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¿Qué Rebeca? ¿La de Hitchcock o Netflix?

La película estrenada por la plataforma americana es una buena oportunidad para regresar al film homónimo dirigido por Hitchcock

Ilustración: Sobrino & Fumero.
photo_camera Ilustración: Sobrino & Fumero.

Hitchcock presentaba Rebeca como un cuento de hadas y es verdad que este filme, que recibió el Óscar a la mejor producción en 1940, constituye una mezcla magistral de motivos góticos, suspense, tragedia y amores posibles e imposibles. Como en otras películas del mentor de cineastas -y al igual que en las producciones más grandiosas de la historia-, se perfilan cabos sueltos e itinerarios para que sea el espectador quien especule o saque sus propias conclusiones. Siempre es más lo que se deja en el aire que lo que se explicita. En esto el cine se asemeja a la filosofía: es fuente de interrogantes insondables, no un catálogo de respuestas o soluciones apolilladas.

El inolvidable director supo, en el caso de Rebeca, aprovechar como muy pocos el espectro creativo y las posibilidades que brinda la deliciosa tortura que es todo thriller psicológico. La tensión se encuentra en el desenlace. Lo logrado no tiene parangón, puesto que esta película no solo da peso a un personaje ausente, la propia Rebeca, cuya sombra se acierta a ver en cada plano y secuencia, incluso en cada rostro, sino que hizo lo imposible, convirtiendo el espacio donde transcurre la acción en protagonista.

Desde entonces, Manderley, la mansión propiedad de Maxim de Winter, quiere decir suspense. También la nueva versión de Rebeca, emitida por Netflix y dirigida por Benjamin Wheatley, aspira a ofrecer intriga con el fin de coser al espectador a la pantalla, optando por arrancar con las mismas y fascinantes palabras en off: “Anoche soñé que regresaba a Manderley…”.

La Rebeca filmada por Wheatley, pese a lo que pudiera parecer, no es en realidad un remake. Y eso es lo que salva la versión del desastre, para ser francos. Seamos claros: hay que ser muy ambicioso, o ingenuo o, en última instancia, no temer el ridículo, para atreverse a emular lo que un genio elevó al séptimo cielo del arte. Por fortuna, muchos de esas adaptaciones han quedado en el olvido, poniendo de manifiesto por qué juguetear con el talento es propio de idiotas o individuos excesivamente pagados de sí mismos.

Wheatley no hace nade de eso, sino que decide rodar su lectura de la novela homónima, escrita por Daphne Du Maurier, de la que también en su momento se sirvió el orondo director. Si se desconoce esto y se comparan, sin más, las dos películas, es obvio que la nueva concede demasiado a los sentimientos, acepta incluir en su narración muchos de los tópicos contemporáneos y logra una composición de mucha menor intensidad.

Puede que incluso con el color pierda dramatismo. En gran parte, el ambiente trágico que se mascaba con el blanco y negro se disuelve en una tragedia de celos. Por otro lado, la triste seriedad de Laurence Oliver tiene muy poco que ver con el estilo más casual y superficial de Armie Hammer. Asimismo, Lily James guarda escasa semejanza con la inocencia aterrorizada de Joan Fontaine, que tenía una mirada muy expresiva.

Pero donde encontramos más disparidad es en otro de los caracteres centrales de la película: la señora Danvers, ese imperturbable y hierático rostro que se ha convertido en la quintaesencia de las amas de llaves perversas. En Hitchcock, esperábamos la aparición de su porte almidonado cada vez que chirriaba una puerta. Wheatley, según ha comentado, ha escogido humanizarla, pero con ello, y por paradójico que pueda parecer, hace menos creíble su figura, resta vigor al suspense y rebaja el misterio que, sin permiso de los de Winter, ejerce su dominio en la mansión.

Quien conozca la obra maestra se dará cuenta, desde el principio, de que el de Wheatley es un filme por completo diferente. Y entonces, si admitimos que su propósito ha sido grabar un largometraje entretenido y enredado, o sea, lo que se conoce como folletín, enlazando sucesos y emotividad, su visionado gana bastantes puntos.

Las películas son distintas, además, no solo porque difieran en su trama y final. Parece ser que la estrenada más recientemente es más fiel a la novela, ya que, por motivos legales, en 1940 no se tuvo más remedio que suavizar o pasar por alto algunas escenas. Y a nadie se le escapa que se ha acudido al director de Los pájaros como reclamo.

 

Entonces, cuál es el mérito de la última versión? Sin la brillantez de Hitchcock, Wheatley ha dado a luz un interesante prólogo, un aperitivo liviano, que ayuda indudablemente a abrir boca en el espectador. Si esta Rebeca condujera a la otra, a la inolvidable, sería un proemio estupendo.

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