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Museos famélicos

Los grandes centros del arte mundial proponen recorridos virtuales para contrarrestar la pérdida de público, pero esas visitas no pueden sustituir a las auténticas experiencias estéticas

“La experiencia artística de las visitas virtuales no es completa. El sentido del arte está estrechamente vinculado con su materialidad”.
photo_camera “La experiencia artística de las visitas virtuales no es completa. El sentido del arte está estrechamente vinculado con su materialidad”.

Solo los cínicos se habrán llevado las manos a la cabeza por la información sobre la afluencia a los museos durante el último año que, como siempre, ha ofrecido The Art Newspaper. La asistencia ha caído en picado y si se han resentido el Metropolitan, el MoMa y el Louvre, es fácil pensar que los más modestos, los que no salen en la clasificación y que, tal vez, carecen de medios hasta para sufragar la publicidad boca a boca, se habrán visto obligados a bajar sus persianas. Su escueto cartel dice: “cerrado por derribo de la cultura”. 

Hace unos años, mientras visitaba frenéticamente los Museos Vaticanos, con el tiempo justo porque no había podido reservar mi entrada con antelación y estaba próxima la hora de clausura, me pregunté si las visitas en turba no estaban erosionando el aura del que goza el arte. Eso pensaba mientras intentaba atisbar las esquinas de un lienzo entre brazos, móviles alzados y un piélago de viseras, gorras y sombreros.  

Que los museos se han convertido en una atracción turística es una obviedad. Muchos se han felicitado de ello porque suponen que es una manera de acercar el arte a la sociedad y de lograr rentabilidad. Sin embargo, es siempre difícil para la industria cultural equilibrar los riesgos que comporta la búsqueda indiferenciada de fondos con la necesidad de preservar la experiencia estética.

Para los museos, es difícil equilibrar los riesgos que comporta la búsqueda indiferenciada de fondos con la necesidad de preservar la experiencia estética

En este sentido, un museo no es un libro. Por detestable que sea una traducción, por aciaga que sea una edición -incluso por mucho que se desencuaderne un volumen-, uno está solo, irremediablemente solo, cuando se dispone a abrir sus tapas. Eso convierte la lectura, como muchos han comentado, en un vicio privado, pero también en un lance o desafío para el lector, quien ha de desentrañar solitariamente el significado de los símbolos que su mirada percibe. 

Los libros son artefactos que se pueden multiplicar, conservando su sentido. Pero no es lo mismo contemplar Las Meninas que una copia. Ya antes de que la pandemia dejara famélicas sus cajas registradoras, directores y conservadores de museos se habían dado cuenta de que uno de los principales problemas a los que se enfrentaban era, precisamente, la masificación

Ciertamente, nunca he visto El Prado tan embotellado como los inextinguibles corredores del Vaticano, pero si eres de los que precisas de tiempo para admirar una obra, es muy molesto sentir cómo la multitud codea inmisericordemente tus riñones para abrirse paso. 

No han faltado en las últimas décadas iniciativas con el fin de resacralizar la visita a las exposiciones. En algunos casos, se han limitado las entradas o se han colocado estratégicamente las obras para hacer posible la soledad y la demora, transformando la iluminación blanca de algunas galerías en una penumbra más propicia para las confidencias

El arte es una conversación e implica una experiencia interpersonal. Si se carece de ella, la pretensión comunicativa fracasa y la obra se transforma en un mero artefacto, sin sustancia. Sin significado. En definitiva, sin espíritu. Se dice, así, que miramos los cuadros para descubrirnos a nosotros mismos, para conocernos mejor. Y que el arte habla, aunque sería más exacto aclarar que, cuando nos interpela, lo hace en extraños susurros. 

Además de la calidad de las visitas, existía otra preocupación entre los expertos: la pérdida de valor de las colecciones permanentes, frente al éxito de las exposiciones temporales, lo cual demuestra, de nuevo, hasta qué punto los museos se encuentran desprestigiados. Incluso en frases hechas de nuestro lenguaje se revela que para el gran público un museo es un gigantesco desván de antigüedades

Ya antes de que la pandemia dejara famélicas sus cajas registradoras, directores y conservadores de museos se habían dado cuenta de que uno de los principales problemas a los que se enfrentaban era, precisamente, la masificación

Para contrarrestar la sangría provocada por el confinamiento -el Louvre ha pasado de tener más de nueve millones de visitantes al año a menos de tres en el último periodo-, algunas instituciones han promovido las visitas virtuales, pero estas dejan sensaciones ambivalentes. Por un lado, enorgullece sentirse como un mecenas renacentista y conservar las cumbres más expresivas de la historia de la cultura en nuestra propia casa, sin salir de la habitación.

Pero esa experiencia artística no es completa. El sentido del arte está estrechamente vinculado con su materialidad -al mármol, al óleo- y requiere una dimensión espacio-temporal. Arthur Danto sostenía que “el arte es un significado encarnado” y lo que solo vemos en la pantalla se petrifica, como si los píxeles extinguieran la vida que late y nace entre los cuatro ángulos del bastidor de un cuadro.

Según David Zwirner, experto en arte y propietario de prestigiosas galerías en varias ciudades del mundo, no se puede soslayar la materialidad de la obra de arte porque es lo que la conecta con nuestros sentidos, con nuestra propia corporalidad. Pasear virtualmente por el Hermitage es una experiencia vicaria, un sucedáneo. Para los que visitan una exposición con indiferencia, o porque es una obligación turística, puede ser suficiente, pues les sirve para tachar un lugar que, según se dice, hay que visitar antes de morir. Pero a los que aman el arte, lo virtual solo puede dejarles sedientos e intensificar el hambre por el misterio que descubren en esas maravillosas telas con colores.

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