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Doctor, me gusta lo zafio, lo sórdido, lo siniestro

Gran parte de la estética contemporánea oscila entre la zafiedad y el gusto por lo siniestro

Ilustración: Sobrino & Fumero.
photo_camera Ilustración: Sobrino & Fumero.

Dicen que la estética cambió por completo cuando Marcel Duchamp presentó un urinario firmado con pseudónimo para su exhibición en una muestra. Corría el año 1917 y el hecho de que no lo aceptaran dice mucho del gusto de la época. Desde entonces, “arte” se ha convertido en una palabra trivial y vacua, que sirve para referirse a todo aquello que contiene un museo o una galería. Arte son las Meninas o las obras de Edvard Munch, pero también esos muñecos hinchables, como los globos con forma de perro que se venden cualquier tarde de domingo en un parque infantil, de Damien Hirst. Que este sea el artista vivo más cotizado es también elocuente.

Sin presenciar las últimas perfomances y sin necesidad de recorrer con mirada conspicua la exposición más vanguardista, es fácil darse cuenta de la querencia contemporánea por el histrionismo. Hoy se confunde la provocación que cualquier obra de arte ha de promover con la estridencia. Si la tendencia al escándalo hubiera quedado confinada al campo estético, no sería un fenómeno tan preocupante. Pero es fácil reparar en que desborda ese medio y que ese estilo se ha instalado en el mismo centro de nuestro hogar, en las pantallas, y nos llega desde los medios.

Por ejemplo, los dibujos animados son casi irreconocibles y no en última instancia porque Disney se haya conchabado con la corrección política. Ya no hay pastorcillas con mejillas sonrosadas galopando por las praderas de los Alpes, sino una ordinaria esponja, amarilla y chillona, cantando en el fondo del mar. El público que se emocionaba con Heidi no puede ser el mismo que el que se desternilla gracias al humor ácido y cínico de Bob Esponja porque entre uno y otro se abre la sima que separa la inocencia del descreimiento. Es como si a los niños de hoy no les diera tiempo a crecer, ni a perder la ingenuidad, tal vez porque ahora les obligamos a nacer desprovista de ella.

También se ha apoderado de las series y películas una estética que transita, sin solución de continuidad, de lo gore a lo cutre, de lo siniestro a lo soez. Es sintomático que sea mainstream la temática macabra: asesinatos, violaciones, suicidios, abusos… Si la sobredosis de agresividad afecta, lo queramos o no, a los más mayores y en el interior de ellos hay algo que se quiebra o resiente por el exceso de lo lúgubre, en el caso de los más jóvenes daña de modo implacable su sensibilidad moral. ¿Cómo, entonces, darles la bienvenida a un mundo que se presenta tan cruel e inhumano?

Yo me he sorprendido a mí mismo siguiendo, como quien espera un nuevo capítulo o un sorprendente desenlace, la truculenta historia de Maje, la mujer que planificó con frialdad cinematográfica y la ayuda de su amante el asesinato de su marido. Y me he preocupado al escuchar la noticia de una decapitación en plena calle de Huelva con la indiferencia del que oye el resultado de un olvidado partido de segunda.

Acostumbrarse a lo siniestro hiere nuestra forma de ver lo que nos rodea; nos hace desconfiados. Taimados. Pesimistas. Pero, sobre todo, deforma nuestra imagen de la realidad porque, aunque haya narcos y personas descarnadas, nuestra vida está entretejida afortunadamente de comedia prosaicas y tragedias cotidianas, alejada de los escenarios de terror y de suspense.

El otro extremo es la zafiedad, que se percibe no solo en determinados programas o espacios, sino en las formas de hablar y de vestir. Quien opta por cuidar lo que dice o cómo se presenta ante lo demás no es clasista; de hecho, no hay nada más igualitario que la etiqueta porque con chaqué o diadema todos podemos ser príncipes o princesas. Es una enseñanza que nos recuerda, por cierto, Cenicienta.

Sería un buen debate para historiadores y expertos saber qué sociedad de las que han existido ha sido más brutal, más violenta. O más soez. Las peleas teñían de sangre la arena de los coliseos, pero los romanos fueron suficientemente juiciosos para no confiar la educación de sus vástagos a los gladiadores, sino a griegos exquisitos.

Si hoy suscita preocupación la dictadura de lo sórdido es porque se sitúa en un plano de hiriente igualdad lo soez y lo sublime e insistimos en rechazar todo criterio de distinción entre una y otra. Por otro lado, corremos el riesgo de borrar la linde entre la ficción y la realidad, un principio que es garantía de cordura social. Sin distinción entre lo que ocurre en el día a día y lo que transmiten las pantallas puede que nos veamos en la obligación de reconocer que, a fin de cuentas, el mundo es un lugar inhóspito y desesperadamente cruel.

 

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