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RAMÓN GARCÍA lleva más de treinta años entre las ondas y las pantallas, y su experiencia es aval de credibilidad. El hombre de la capa, del ‘¿Qué apostamos?’ y del ‘Grand Prix’ es la última primera página de la televisión familiar española.

Ramón García: “Lo importante no es lo que pasa en la tele, sino lo que ocurre en la vida”

Ramón García lleva cinco años entreteniendo las tardes en Castilla-La Mancha Televisión.
photo_camera Ramón García lleva cinco años entreteniendo las tardes en Castilla-La Mancha Televisión.

Empezó como disc-jockey, y sobraron dos temporadas en ETB para que se lo rifaran en las televisiones nacionales. Hace más de treinta años salió al ruedo global con La ruleta de la fortuna. Mientras hacía ¿Qué apostamos? y Grand Prix, la España de la EGB y los primeros de la ESO maduraban con su destreza en la pantalla. Ha sido el rey del prime time y de las campanadas. El hombre de la capa de cuando la elegancia no estaba a por uvas. La pareja televisiva ideal de Ana Obregón, Anne Igartiburu, Valeria Mazza, Paloma Lago o Carmen Sevilla. Un señor. Orgulloso con su oficio de presentador de servicio público. ¿Sus ídolos ante las cámaras? Kiko Ledgard, Joaquín Prat, Jordi Estalleda, María Teresa Campos, Constantino Romero, Javier Sardá… Acaba de cumplir 1.200 programas En compañía en Castilla-La Mancha Televisión animando la faena en la España mayor y sola, como un quijote ducho en el arte de ser un entretenedor con fuste.

Apetece charlar asomados desde el reloj de la Puerta del Sol. O tomarse unos chatos en barra vasca. O hacer tertulia de recuerdos catódicos en mesa camilla. O echar un Trivial para caer siempre en rosa y que nos pregunten cosas de la tele. Pero el plató real es una pandemia. Así que hablamos por teléfono como si estuviéramos disfrutando un café, y yo tengo la impresión de que a este buen hombre le conozco más de la cuenta, de haberle abierto las puertas de casa como se hace en los pueblos: confiando por si quiere abrirme la nevera.

Son las 09.30 de la mañana de un viernes. Como cada día a estas horas, vendrá de llevar a sus hijas al colegio junto a su mujer, “un placer que he intentado aprovechar siempre”. Y cuando cuelgue esta conversación tomará su coche en dirección a Toledo. Irá pensando ideas en el trayecto. Llegará a Castilla-La Mancha Televisión. Se reunirá con sus colaboradores. Picará algo mientras estudia a sus invitados. Se maquillará. Y sobre las 15.00 andará ya jugando el balón entre las cámaras. Sobre las 15.30-15.45 estará listo para brindarle su sonrisa a los castellanomanchegos y a todos los que quieran seguir disfrutando de sus tablas televisivas.

A las 18.30 gritarán el ¡corten! Se desmaquillará, se sentará con su equipo para otear el programa del lunes. Volverá a la carretera. Llegará a casa sobre las 20.30. Se subirá a una cinta. Sudará la jornada. Se tomará una cervecita. Se pegará una ducha. Disfrutará con su mujer y sus hijas. Leerá. Verá alguna serie. Y apagará la luz, aunque lleve más de tres décadas prodigiosas con el piloto rojo encendido.

El vídeo del día

‘Y llovieron pájaros’, ‘The owners’ y ‘Women’ llegan a los cines

Ramón García es un presentador que ni necesita nombre artístico, ni requiere presentación. Oído a oído, con el wifi abierto al mundo, zascandileamos por los camerinos de su memoria. Creo que es la primera entrevista de esta serie en la que me sale natural preguntar de tú.

¿Cómo estás?

Muy bien. La familia bien, trabajando como se puede, y tirando para adelante. Un poquito harto de la pandemia, pero bueno.

Tengo la sensación de conocerte de toda la vida.

Llevo toda la vida metido en tu casa. Has crecido conmigo…

Hace más de treinta años -1990- debutaste en una televisión nacional con La ruleta de la fortuna. Pocas personas viven más de tres décadas delante de las cámaras.

El tiempo

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Si echamos la vista atrás y contemplamos el presente, no encontraremos muchos compañeros de aquella época. Hemos sobrevivido pocos. Dar la cara delante de la televisión todos los días es duro. Al rebobinar tantos años, pienso que algo bueno habré hecho. A nivel nacional empecé en 1990, en la primera Antena 3, cuando arrancaron las televisiones privadas en España, pero yo llevaba dos años en ETB. Son muchos años, y estoy contento, también porque han pasado muy rápido.

Supongo que la vida detrás de la televisión es una montaña rusa de éxitos y de caídas.

Claro, como la vida misma.

 ¿Tratan bien las televisiones a las personas que laten dentro de un presentador?

No. En España se valora poco la experiencia en este oficio. El background no se considera un rédito de futuro. En Estados Unidos, el país de la televisión por excelencia, las presentadoras y presentadores veteranos son venerados. Se retiran cuando quieren, porque son los mejores. Allí se valora la credibilidad y la eficacia en la comunicación que se gana con los años. Aquí, vamos en la dirección contraria. Somos un poco cenutrios. En España siempre llega un directivo nuevo que hace reset para imponer lo suyo, y lo primero es quitarse de en medio a la gente de toda la vida, y eso es un error grave demostrado con los años. Lo ideal es el equilibrio que viví cuando entré en TVE en 1991: combinar la experiencia con los talentos emergentes. Cuando aterricé en la televisión pública los recién llegados convivíamos perfectamente con Joaquín Prat, María Teresa Campos, Constantino Romero... Contar con el aval de los veteranos y preparar el relevo con una cantera joven es un acierto para los espectadores, y también para las cadenas. Tirar todo para quedarse solo con lo nuevo nunca funciona.

“En la televisión, lo ideal es el equilibrio entre la experiencia de los veteranos y los talentos emergentes. Dar la espalda a la sabiduría es cruel y es un error”

¿Hay miedo entre los directivos de televisión a mostrar canas en antena?

¿Quién da la credibilidad: una persona nueva y desconocida que te cuenta las noticias, o Ana Blanco, que lleva treinta años haciendo telediarios? Yo apuesto por ese equilibrio que cuente siempre con talentos nuevos, pero sin que me quiten a Matías Prats. Teniendo la suerte de contar con Ana Blanco o Matías Prats, ¡sáquenle partido! ¡Denle juego en las emisiones importantes! Ana y Matías siguen, y eso demuestra que la información cada vez entiende mejor la necesidad de contar con personas experimentadas en el oficio. En entretenimiento, que es lo mío, a los veteranos se les jubila demasiado pronto. ¿Por qué? España está llena de directivos de televisión que quieren dejar su huella, aunque para eso pisen lo que funciona. Normalmente entienden que lo antiguo es “caspa”, un atributo que odio, porque expresa ignorancia. En realidad, esto que pasa con mujeres y hombres en la televisión de manera especial, es una práctica común con los veteranos experimentados en cualquier oficio. No sé muy bien por qué damos la espalda a la sabiduría de quienes nos preceden con una superficialidad clamorosa. Es cruel y es un error.

El éxito televisivo siempre ha sido el sumum, hasta que llegaron las redes sociales. Tuviste audiencias de más de ocho millones. Hay más de 55.000.000 de búsquedas en Google a tu nombre. No debe ser fácil torear esos cuernos, pero parece que conseguiste transitar discretamente ese mundo, hasta hoy.

Durante muchos años el esmoquin ha sido mi mono de trabajo, pero después no visto así el resto del día... Ser presentador es un oficio más, con su grado de dificultad, aunque ahora se banaliza porque cualquiera se pone delante de una cámara sin ninguna preparación. Incluso hay quien se hace llamar periodista, y eso es un grandísimo fraude al espectador. He trabajo y sigo trabajando mucho, a pesar de los años y de la experiencia, porque maquillarse y ponerse guapo es lo último. Este oficio es saber de realización, de iluminación, ayudar a los compañeros que están detrás de las cámaras para que todo salga bien, saber de sonido, de música, de escenografía…

“Ahora se banaliza este oficio, porque cualquiera se pone delante de una cámara sin preparación. Incluso hay quien se llama periodista, y eso es un grandísimo fraude al espectador”

Ramón3

¿Cómo está siendo esta etapa en Castilla La Mancha Televisión?

Muy buena. Esta semana hemos hecho 1.200 programas de tres horas cada día. Nunca me ha gustado aburguesarme en mi trabajo y En compañía es un reto permanente. Me lo propuso mi amigo Juan y Medio diciéndome era un programa basado en la confianza y tenía que presentarlo yo. ¡Pero yo no era Juan y Medio! ¡Lo que él hace es muy difícil! Me lo pensé, porque nunca lo había hecho, y me lancé. Vamos para cinco años.

El reto es que un tipo de Bilbao, hecho en Madrid, conecte con Toledo…

La confianza es un idioma universal… Tanto los invitados como la audiencia me ven como alguien conocido y cercano, y eso me abre las puertas a sus confidencias. Me siento terriblemente querido en esta tierra por personas desconocidas que sienten que, después de estar en sus casas tantos años, de alguna manera formo parte de sus vidas. Estoy disfrutando esta experiencia, porque antes todo era tan rápido que era imposible pararse y paladear.

¿Qué percibes en el ambiente del público de En compañía en estos meses largos de pandemia?

La soledad ya era una pandemia antes del COVID-19, y en estos meses noto que se ha agudizado. Las personas que estaban solas antes, al menos, tenían la posibilidad de salir, entrar, moverse, viajar con el IMSERSO y socializar, pero, con la pandemia, todas esas ventanas han desaparecido, complicando la precaria situación en la que se encuentra tanta gente. Yo nunca había vivido de cerca esta soledad obligada por la vida, y desde marzo del año pasado la veo casi por todas partes.

¿La televisión y la radio siguen teniendo ese poder de generar compañía, a pesar de las plataformas?

La radio y televisión acompañan todos los días a miles de personas de todo el mundo. La televisión es un electrodoméstico y lo importante es su contenido, venga de donde venga. Durante años hubo dos canales y no teníamos mando a distancia. Ese mismo aparato ha evolucionado tanto que hoy nos ofrece la programación de todas las televisiones, las plataformas… La radio -más información-, y la televisión, que siempre es entretenimiento, siguen ofreciendo su compañía a quien se pone a tiro.

“Nunca había vivido de cerca esta soledad obligada por la vida, y desde marzo del año pasado la veo casi por todas partes”

 28 años ya de ¿Qué apostamos?

¡Tanto! parece que fue ayer cuando estábamos en Prado del Rey…

¿Aquellos tiempos de la televisión familiar han terminado?

Son tiempos cíclicos. Lo que ha cambiado no es la televisión, sino el modo de disfrutarla. Los dispositivos móviles han hecho que se deslocalicen las pantallas también dentro de las casas. Ahora somos más individualistas en el consumo televisivo, por eso es muy difícil encontrar un producto que una a toda la familia, por no decir que es una tarea imposible. Seguramente eso hace que ya no existan programas como ¿Qué apostamos? o Grand Prix. El último programa que he visto junto a mi mujer y mis hijas fue Me resbala, en Antena 3 Televisión.

¿Sería revolucionario un F5 al Un, dos, tres… con Ramón García a los mandos?

La vuelta del Un, dos, tres… se probó en 2004 y fue un fracaso. La expectación era brutal, porque durante diez años se pedía su regreso a la parrilla. Chicho Ibáñez Serrador hizo su Un, dos, tres… de toda la vida y consiguió una burrada de audiencia en el primer programa, pero… No he visto una debacle más sonora en la historia de nuestra televisión. El programa acabó con menos de un 10% de audiencia 19 emisiones después. ¿Por qué? La gente se sentó a verlo y quizás se dio cuenta de que había pasado su momento… Por eso tengo mis dudas sobre la vuelta de Grand Prix. A veces pienso que es mejor que se quede bien asentado en la memoria de quienes lo disfrutamos.

Grand Prix se convirtió en una especie de terapia nacional. Y no es mal momento este para terapias nacionales, con sus actualizaciones de formato, claro.

Estoy convencido que, con sus retoques, tendría su gancho, porque España sigue siendo un país rural y la gente del pueblo se sigue divirtiendo como hace años. El formato de pueblo contra pueblo seguiría funcionando. La rivalidad entre dos localidades pequeñas siempre tendrá su tirón, como vemos en cualquier deporte. Lógicamente, hay que actualizar el formato e integrar, por ejemplo, las redes sociales. El planteamiento de dos equipos retados a pruebas divertidas es el entretenimiento por excelencia. Lo veo en cualquier cadena.

Grabando un programa de ¿Qué apostamos? supiste que habías perdido un hijo. ¿Se olvidan esos momentos, aunque nunca hayas visto su rostro?

No. Nunca. Aquel programa se hacía en directo y lo ensayábamos todas las semanas. Me acuerdo perfectamente. Era miércoles. Habíamos perdido el hijo que mi mujer llevaba dentro. Seguí trabajando, porque al día siguiente grabábamos el programa, pero aceleramos para irme lo antes posible a casa a estar con mi mujer.

Y al día siguiente, entretenimiento en directo…

Sí. Es una lección que aprendí de mi padre. Mi familia tenía negocios de hostelería, salas de fiesta, discotecas… Siempre me acordaré de mi padre el día que murió mi hermana pequeña. Yo tendría 15-16 años y le pregunté: “¿Vamos a abrir este fin de semana?”  Me dijo: “Hijo, nuestros clientes no tienen la culpa de que nosotros hayamos perdido a Eva. Tenemos que abrir el negocio como si no hubiese pasado nada”. Aquel sábado, recuerdo, veía a mi padre roto por dentro de dolor en la puerta del negocio dando la bienvenida a todos los clientes. He perdido un hijo, a mi padre hace un año y poco, a otros seres queridos, y he seguido haciendo mi trabajo, porque es mi obligación. Es duro, porque en este oficio das la cara, especialmente si haces entretenimiento, pero es lo que hay.

“He perdido un hijo, a mi padre, a otros seres queridos, y he seguido haciendo mi trabajo, porque es mi obligación. Es duro, porque en este oficio das la cara, pero es lo que hay”

Dieciséis campanadas en dieciséis nocheviejas inconexas. Eso significa que has estado muy dentro de muchas casas de este país durante mucho tiempo.

Sí. Es lo que más recuerda la gente, y todavía hay personas que me dicen: “¡Te he visto en las campanadas!”, aunque las últimas que di fueron en 2017… La cuestión es que las he dado durante tres décadas, desde 1995. El hombre de la capa en los altos de Sol ha pasado por los hogares de muchas familias en días así de señalados. Para mí siempre han sido retransmisiones especialmente queridas, aunque sean muy difíciles de hacer, y estoy muy orgulloso del recuerdo de los espectadores.

¿Cómo se consigue llegar a un público tan diferente en esta España supuestamente cainita?

Tendrías que ir preguntándole a los espectadores, porque a mí también me sorprende. He hecho programas muy familiares y creo que soy el presentador del abuelo y del niño, como decía la canción de Grand Prix. He tenido la suerte de aglutinar a varias generaciones, y ese es uno de los secretos por los que sigo en antena. El espectador de ahora era el niño de ayer, que ve al Ramontxu de entonces con canas y a punto de cumplir en noviembre los 60, y me conoce.

La televisión es un mundo difícil de prever. Saber qué va a triunfar y qué va a ser un fracaso es un reto complicado. Cada vez más.

Casi el 90% de lo que se estrena en televisión, fracasa… Es un dato estremecedor, pero es real. Que algo salga bien es un milagro…

“Casi el 90% de lo que se estrena en televisión, fracasa… Es un dato estremecedor, pero es real. Que algo salga bien es un milagro…”

 

¿Treinta años en antena es una manera de decir que, en televisión, lo estridente tiene su pico, pero la naturalidad es lo que triunfa?

Jesús Puente me decía: “Para un actor es difícil hacer el papel de presentador”. Él, para llevar las riendas de Lo que necesitas es amor se hizo un personaje de presentador, pero, decía, no era presentador. En los últimos cuarenta años he conocido a toda la profesión y he visto de todo: buenas presentadoras y buenos presentadores, gente impostada, personas que le daban más importancia al vestido que a su oficio, gente a la que no le gustaba lo que hacía y permanecían solo por la fama o el dinero… ¡Qué pena! Al final, los que amamos esta profesión somos los que perduramos.

¿Qué presentadores de la historia de la televisión española están en su podio?

En mi memoria televisiva destacan Kiko Ledgard al frente del primer Un, dos, tres… que hizo Chicho Ibáñez Serrador. Su forma de presentar era muy personal y muy buena. Mi querido Joaquín Prat fue un grande de la televisión, y no estoy descubriendo nada. Y he tenido la suerte de coincidir con profesionales como Constantino Romero, Jordi Estadella, María Teresa Campos, Javier Sardá

Un directivo de televisión te ofrece hacer pareja con algún talento joven para llevar juntos un programa de entretenimiento en prime time. ¿A quién eliges?

No tendría ningún problema para conciliar casi con cualquiera. A lo largo de mi trayectoria he trabajado con muchísimas personas diferentes. He estado con Ana Obregón, con Valeria Mazza, he hecho campanadas con Paloma Lago, con Nuria Roca, con Carmen Sevilla, con Anne Igartiburu, con Rafaela Carrá, con Carmen Maura… Durante la Expo de Sevilla hicimos un programa que se llamaba Ahora o nunca que lo presentaba acompañado cada día de una presentadora distinta: María Escario, Arancha del Sol, Anabel Alonso, Aitana Sánchez-Gijón, Pastora Vega… Ahora que lo pienso con calma, trabajar con tanta gente buena ha sido maravilloso. Estoy acostumbrado a convivir profesionalmente con cualquier persona joven y, además, aprendo mucho. Me considero un eterno aprendiz. En Castilla-La Mancha Televisión comparto programa con gente muy joven, y agradezco mucho esa savia nueva cerca. La conjunción de veteranía y juventud, insisto, es un éxito asegurado.

¿Trabajar contigo es fácil?

Creo que sí. Soy exigente y perfeccionista, pero intento crear un ambiente de trabajo en el que se disfrute. Me encanta enseñar mi oficio a quien quiere ser presentador, entre otras cosas porque veo que no hay directores que lo enseñen bien. Comunicar y tener cierta telegenia no lo son todo en este oficio.

“Soy exigente y perfeccionista, pero intento crear un ambiente de trabajo en el que se disfrute. Me encanta enseñar mi oficio. Comunicar y tener cierta telegenia no lo son todo en esta profesión”

 

Con Ana Obregón has compartido muchas horas de televisión y mantenéis una poderosa amistad. Ha sido muy ejemplar ante la sociedad con la triste muerte de su hijo.

Sí, ha sido todo muy duro y lo sigue siendo. Las campanadas del pasado fin de año fueron una especie de oasis emocional, pero el desierto sigue rodeándola. Cada uno lleva el luto como puede y como quiere. La muerte de un hijo es una espina perenne. Ella luchará, porque es una gran luchadora, pero salir de ahí es muy complicado. Ojalá consiga equilibrar el dolor con el día a día. En eso está.

Diste las campanadas con Rafaela Carrá, Carmen Sevilla, Carmen Maura… ¿Nunca te tentó el cine?

No. Mi mundo es otro. Cuando hacía ¿Qué apostamos? y estábamos en esa ola en la que todo funciona muy bien y quieren que lo hagas todo, escribieron para mi una serie que se llamaba Un tío de Bilbao: la historia del típico solterón, muy ligón, rodeado de sobrinos, que daba juego para una comedia familiar. Estoy seguro de que hubiese sido un bombazo, pero no la hice, porque no me daba la vida, y, además, yo tengo mucho respeto por el trabajo de los actores. He hecho algún cameo que me han pedido algunos amigos -un capítulo de Aída, estuve con Álex de la Iglesia en Plutón BRB Nero-, pero nada más. Lo que me va es la tensión del directo.

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En aquel momento de plena conciencia de estar en la cresta de la ola, ¿pudiste haberte convertido, con perdón, en un capullo?

No. Nunca. Mi educación y mi manera de ser no me lo habrían permitido. Es cierto que hubo un momento de desborde, pero aquello lo sufrían más las personas de mi entorno. Mis padres me educaron para que tuviera los pies muy en la tierra. Todavía me pasa una cosa muy curiosa: entro en un restaurante en el que cada cual está a su bola, me siento, y a los quince o veinte minutos en todas las mesas están hablando de televisión.

2 TP de Oro. Antena de Oro. Micrófono de Oro. Mejor presentador de programas de la Academia de Radio. Mejor presentador autonómico para la Academia de Televisión. Antena de Plata. Premio Nacional de Radio. Tela.

¿Todo eso me han dado? Joe… No soy consciente de los premios. Los recibo con mucha alegría, pero me dan mucho apuro. Siento pudor.

¿Tienes tu punto tímido?

Más que tímido, soy una persona reservada para mis cosas. Me gusta que mi intimidad familiar sea respetada, y lo he conseguido con el paso de los años. 

¿Más En compañía y menos Sálvame?

La televisión es un electrodoméstico muy democrático, y si no te gusta algo, pones otra cosa. Nadie nos obliga a ver nada. ¿Qué es la telebasura? Lógicamente cada uno tiene sus gustos, pero no se puede despreciar un programa que tiene millones de espectadores todos los días. Es más, eso es un gran éxito. Defiendo mucho todo lo que se pone en televisión y a todas las personas que se ponen delante de una cámara. Aunque me gusten más unos contenidos que otros, o los formatos me vayan más, o menos, lo importante es que en una parrilla de televisión haya de todo. El equilibrio es la vida. Hoy, cada espectador se configura su propia parrilla. Que te gustan los informativos, pues dale. Que te gustan más los chascarrillos de la crónica social, pues ya sabes. Que te gusta ver un programa solidario, muy centrado en ayudar a la gente, que además te enseña cómo es la vida de este país, pues te pones el mío. La televisión es un trabajo precioso que a mí me ha dado la vida, pero a veces le damos demasiada importancia a lo que sucede en la tele, cuando lo importante es lo que pasa en la vida.

“La televisión es un electrodoméstico muy democrático. Lo importante es que haya equilibrio en la programación, porque después cada espectador se hace su propia parrilla”

Eres uno de los fundadores de la Academia de las Ciencias y las Artes de la TV. ¿Estás satisfecho con su funcionamiento?

No. La idea era hacer un lobby potente que tuviese su influencia en la vida social y política, de tal manera que fuese una marca avalada por los profesionales que ejercemos en el mundo de la televisión. Pero pasó lo que nunca debería haber pasado: que la propia competencia entre las cadenas distorsionó su buena evolución, y ese problema no se ha solucionado todavía. Ojalá algún día llegue alguien que aglutine a todos los profesionales del ámbito televisivo, independientemente de que sea de Mediaset, de Atresmedia o de Televisión Española. Esa es la asignatura pendiente de la Academia, de la que yo soy defensor, aunque admita sus deficiencias.  

¿Cómo es la TVE de tus fantasías?

Me encantaría que fuese una televisión libre de política, aunque parezca una utopía. La regeneración de la televisión pública pasa por crear un proyecto, y tengo la impresión de que nadie ha pensado cómo queremos que sea. Desde luego, ni la izquierda, ni la derecha han puesto ese cascabel a ese gato. Nadie defiende de verdad a los trabajadores de esa casa, que son excepcionales. Es evidente que las televisiones públicas serían mejores sin injerencias políticas.

“Ojalá algún día llegue alguien que aglutine a todos los profesionales del ámbito televisivo de cara a la sociedad y a los políticos, ya sea de Mediaset, de Atresmedia o de Televisión Española”

 

Además de la sonrisa bonachona, tu proyección pública tiene un elemento diferenciador que a mí me llama la atención: la alianza. Se ve. Brilla. Llevas casi una boda de plata con tu mujer, y eso es llamativo en el mundo en que navegas.

Tristemente no es habitual, pero el mérito es de Patricia… Ella es periodista y nos conocimos en este oficio, concretamente en el emblemático Estudio 1 de Prado del Rey, y aquello, quizás, nos ha marcado. Hemos formado una familia estupenda y desde el principio nuestro proyecto era envejecer juntos. Vamos para veinticinco años de la mano y estamos muy contentos. Ojalá sigamos toda la vida.

¿Alguna propuesta para que el “para toda la vida” no suene a utopía?

Mantener el respeto mutuo, sin que las cosas buenas, malas o regulares que sucedan empañen esa forma de admirarse. Cuando se pierde el respeto, se rompen las parejas y el “para toda la vida” se convierte en un imposible.

En la Navidad de 2020 hiciste algo pionero en la televisión: rezar un padrenuestro en directo desde el plató de un magazine.  

Sí, aquello tuvo mucha trascendencia, no sé muy bien por qué. Vino al programa un grupo de música y uno de sus componentes era un cura. Me pareció curioso. Mientras los escuchaba en directo, se me ocurrió pedirle unas bendiciones y unos rezos por la audiencia y para que saliera bien el programa. Y se lanzó.

Al ver aquel corte, da la impresión de que para ti rezar es un tema importante.

Yo soy católico, aunque no practico. Soy creyente, pero no un meapilas, más bien todo lo contrario. Aquello me pareció diferente y aproveché el momento. Si el grupo hubiese estado formado por un rabino o por un imán, les habría pedido lo mismo. De todas formas, España sigue siendo un país mayoritariamente católico y así salieron las cosas. Suelo aprovechar lo que tengo en un programa para sacarle el máximo partido.

Cuentan las crónicas que ‘descubriste’ a Pedro Sánchez, que fue contertulio contigo en Punto Radio cuando era un político joven. Que tenía “don de gentes”, que “era divertido”, y que “se explicaba genial”.

Aquella etapa en las tardes de la radio entre 2006 y 2009 fue maravillosa. Mi idea era tener una sección para charlar con políticos que no fueran los de siempre. Quería políticos jóvenes de todos los partidos y nos salió una mezcla buenísima. Estaba Pedro Sánchez, que entonces era concejal del Ayuntamiento de Madrid, y a su lado Soraya Sáenz de Santamaría, cuando todavía no era nadie, que venía con su mano derecha: José Luis Ayllón, después Secretario de Estado de Relaciones con las Cortes. Estaban Eduardo Madina, Óscar López, José María Lasalle… En aquella tertulia se palpaba un equilibrio perfecto. La verdad es que no tuve mal ojo… Ojalá la política en el Congreso de los Diputados fuese lo que transpiraba aquel programa. Allí hablaban bien, se llevaban fenomenal, incluso nació algún medio acuerdo entre bastidores de aquellas tertulias radiofónicas. Si la vida política en este país fuese de otra manera, todos avanzaríamos más y mejor.

“Ojalá la política fuese lo que transpiraba mi programa en Punto Radio. Allí los jóvenes políticos de entonces -Pedro Sánchez, Soraya Sáenz de Santamaría…- incluso sacaron algún medio acuerdo entre bastidores”

 

¿Ha intentado que el presidente del Gobierno esté alguna vez en su programa? Pocas tribunas más interesantes para dirigirse a las personas mayores.

Después de aquella experiencia radiofónica se perdió la relación. Los presidentes del Gobierno ya no están tan al alcance.

Tras cinco años en Castilla-La Mancha Televisión parece que te queda mucha tele por hacer, aunque tú mismo has comentado que quieres colgar las botas desde la radio.

Me gustaría acabar en la radio y terminar como empecé. Ahora estoy feliz en la tele. Hablamos de En compañía, pero antes de la pandemia estaba haciendo también prime time con Gente maravillosa y Un año de tu vida. Mientras tenga ganas, fuerzas, siga sabiendo estar frente a una cámara y haya buen feed back de los espectadores, yo encantado. Conozco bien el oficio y el negocio, y sabré detectar el día en el que ya no deba estar. Pienso que una de los grandes éxitos de esta profesión es retirarse a tiempo. He visto muchos compañeros de radio y televisión que no han sabido, y resulta tristemente patético. Me gustaría estar aquí todo lo que pueda, con dignidad, y espero ser el primero en quitarme de en medio cuando llegue el momento. Por ahora seguiré dando guerra.

Dices: “Llegué a este oficio sin hacer ruido y espero marcharme igual”.

Eso espero.

La gente discreta con proyección pública es muy atractiva…

Yo me considero discreto. El brillo público que da la televisión no me acompaña las 24 horas de los 365 días del año. Ese brillo dura lo que dura el horario de trabajo y después eres un ciudadano normal, con tu familia, con tu vida, con tus cosas…

¿Qué apostamos a que Ramón García saldrá, cuando sea, por la puerta grande del oficio?

Alguna vez ya he salido, y algún almohadillazo me han dado también en la oreja, pero bueno… Mi carrera ya está hecha. Ahora todo lo que hago son regalos que disfruto y valoro como nunca. Voy feliz a Toledo todos los días, y vuelvo cansado, pero muy contento. Me gustaría terminar cuando toque con una sonrisa y diciendo a los españoles: “Miren, les he dado a ustedes todo. He hecho mi trabajo lo mejor que he podido. He intentado estar bien en todos los programas de radio y televisión que me han encomendado. He disfrutado con ustedes. Aquí se despide un entretenedor que ha intentado que sus vidas fueran más llevaderas. Si se han reído un ratito y se han evadido de sus problemas gracias a este presentador, yo me sentiré satisfecho y honrado”. Entonces, sonriendo de frente, me daré la vuelta y me iré a mi casa.

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REBOBINANDO

Hay una corriente que despierta -quizás a empujones, y por el coronavirus- que quiere hacernos pensar en voz alta: ¿Todo lo nuevo es bueno por ser nuevo? Es evidente que no. En política está claro. Ahora que venimos de enterrar a ancianos a dos manos por culpa de la pandemia, se nos ha quedado un país en barbecho, expectante, para hacernos preguntas esenciales antes de que nos obliguen a comulgar con las respuestas oficiales.

Una de esas cuestiones retóricas que exige una reflexión personal y social tiene que ser cómo estamos aprovechando la experiencia de las personas que nos han precedido. Y por qué hemos mandado al cuarto oscuro de la caspa perpetua la sabiduría del veterano. Y por qué un influencer imberbe o un youtuber fashion osan a convertirse en los sabios de una tribu en estas sociedades de masas más digitales que humanas.

Ese adelanto de las rebajas empezó en la televisión hace tiempo, porque las pantallas siempre han idolatrado las pieles tersas, las jovencitas-monas y los chicos de revista. Su propuesta, a veces, era darles más importancia a dos buenas piernas que a un discurso. A una actuación, que a un ejemplo vital. Y entonces fue mutando un poco en circo olvidándose de que la audiencia está llena de personas normales.

Decía este verano Borja Terán, gurú de la crítica televisiva, que “Ramón García es uno de los pocos presentadores de nuestro país que sigue contando con el oficio para enriquecer el relato del programa. No sólo comunica bien, lo que siempre se presupone, también entiende las necesidades de un plató de televisión con todo lo que conlleva el trabajo en equipo y la técnica. Así consigue que, por ejemplo, complejos formatos como El Grand Prix o ¿Qué apostamos? fueran algo más que una sucesión de pruebas. Ramontxu saca jugo a los protagonistas de su show con la habilidad de mezclar profesionalidad, sensibilidad y un toque de espontáneo humor y hábil ironía”.

Ramón García ya ha sobrevivido a una tele grafitera que pisa lo que toca cuando pone los audímetros por encima de todo lo demás. Ha superado tres décadas de modas pasajeras. Ha surfeado con éxito la cruzada anti-aging. No se ha convertido en un personaje y su éxito es que sigue haciendo televisión tres horas al día disfrutando de un oficio. Hoy, en Castilla-La Mancha Televisión. ¿Mañana? En el recuerdo de varias generaciones de españoles que agradecen su oficio con este aplauso.

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