de los problemas de los ciudadanos.

¿Está cómodo en la Universidad?

Estoy muy cómodo en mi universidad, donde me tratan de una manera poco habitual en este país. Estoy a gusto con mi departamento, con mi facultad, con mi rectora, y por eso sigo. Económicamente me podría permitir no dar clases, pero puedo compaginarlo todo, aunque voy un poco de cabeza a veces, pero es agradable.

Si usted fuera Galeno, ¿qué diagnóstico haría de la Universidad española actual?

Haría falta más inversión, como en todo el ámbito educativo. Recuerdo, además, que la Universidad es una mezcla de docencia e investigación. La pandemia está poniendo de manifiesto que la investigación es más necesaria que nunca. Estoy muy harto, muy agotado, de oír a políticos hablando siempre de que hay que invertir en investigación y nunca lo hacen. ¡Jamás! Y de pronto ponen unos milloncitos en el CSIC para ver si sacamos una vacuna… ¡Esto no funciona así! Los países que mejor luchan contra la pandemia son los que han tratado bien la investigación científica y han invertido en educación, incluyendo ahí las humanidades, que son esenciales. La frontera esa que trazan entre ciencias y letras es falsa, artificial, creada por intereses partidistas y económicos. Esa separación nunca la encontraremos en la Grecia clásica. Aristóteles hablaba de física y de poesía. El intelectual y el científico eran la misma persona.

“La frontera esa que trazan entre ciencias y letras es falsa, artificial, creada por intereses partidistas y económicos. Esa separación nunca la encontraremos en la Grecia clásica. Aristóteles hablaba de física y de poesía. El intelectual y el científico eran la misma persona”

 

Hoy han dado el Premio Nobel de Literatura a la poetisa neoyorquina Louise Glück. Más allá de lo que diga la Academia sueca, ¿quién sería su candidata o candidato ineludible?

No es fácil. Margaret Atwood lleva años en la quiniela y es muy merecedora del premio. El Nobel es una decisión controvertida, porque sus veredictos a veces son indiscutibles, como fue el caso de Vargas Llosa, pero en otras ocasiones los reciben personas con mérito, pero que no son los mejores.  

¿Qué autores españoles disfruta cada vez más?

Muchos compañeros de novela histórica: José Calvo Poyato, José Luis Corral, Sebastián Roa… Son autores que aprecio, que disfruto enormemente y de los que aprendo.

¿Algún libro en su mesita de noche?

Tenía hace poco una antología de poemas de Vicente Aleixandre y otra de Lorca. Releerlos me aporta placer. También tengo otros libros de documentación que si le digo sabría de qué estoy escribiendo ahora y mi agente me tiene prohibido dar pistas.

Entonces queda claro que no está escribiendo versos y que la poesía es su dormidina.

La poesía es una forma agradable de irse a la cama, pero no la única.

¿Cómo es el lugar en el que escribe?

Normalmente viajo bastante y he escrito mucho en estaciones de tren, en vagones y en aviones. Hay novelas, como Yo, Julia, que empecé en un hotel de Bogotá. Pero mi sitio ideal es esta casa que tengo en la montaña, entre Valencia y Teruel. Aquí tengo una sala de unos 40 metros cuadrados -salón, comedor, cocina, todo junto- con una biblioteca de 8 metros por 4,5 de alta y con su escalera, donde tengo mis libros de documentación y la literatura que me sirve para las clases. Me siento en una mesa que hace esquina a la que dan luz dos ventanas: una a la derecha y otra en frente que me permite levantar la vista y contemplar los pinos que están alrededor de la casa y otear de horizonte. Me relaja ver espacio verde cuando escribo. Al lado tengo una chimenea que ya pongo algunas noches, porque refresca. Es un sitio idílico para escribir.

Usted fue poeta antes que novelista.

Hice mis pinitos… Pero fue inteligente por mi parte enfocarme hacia la narración de ficción.

¿Le persiguen los versos, o los aparcó en la adolescencia?

Es algo relativamente típico que adolescentes con mucho gusto por la lectura acaben escribiendo poesía. Para mi fue un cierto modo de investigación en técnica literaria, porque me empeñaba en escribir sonetos, endecasílabos, con sus rimas consonantes, y eso es una exploración muy compleja. Encontrar la palabra exacta lleva su tiempo, por eso siempre he respetado muchísimo la poesía. El que ha escrito poesía ha aprendido a adjetivar mejor. Lo noto en mis clases de Literatura creativa.

“Encontrar la palabra exacta lleva su tiempo, por eso siempre he respetado muchísimo la poesía. El que ha escrito poesía ha aprendido a adjetivar mejor. Lo noto en mis clases de Literatura creativa”

Descríbame la presión de un vendedor masivo de novelas.

La presión existe, y tiene que ver con el miedo a que la siguiente novela no conecte igual con los lectores, a decepcionar, a defraudar, porque has creado una cierta expectativa. Llevo ocho novelas históricas, una detrás de la otra, que, en general, gustan de manera similar. Ahora estoy con otra, y no le niego que me posee un relativo temor sobre si estará a la altura. De momento me ha salido bien. Es un temor bueno, porque indica que no bajas la guardia y te lo sigues tomando muy en serio. Intento transformar el temor en tensión positiva, para no relajarme. A pesar de la experiencia, trato de no rebajar los tiempos de escritura. Igual que un vino de reserva necesita años de barrica, las buenas novelas deben estar en la barrica equis tiempo.

¿La editorial ha bajado el pie del acelerador de calidad una vez que ha visto que triunfa, o le sigue ayudando a escribir mejor?

La editorial ha cogido más confianza en mis intuiciones. Ahora me sugieren, pero no con un alto nivel de demanda, porque saben que mantengo, de momento, el nivel de conexión con los lectores. De todas formas, mis dos editoras -Lucía Luengo y, actualmente, Puri Plaza- son tremendamente profesionales. Cuando me hacen una sugerencia narrativa llevan razón siempre, porque mejoran el texto.

¿La literatura española contemporánea está al nivel de nuestra historia?

Sí. Hay un número notable de escritores y escritoras en España que hacen obras muy relevantes en distintos géneros: en novela intimista, psicológica, negra, histórica, juvenil… Tenemos una pléyade de autoras y autores importantes. Estamos bien surtidos.

¿Le interesa algo el periodismo?

¡Por supuesto! Me interesa en la medida en que transmite y conecta la realidad con los que viven esa realidad. A veces la informa y a veces la interpreta. Hay una intercesión apasionante entre el periodismo y la literatura.

¿Hay columnistas o periodistas que le hagan mejor escritor?

No sé si complementan mi estilo, pero sí que disfruto leyéndolos, por motivos diferentes. Me gusta leer las columnas de Juan José Millás, porque considero que su nivel de ingenio es apasionante. Logra partir de lo aparentemente anecdótico para aterrizar en disquisiciones filosóficas o morales con acierto. Disfruto también con Arturo Pérez Reverte. Le leo con envidia, porque dice siempre lo que piensa. Y también admiro la sobriedad de José Calvo Poyato en sus columnas impresionantes. Luego puedo compartir o no completamente sus tesis, pero admiro la técnica literaria o periodística que bordan en la redacción.

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Si hubiera que convertir en falla la paja del entorno que rodea a un escritor, ¿qué metería?

Metería en una falla todos esos libros que supuestamente escriben los políticos. El contexto de alfombras rojas o entregas de premios son fruto del mundo de la imagen que vivimos. Conseguir un hueco en las redes sociales o salir en los medios de comunicación es muy complicado y la cultura debe buscar estos espacios para encontrar la justa visibilidad. Si los eventos provocan que se hable de cultura, me parecen interesantes. Reconozco que el señor Lara fue un genio inventándose lo del Premio Planeta, porque conseguir que un día al año todos los medios de comunicación estén pendientes del libro que gana es un acontecimiento que no se conseguiría de ninguna otra manera o, al menos, no sé a qué precio.

¿Y no metería en su falla todos los libros de los influencers de ocasión?

Bueno, hay propuestas claramente prescindibles, por decirlo respetuosamente, pero otras me han parecido ingeniosas.

 ¿Quién sería usted en la antigua Roma?

Me gustaría ser Plauto, a quien cogí mucho cariño en la trilogía de Escipión. Era un autor que intentó publicar, pero nadie le hacía caso y lo pasa muy mal. Hay una cierta conexión. Yo ahora puedo tener un cierto nivel de popularidad, pero me costó mucho. Me dijeron que no todas las editoriales de este país, una detrás de otra. De las últimas novelas, Galeno es un personaje que me apasiona, por esa mezcla entre su carácter, su amor al conocimiento, su afán por aprender, de respetar a quien se merecía el respeto… Aunque Galeno tiene un punto que no me atrae: todas las fuentes dicen que era un soberbio, y yo intento no desarrollar ese pecado.

Con humildad: ¿Qué arco del triunfo le queda por atravesar?

Aun no he conseguido que me traduzcan al inglés. Estoy en polaco, checo, árabe, búlgaro, turco, danés, italiano, portugués, francés y alemán, pero soy profesor de Literatura inglesa y norteamericana, y me haría ilusión ver alguna de mis novelas publicadas en inglés, y que funcionara bien.

¿Alguna vez ha pensado su epitafio?

A veces… Pero no tengo nada decidido. De momento me parece magnífico el de Groucho Marx: “Disculpen que no me levante”. Es insuperable. Incluso muerto te sigues riendo de todo. Cuando voy a Roma a veces me escapo a sitios que no tienen que ver con la antigua Roma, como el cementerio de los ingleses, donde está la tumba de Keats, cuyo epitafio dice: “Aquí está alguien cuyo nombre estuvo escrito en el agua”. Me parece precioso. De todas formas, tampoco es un tema que me apasione…

Que le queda media vida.

Eso intento pensar.

REBOBINANDO

Santiago Posteguillo es un académico práctico. Un alumno aventajado de la cultura clásica. Un hombre con la Roma más grande de la historia incrustada en la cabeza. Un divulgador de lo que sucedió hace más de veinte siglos con el don de escritura suficiente para hablar al vulgo en sabio. Pero, además, es un provocador, un audaz, un valiente soldado de las letras. Un académico capaz de rebuscar en el baúl de los recuerdos a las personas que no salieron en la tele y, sin embargo, se merecían un best seller.

Posteguillo es una paella de pasión por la literatura y la Historia, y en el fondo, por las grandes personas y por la vida. Con el toque justo de Indiana Jones para encontrar el arca de la verdad en libros sepultados por los tópicos, las inercias, las corrientes, y el polvo de los siglos.

Rigor, letras bien puestas y un ligero toque de pimienta para conectar dos sociedades y presentarnos las estatuas con carne, carácter y miradas al infinito. Con la capacidad de resucitar a la emperatriz Julia y casi ponerla en la portada del personaje recuperado del año en The Times. Aporta, enseña, revela, atrae, entretiene y cultiva. Marida el éxito literario con el triunfo comercial sin subirse a ninguna parra ecuestre, sin ir por la Hispania de 2020 con miedo a darse en la frente con los arcos del triunfo.

Vive rodeado de documentación, porque vive en las antípodas de las estanterías de tipos como Dan Brown. Se alimenta en las bibliotecas del mundo y viaja al lugar de los hechos, aunque no quede piedra sobre piedra. Así se confeccionan sus libros largos con retrogusto de gran reserva. Y no todo fue orégano sobre sus colinas, porque también hubo editores con portazo que amenazaron entonces el punto y final.

Trabajo. Pasión. Acierto. Ya lleva ocho novelas históricas y anda en el mecano de la siguiente. Y todo, echando media vida entre Escipión, Trajano, Severo, Julia y Plauto sin quedarse atrapado en un bajorrelieve de la época. Sus trilogías y su bilogía, en realidad, son una manera de decirnos que cualquier tiempo pasado fue lección.

Posteguillo es Humanidades y es Universidad. Ciencia y conciencia. Cervantes y Shakespeare. Y julia retó a los dioses, y con su espíritu.  Llamando a Planeta-letras. Desde el más allá que estuvo acá, un narrador más poderoso que la ficción.

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