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Especialistas sin espíritu

El saber especializado se cotiza al alza, pero es posible que la especialización nos impida ver la amplitud de lo humano

Hace tiempo que la universidad ha perdido su atmósfera universalista y transformado en una suerte de escuela profesional.
photo_camera Hace tiempo que la universidad ha perdido su atmósfera universalista y transformado en una suerte de escuela profesional.

Las ramas impiden ver el bosque, se dice. Intenten mirar un cuadro, pero en lugar de observar el dibujo al completo, concéntrense en un punto del mismo: en la esquina superior, por ejemplo. En el trazo de una pincelada o tal vez en una mota de color. Detengan ahí la mirada. Perderán perspectiva y seguramente no serán capaces de decir de qué lienzo se trata, ni cuál es la forma que representa.

Quien ama el arte podrá creer que es un ejercicio sin sentido, lo mismo que puede pensar alguien si para llegar a su destino no tiene más remedio que mirar el mapa por una estrecha cánula. Es probable que pierda las referencias y se desnorte.

Algo similar sucede cuando la cultura se especializa al extremo y se nos birlan los horizontes abiertos y amplios. Lo peor es la sensación que puede quedarnos, ya que podemos pensar que somos bobos rodeados de expertos, con los noticiarios y las webs llena de peritos y especialistas, y nosotros extraviándonos irremisiblemente entre tantos pormenores. Pensando que algo no va bien o falla. Que habitamos entre cascotes de sentido, acorralados por fragmentos, cercados por las piezas de un puzle interminable que alguien nos ha vendido sin ofrecernos la figura o el modelo a componer.

Cuando utilizamos un mapa no deseamos que sea detallado o específico. O no necesariamente. Tal vez lo que nos interese sea no llegar tarde a una cita. En este sentido, solo un demente negaría los logros que ha deparado la especialización del conocimiento y las ventajas de la investigación técnica. La obsesión concentrada de los científicos ha hecho posible la cura de enfermedades inverosímiles y gracias a ella hasta hemos podido dejar nuestra huella en la luna.

Habitamos entre cascotes de sentido, acorralados por fragmentos, cercados por las piezas de un puzle interminable que alguien nos ha vendido sin ofrecernos la figura o el modelo a componer

Sin embargo, se puede tener la impresión de que esos avances se han conquistado en ocasiones a costa de una reflexión global, de mayor amplitud. Y entonces lo que hay que evitar no es solo demorarnos más de lo normal cuando alguien nos está esperando, sino desencaminarnos hasta el punto de perder los contornos de lo humano. Se sabe de personas que han seguido con tanta exactitud las indicaciones de la voz impostada de un GPS que han terminado defenestradas desde lo alto de un barranco.

Dicho de otro modo: el riesgo no dimana de la imposibilidad de que las ramas nos impidan ver el bosque, sino de que el niño desaparezca por el sumidero de la bañera, como dicen los ingleses.

Podemos estar tan obsesionados con el progreso científico-técnico que nos felicitemos por la precisión de una mirilla sin darnos cuenta de que apuntamos a nuestro hijo. Hay que mirar a la luna, no al dedo que apunta hacia ella. Si lo hacemos, nos despojamos de humanidad. La experiencia trágica del siglo XX condujo a muchos pensadores a cuestionar el desarrollo unilateral del conocimiento y a reclamar una suerte de evolución moral paralela. Llegar a la luna, disponer de armamento inconcebible o diseñar aviones supersónicos es un lujo, pero lo indudablemente grandioso es seguir reflexionando sobre quiénes somos y no equivocarnos acerca del lugar que ocupamos en el cosmos. Y no hay tubo de ensayo que precipite la solución a esos dilemas.

En muchos fenómenos se encarna la manía de la especialización. Se percibe en el ámbito universitario, en los cada vez más famélicos departamentos de letras, en el desprestigio laboral de las humanidades -más generales- y, especialmente, en el crecimiento exponencial de carreras, grados y másteres. Se prefiere la nomenclatura inglesa, los dobles y los triples grados -que intensifican la especialización, paradójicamente-, y uno se siente avergonzado cuando no tiene más remedio que confesar que ha estudiado solo una licenciatura genérica.

 

Llegar a la luna, disponer de armamento inconcebible o diseñar aviones supersónicos es un lujo, pero lo indudablemente grandioso es seguir reflexionando sobre quiénes somos y no equivocarnos acerca del lugar que ocupamos en el cosmos

Hace tiempo que la universidad ha perdido su atmósfera universalista y transformado en una suerte de escuela profesional, de modo que quien sale de los campus ya no tiene una formación omnicomprensiva y versátil, sino muy concreta y ajustada a las necesidades del mundo laboral de hoy. Se prefieren grados con nombres inacabables, pero cortoplacistas, a pesar de que una preparación reducida y especializada pueda impedir que más tarde se adapte uno a las fluctuaciones del mercado laboral.

La universidad es tema para otro capítulo. La especialización, sin embargo, ha invadido la enseñanza secundaria y es de temer que muy pronto los padres elijan el itinerario que su hijo seguirá en la guardería. Las asignaturas contextuales rebañan el espacio de las generales y es un hecho conocido que la filosofía lleva toda su existencia batallando por no desaparecer, frente a saberes más instrumentales.

¿Y qué decir del hombre? El especialista extremo no solo se transforma en un miope desgraciado cuya atención al detalle desvanece la pluralidad inconmensurable de un mundo demasiado exuberante para ser compendiado en una fórmula simplista -para ser francos, no dispondríamos nunca de demasiadas vidas para agotarla-. Estos “especialistas sin espíritu” de los que hablaba Max Weber también empobrecen el mundo para los demás y lo desencantan. Si se encuentra por casualidad con uno, díganle, por favor, que andamos sobrados de ellos.

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