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Más comedia, por favor

Andamos sobrados de tragedias y pesimismo; por eso, es necesario recuperar la alegría de vivir

“La risa es muy filosófica, de la misma manera que el optimismo es mucho más profundo que el pesimismo”.
photo_camera “La risa es muy filosófica, de la misma manera que el optimismo es mucho más profundo que el pesimismo”.

Para Aristóteles, la tragedia tenía la virtud de purificar el alma, sometiendo al hombre a la catarsis de sus pasiones. Tuvo que venir, muchos siglos después, George Steiner para explicarnos que nuestro mundo moderno no reunía las condiciones necesarias para el resurgimiento de aquellos coros que discutían gravemente acerca de la justicia de los dioses. Si a ello añadimos el exilio en el mundo actual de lo religioso, es indudable que nos hemos quedado en gran parte huérfanos de recursos espirituales

Pero las tragedias reales, los dramas que el ser humano ha atravesado en los últimos siglos sugieren que, junto al duelo, la risa constituye tanto una forma de cauterizar el dolor como una terapia para el alma. Es curioso a este respecto que los expertos que han constatado la muerte de la tragedia no se hayan preguntado por la extraña permanencia de la comedia. Antígona nos puede resultar algo lejana en sus formas, pero los vicios que Aristófanes censuró son idénticos a los que percibimos en nuestros vecinos. Y, por ello, a pesar de su enemistad con Sócrates, sigue sacándonos sonrisas.

A una inteligencia tan fina como la de Aristóteles, de hecho, no se le pasó por alto que el hombre es el único animal que ríe, lo que debería llamarnos la atención. Quizá es que nada muestre mejor nuestra espiritualidad que la alegría. El llanto puede expresar dolor físico, pero la sonrisa, la auténtica, revela un gozo más profundo, brotado de las entrañas del espíritu. Quien escribe, por otro lado, sabe que es mucho más fácil conmover con la pena que ser tan agudo como para provocar la carcajada

La risa constituye tanto una forma de cauterizar el dolor como una terapia para el alma

En un libro que explica la connivencia de la población alemana con el nazismo -y cuya traducción saldrá en los próximos meses en nuestro país-, Eric Voegelin aludió a la olvidada función transformadora de la comedia. Para él, la manera de enfrentarse a Hitler no podía tomar la forma de la tragedia, pues eso supondría engrandecer su condición moral. Apelando a autoridades como Kraus, Musil o Doderer, muestra que el nazismo no llegaba a drama, sino que era una farsa, una burla, una degradación. Y nada mejor, para denunciarlo, que exponer su ridiculez, como hacen estos autores.

La risa es muy filosófica, de la misma manera que el optimismo es mucho más profundo que el pesimismo. Quien ve el mundo de negro muestra su ceguera, ya que es fácil descubrir matices. El pesimista no percibe la escala de grises y se queda con la tierra mojada por la lluvia; quien ve el paisaje con alegría vislumbra siempre la posibilidad de que brille el arcoíris. 

Todas las comedias -basta echar un vistazo a las de Lang o Wilder- se sustentan sobre el malentendido, de la misma manera que la mirada del filósofo, desde Parménides, explota el decalaje entre apariencia y realidad. Por eso, las comedias tienen en muchos casos mayor hondura existencial, ya que el desplazamiento entre lo que parece y lo que es conforma una grieta por la que penetra la hilaridad en el mundo. El pesimista es tan serio que no se percata de que a veces la vida es una broma, un juego de los dioses. 

El pesimista no percibe la escala de grises y se queda con la tierra mojada por la lluvia; quien ve el paisaje con alegría vislumbra siempre la posibilidad de que brille el arcoíris

El optimista es como el superhombre de Nietzsche y siempre está dispuesto a decir sí a la vida. Para el pensador alemán, su figura representativa es el niño. Por el contrario, el pesimista es el ser humano que más alejado de la infancia se encuentra. Es destemplado, iracundo, colérico. Con cara de pocos amigos.

 

La alegría, la risa, son contagiosas, fraternales. Y divinas: David cantaba y danzaba delante del Arca. Cuando el júbilo nace del corazón no solo eleva el alma, sino que tiende una red de gozo que nos compele a comunicarnos con el otro. Porque la alegría es difusiva. Se entiende, así, que alguien tan huraño como Schopenhauer dijera “cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. Tendríamos que haber preguntado a sus vecinos lo que opinaban de él. 

Tanto los filmes como las novelas contemporáneas tienden a enfangarse en lo siniestro. No llegan a ser tragedias, en efecto, porque no liberan nuestro espíritu, sino que lo encierran a cal y canto frente a la belleza de la vida. No es que apelen a los bajos instintos, sino que contristan el corazón y velan nuestros ojos, incapacitándonos para el gozo. Siento algo muy diferente cuando leo una buena comedia o veo una película de Capra, por ejemplo, en la que hasta el malo al final se hace bueno y se nos presenta enternecedor. Entonces, salimos reconfortados, como si hubiera salido otra vez tras la lluvia, y como siempre, el arcoíris. 

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