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Dostoievski: pecado y redención

Conviene tener las obras del escritor ruso en la mesilla de noche y frecuentarlas, no solo con motivo del bicentenario de su nacimiento celebrado recientemente

El monumento a Fedor Dostoievski está en Moscú, frente a la Biblioteca Estatal de Rusia (Российская государственная библиотека).

Fotografía de Diego Sepúlveda Salazar.
photo_camera El monumento a Fedor Dostoievski está en Moscú, frente a la Biblioteca Estatal de Rusia (Российская государственная библиотека). Fotografía de Diego Sepúlveda Salazar.

Imagino a Dostoievski escribiendo apremiado por el bien y la salvación, pero también por las deudas. Se sabe que escribió -en realidad, dictó- una de sus novelas, El jugador, en menos de un mes, ante la posibilidad de que, por incumplimiento de contrato, su editor se quedara con todo lo que rindieran los derechos del escritor ruso sobre su obra. Menos mal que consiguió evitar el peligro porque seguramente esa circunstancia hubiera inhibido su genio.

Mucho antes de que comenzara el fervor de las series semanales, Dostoievski, como su admirado Dickens, se afanaba por alargar sus narraciones, de modo que, además de dar de comer espiritualmente a quienes leían las gacetas, conseguía recursos periódicos para seguir adelante. Sus novelas son océanos y desiertos, torrentes de pasión, juegos psicológicos inimaginables y se nota que han sido escritas desde una zozobra vital auténtica.

Dostoievski no tuvo que jugar al existencialismo porque lo encarnó mucho antes de que Sartre impostara sus ademanes en un café de París. Tampoco tuvo que divertirse en el diván del psicoanalista, puesto que antes de que Freud nos importunara, el escritor ruso había radiografiado cómo el mal podía corroer el fondo del alma humana y anidar allí.

En su imaginario no aparece el bien y el mal, sino la redención y el pecado, lo que acentúa la naturaleza trágica de la disyuntiva. Normalmente hay personas en sus novelas que optan por la santidad tras una vida de crímenes. Pero otros no actúan así. Uno de los personajes más inolvidables que han salido de su mano es el protagonista de Los Endemoniados, Stavroguin, modelo del que se complace en el crimen. A lo largo de la novela, el lector tiene la impresión de que algo falla en él, pero solo descubre su mórbida delectación al final.

Pero para Dostoievski el mal era solo una parte de la historia, a veces la más importante, pero no siempre. Y el malo aparece como la encarnación del superhombre. Pero quien le frecuenta descubre en sus escritos una constante mucho más esperanzadora y que tiene que ver con la redención Así, la contraparte de Stavroguin bien pudiera ser el famoso Raskólnikov, pues mientras el primero desespera, el segundo alcanza la salvación gracias a la compañía de Sonia. 

En el imaginario del escritor ruso no aparece el bien y el mal, sino la redención y el pecado, lo que acentúa la naturaleza trágica de la disyuntiva

Es posible que Dostoievski fuera uno de esos escritores tan consciente del misterio del pecado que optó por la pluma para evitar penetrar por el camino del crimen, pero nunca pierde su convicción de que todos nos balanceamos en las aristas del precipicio y que allí donde habita la vileza únicamente Dios o el amor -es lo mismo, en realidad- puede evitar que nos defenestremos.

René Girard explicó que todas las grandes novelas relatan siempre una conversión y, en concreto, se refirió a las de Dostoievski como paradigmáticas del proceso. A diferencia de Tolstoi, más preocupado por lo social y de talante ascético, Dostoievski fue un místico, un escritor de intuiciones y experiencias desbordantes, para quien la forma estaba supeditada al fondo. Eso, además de las circunstancias en que fueron escritas y su extensión, explica las contradicciones o imperfecciones de sus grandes obras.

Pero, además de la redención -que normalmente viene de la mano de una mujer-, ¿cuáles son los temas que aborda en su obra? ¿Siguen siendo actuales? En su crítica a la intelectualidad rusa que volvía a su tierra natal con las promesas de la Ilustración europea, el autor de Los hermanos Karamazov nos obliga a dirigir la mirada a un continente más espiritual, por lo que mitiga el ansia de consumo y la voluntad de tener.

Es posible que Dostoievski fuera uno de esos escritores tan consciente del misterio del pecado que optó por la pluma para evitar penetrar por el camino del crimen

La querencia eslava de este ruso que estuvo a punto de ser ajusticiado en San Petersburgo es una buena vacuna contra la ideologización. De joven frecuentó círculos nihilistas y se percató de las semillas disolventes que la intelectualidad siembra en la opinión pública. Si se opuso a las ideas fue en la medida en que estas se apartan de la vida y las preocupaciones de la gente. Embistió contra el nihilismo, inquieto ante la posibilidad de que su veneno se dispersara por el cuerpo social. Su simpatía estaba al lado del pueblo, no junto a las cátedras o tribunas.

 

Aunque pocos han insistido en ello, también su obra es un canto sentido a la libertad humana. Es cierto que si no uno no se adentra en el universo dostoievskiano con distancia y sosiego puede terminar pensando que sus personajes actúan como títeres del destino y que todo está determinado de antemano. Pero su mirada psicológica descubre las dudas y titubeos de quien se encuentra ante una bifurcación.

Y es que, como ha indicado Tamara Djermanovic, la libertad es uno de los temas principales de sus novelas: “No obstante, más allá de la dialéctica del bien y del mal -sostiene- la obra dostoievskiana muestra también a individuos que no se rinden ante un escenario apocalíptico. Al contrario, señala la importancia de lo que cada uno de nosotros puede aportar, de manera individual, para que el mundo no estalle en pedazos”. Razón más que suficiente para leerlo hoy, en su aniversario, y siempre, a pesar de su aridez ocasional o dificultad.

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