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Comprar libros

Hay una creciente resistencia a comprar y conservar libros, lo que dice mucho sobre nuestro estado cultural

"Las bibliotecas representan, y lo sabemos, los abultados confines de nuestra ignorancia"
photo_camera "Las bibliotecas representan, y lo sabemos, los abultados confines de nuestra ignorancia"

Al principio fueron las flores, que desaparecieron de las películas y de las casas. Después las mesas del cuarto de estar porque se apostó por espacios diáfanos, sin obstáculos entre el sofá y la televisión. Luego, un poco más tarde, aparecieron los focos empotrados, la estocada que necesitaban las lámparas, Ahora es el color y las paredes. Todo es blanco y transparente, liso, sin aristas. Sin salientes.

Yo no me di cuenta. Digo al principio. Fue mi mujer -tan observadora, por suerte- quien me lo comentó una tarde. No sé a cuento de qué. “Y piénsalo”, afirmó, “en un piso de esos nuevos, con cocina americana y muros de cristal, ¿dónde meterías todos tus libros?”.

“Las bibliotecas representan -lo sabemos- los abultados confines de nuestra ignorancia”

Y no es que uno tenga una biblioteca kilométrica, ni tan caudalosa como la de Umberto Eco. Eso es imposible. Pero a fuerza de ahorros, de pasión -y sí, también de algún que otro despiste o distracción- uno ha ido llenando anaqueles y alguna que otra silla. O ha colonizado la esquina del pasillo. Total, que al cabo de los años tienes más libros de los que razonablemente puedes amontonar en un piso en Madrid. Más, eso sí, de los que vas a poder leer en lo que te queda de vida.

A mí me pasa un poco como al erudito italiano. Y eso que tengo, como habrán supuesto, menos volúmenes y dinero y no puedo compararme con él, que se irritaba cuando alguien husmeaba en sus estantes infinitos para soltarle, así de sopetón, como si fuera muy ocurrente, si los había leído todos. Vaya pregunta.

Las bibliotecas representan, y lo sabemos, los abultados confines de nuestra ignorancia. Quien atesora libros con ansia enfermiza sabe que hay adquisiciones a las que no puede resistirse que no saldrán de la bolsa y ejemplares destinados a criar malvas en las baldas más recónditas e inaccesibles, una vez que atemperada la impaciencia o la voracidad consumista.

Otros ejemplares, en cambio, los tenemos siempre cerca, como las fotografías o recuerdos de las personas que amamos. De aquellas lecturas que nos han marcado poseemos quizá diferentes versiones o recurrimos al mismo volumen, ya marchito o con la portada deslucida, destripado por el tiempo y las relecturas.

“Que un joven no desee gastarse dinero en un libro o considere que la cultura es gratis dice mucho de sus preferencias”

En este sentido, visitar una biblioteca personal puede ser más elocuente que una confesión o una visita al psicoanalista. En las repisas, en el orden de una balda, en las ausencias o en los huecos que deja un préstamo, un descuido o acaso el hurto de un volumen cuyo título apenas recordamos, se leen nuestras más íntimas afecciones, los trastornos y las pérdidas, los huecos y las ausencias de una vida, mudanzas, nostalgias, cambios de humor, de pareja. En fin: la vida y sus afanes.

Lo de menos en una biblioteca es el tamaño; lo que importa es la contribución de los libros a nuestra identidad porque son granitos de arena que, sumados y en conjunto, nos dicen quiénes somos. Y, sin embargo, cada vez encuentro más reticencia entre los alumnos a comprar libros. Uno lanza un título con el gozo de compartir un descubrimiento en el aula y le contestan con el consabido bofetón: ¿no deambulará una copia al azar por internet? ¿Cuánto cuesta? ¿No puede facilitarnos un ejemplar? Aún peor ¿cuántas páginas tiene? ¿Es muy gordo?

Hay tendencias que son sintomáticas y la regla se cumple en el caso de los libros. Hace poco una publicación americana informaba de que, de media, se editan libros no tan copiosos y colmados como Moby Dick. La razón es sencilla y la culpa no es del escritor vocacional, que escribe sabiéndose condenado al fracaso y a la ignorancia. La culpa la tienen quienes se adaptan al gusto de ese público al que se le hace largo o aburre los 280 caracteres de un tweet.

Que un joven no desee gastarse dinero en un libro o considere que la cultura es gratis dice mucho de sus preferencias. No se imaginen que se resisten quienes por desgracia o golpes de la fortuna no tienen medios para hacerlo. No hace falta que les precise el móvil que gasta un joven en la universidad. Por eso, dudo de que el cacareado bono sirva para contrarrestar esa convicción popular en cuanto a los libros: o gratis o nada.

 

Quizá piensen que para qué queremos estanterías en una casa si ahora podemos llevar la biblioteca de Alejandría en un dispositivo electrónico. Y es verdad. Pero sin flores, sin paredes y sin libros, el mundo es más diáfano, pero también e indudablemente menos bello y romántico.

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