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Filosofía para combatir el conocimiento sesgado

Tenemos tendencia a incurrir en falacias y ser víctimas de los engaños. Por eso, conviene no bajar nunca la guardia

Ilustración: Sobrino & Fumero.
photo_camera Ilustración: Sobrino & Fumero.

Tengo un amigo que siempre me llama dos veces: la primera para darme un titular insólito e histórico leído de pasada en las redes sociales y la segunda para desmentirlo. Falsa alarma, suele decirme. Y aunque le insisto en que cultive más el pensamiento crítico y ponga en cuarentena lo que huela a chisme, no deja nunca de darse de bruces con todo tipo de trampas. 

En su inocencia, mi amigo pincha una y otra vez en los clickbaits más inverosímiles y es víctima de las estrategias de la publicidad engañosa. Le han vendido dietas milagro “testadas científicamente” y artilugios que solo se publicitan a esas horas insospechadas de la madrugada en que se ha perdido no solo la propia vergüenza, sino también la ajena. Pero también ha sucumbido a celadas menos inocentes, como los deepfakes, esos peligrosos videos en que muchos famosos, pero no solo ellos, hacen y dicen cosas que nunca han hecho o dicho y que son muy falsos, pero parecen muy reales. 

Mi amigo, pensarán, es un hombre de un candor infantil, pero créanme que está sumamente informado: lee varios periódicos cada día y sigue con el frenesí del adicto “twitters y diretes”, prensa nacional e internacional, columnas de opinión y deportes, crónica rosa y las vetustas esquelas que publica ABC. Incluso consulta diariamente Linkedin y me cuenta las últimas hazañas laborales de nuestros amigos como si fuera un parte de guerra

“Acumular datos y noticias indiscriminadamente no nos convierte en personas mejor documentadas, sino en sujetos aquejados de una grave dispepsia informativa”

Cuando en nuestras conversaciones, comenta que se la han vuelto a colar, mi consejo invariablemente es el mismo: “Querido Alberto”, le digo”, “lo que necesitas es un poco más de filosofía”. Y le explico que hay dos enseñanzas que nos recuerdan una y otra vez los grandes pensadores. 

La primera, que la diferencia entre lo importante y lo urgente no es solo un criterio que haya que aplicar solo a la hora de jerarquizar nuestras tareas, sino también cuando nos empeñamos por saber lo que ocurre a nuestro alrededor. He comprobado, así, que, en la sociedad de la información menos es más. Acumular datos y noticias indiscriminadamente no nos convierte en personas mejor documentadas, sino en sujetos aquejados de una grave dispepsia informativa.

Pero los grandes filósofos también nos enseñan que hemos de estar siempre alerta para evitar el engaño. Y no únicamente porque vivamos rodeados de alimañas dispuestas a explotar nuestra inocencia, sino porque es más cómodo ser crédulos que combatir los sesgos que dominan nuestra manera de ver el mundo. Desde Platón a Popper, la filosofía nos ha recordado que debemos intentar siempre refutar nuestra opinión, más que confirmarla, porque esa es la vía más rápida de llegar a la verdad y abandonar la oscura caverna que habitamos

Junto el sesgo de confirmación, contra el que deberíamos luchar cuestionando lo que damos por supuesto, ya sea para abandonar nuestras hipótesis por falta de fundamentación, ya sea con el fin de encontrar más razones para sostenerlas, hay otros sesgos igual de perniciosos que nos desvían del camino de la razón. La tendencia a la retrospección, por ejemplo, nos inclina a interpretar hechos pasados como si hubiesen sido predecibles, como hacemos los padres cuando, ante una desventura, comentamos a nuestros hijos: “te lo dije”. 

La inclinación a defender nuestros puntos de vista arraiga en nuestras vísceras y es un rasgo del que han intentado ofrecer explicaciones de todo tipo, incluidas las evolucionistas. De hecho, muchas de las falacias en las que incurrimos, sea consciente o inconscientemente, nacen de esa costumbre tan humana de interpretar lo que vemos como pruebas indubitables de nuestras tesis

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Siempre me ha llamado la atención nuestra tendencia a generalizar opiniones cuestionables y palmariamente subjetivas. “Todo el mundo piensa” o “todo el mundo sabe” son expresiones que salpican nuestros diálogos y a veces no nos paramos a pensar que “todo el mundo” suele ser el círculo de apenas tres o cuarto personas en que nos movemos. Existe también un nombre técnico para esta forma de proceder: la falacia de la muestra sesgada

Podemos también llevar al extremo la querencia contemporánea por la democracia, como si la mayoría constituyera el criterio determinante de todo. Pero las actitudes borreguiles constituyen la norma en la sociedad tecnológica porque en ella predomina lo cuantitativo. En esta tesitura, siempre me vienen a la memoria los conocidos versos de Robert Frost: “dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo tomé el menos transitado. Eso hizo toda la diferencia”. 

“Es más cómodo ser crédulos que combatir los sesgos que dominan nuestra manera de ver el mundo”

En otros casos, son las costumbres sociales las que nos hacen más proclives a al engaño. La rapidez de la información y el hacinamiento de datos, por contradictorio que pudiera parecer, facilitan que nos cuenten verdades a medias, por falta de tiempo, nos planteen plantear falsos dilemas o falacias causales que nos impiden detectar con precisión la causa exacta de un fenómeno

La forma en que se presenta la información también es determinante para producir un efecto u otro en el destinatario. El error de bulto que nos lleva, por ejemplo, a detectar un supremacista en todo votante de Trump, o a un ferviente comunista en el seguidor de Biden, sin dejar espacio a esa prolongada escala de grises que explican la riqueza inabarcable del mundo. 

Esta solo ha sido una breve muestra de nuestros atavismos cognitivos, pero suficiente para aclarar que si queremos evitar la manipulación no debemos nunca bajar la guardia. Estar alerta no conduce al descreimiento, sino a un conocimiento más profundo y, por tanto, también más gozoso, de la realidad. Es como si nos quitáramos de una vez por todas las anteojeras que nos distorsionan y dejáramos atrás las imágenes desastradas. Todos necesitamos, como mi amigo Alberto, un poco más filosofía.

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