Ideas & Cooltura

Democracia absoluta

Pensar que el poder democrático no tiene límites ni descansa en valores indiscutibles pone en peligro la convivencia política

“La salud democrática exige recordar que sin límites y sin valores el régimen que tanto apreciamos puede convertirse en la peor de las pesadillas”.
photo_camera “La salud democrática exige recordar que sin límites y sin valores el régimen que tanto apreciamos puede convertirse en la peor de las pesadillas”.

No han sido las elecciones americanas, ni siquiera la reñida batalla de Brasil los motivos que me han llevado a reflexionar, así, a grandes rasgos, sobre la historia del poder político, ni a preocuparme por el absolutismo democrático. La verdad es que hay mucha distancia entre la teoría política que uno aprende en los libros y la gestión de los políticos de pacotilla, ansiosos de dos o tres minutos de gloria, pero los filósofos han sido muy claros a la hora de advertirnos de los riesgos del autoritarismo.

Conocemos también por los libros cómo era Versalles y la pompa de los palacios reales. Mucho más cerca tenemos a los cortesanos, a la ralea de quienes aplauden -o, peor aún, se someten sonriendo- a los que mandan algo, sin darse cuenta de que el poder es flor de un día. Quienes bajaban la cerviz cuando se aproximaba la carroza real, con sus terciopelos y su corte de jinetes emplumados, fueron los mismos que activaron, enardecidos por otros patronos, los sangrientos resortes de la guillotina.

“Quienes bajaban la cerviz cuando se aproximaba la carroza real, con sus terciopelos y su corte de jinetes emplumados, fueron los mismos que activaron, enardecidos por otros patronos, los sangrientos resortes de la guillotina”

Hay una línea de continuidad inquietante entre el absolutismo y la democracia. Se ha estudiado hasta la saciedad, por ejemplo, la connivencia entre el poder de la masa y el auge de los totalitarismos. Precisamente la salud democrática exige que recordemos esos vínculos vergonzosos y no pasemos por alto que sin límites y sin valores el régimen que tanto apreciamos puede convertirse en la peor de las pesadillas.

Si se lee con atención el itinerario histórico, se constatará con preocupación que lo que heredan los nuevos regímenes no es el poder: es el poder absoluto. Lean a Rousseau o, mejor aún, a Sieyés, para darse cuenta de que el XIX no es el siglo donde ven la luz los sistemas liberales, sino las democracias absolutas. Soberano es el pueblo. Soberana es aquella autoridad que no reconoce límites: que puede sojuzgarlo todo, lo cual deja sin sentido el consabido cliché de la separación de poderes: ¿de dónde procede el judicial, el legislativo y el ejecutivo, sino del pueblo?

La historia -tan sabia- nos ha demostrado lo perniciosa que es la falta de limitaciones. La realidad es un límite a nuestros deseos, por ejemplo, y eso es lo que, finalmente, nos salva de la locura. Así se puede colegir de la famosa leyenda de Canuto, poderoso rey de Inglaterra, Dinamarca y Noruega, que hizo que trasladaran el trono hasta la mismísima orilla del mar y, según cuentan, ordenó que las aguas se detuvieran. Mojarse fue muy saludable para sus súbditos.

La democracia absoluta es aquella que emula a aquel monarca medieval. El problema es que no se ha mojado todavía los pies y se permite pasar el tiempo fantaseando con su magia y capacidad. Hasta hace poco se decía que el parlamento inglés, que tanta admiración ha suscitado en el mundo, podía todo menos transformar a un hombre en una mujer. No hace falta que les comente lo trasnochada que está la famosa afirmación. 

Quizá sean los esfuerzos que nos ha costado dotarnos de un sistema como el que tenemos lo que nos lleve a confundir los términos. El poder absoluto corrompe ejerza quien lo ejerza. Por eso, una democracia absoluta es un pacto suicida. Así lo afirmó, hace ya muchos años, un juez americano en un caso sobre la libertad de expresión en Estados Unidos. Corría el 1949. Se discutía sobre la Primera Enmienda y el Tribunal Supremo debatía sobre la existencia de límites a la libertad de expresión.

Frente al demócrata radical -absolutista, al fin y al cabo- que no consideraba que existieran barreras en la esfera pública, el juez Jackson comentaba que los discursos fascistas, incendiarios y racistas deberían prohibirse. O sea, que no se puede ser tolerante con el intolerante.

La democracia absoluta solo puede salvarse de la tiranía activando el sentido común de los ciudadanos. Aconsejo a mis alumnos leer sentencias con el fin de que se familiaricen con lo que la tradición llama razonamiento práctico. Pero las falacias posmodernas y el relativismo han debilitado lo que un alumno puede aprender abrevando en la jurisprudencia. Porque aunque, como digo, la democracia y la justicia dependen del ejercicio de un sano sentido común, las tendencias culturales más difundidas están destruyéndolo.

Es fácil pensar que uno acusa de faltar al sentido común a quien disiente de sus opiniones políticas. Y no digo que yo esté a salvo de esa perniciosa costumbre. Pero a lo que me estoy refiriendo es a ese uso de la razón que antecede a la convivencia política y de la que esta depende, a un conjunto de valores, aceptados sin vacilar, que engrasan nuestra vida en común. Por ejemplo, que debemos respetar a los mayores.

La confusión acerca de lo que es admisible y no lo es ha llevado a perder de vista que, sin consensos mínimos e implícitos sobre lo que es bueno y malo, sobre lo que es más deseable en una sociedad o perjudicial, no puede darse una democracia sana, no absoluta.

 

“La confusión acerca de lo que es admisible y no lo es ha llevado a perder de vista que sin consensos mínimos e implícitos sobre lo que es bueno y malo no puede darse una convivencia sana”

Pensemos en el caso de la legalización de la droga o de la prostitución, actividades que, en un escenario relativista, serían igual de respetables que dedicar la tarde a ayudar a los invidentes a cruzar la calle. Es posible que esto último se considere un hobby pésimo y perseguible penalmente: una reprochable actitud de condescendencia hacia quien es diferente. Ya me dirán si no hemos perdido la cabeza.

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