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Ser madre: el feminismo más radical

El victimismo generalizado no nos permite identificar al grupo más agraviado: las mujeres que deciden tener hijos

“Tal vez lo más feminista y radical hoy sea apostar y defender todas las dimensiones de la condición femenina, entra las cuales se encuentra la maternidad”.
photo_camera “Tal vez lo más feminista y radical hoy sea apostar y defender todas las dimensiones de la condición femenina, entra las cuales se encuentra la maternidad”.

La última campaña subvencionada por el feminismo radical busca crear hombres “más blandengues” y sueña con abolir la masculinidad, lo cual supone admitir, al menos implícitamente, que ese género tenía inclinaciones delicuescentes -o quizá poco confesables- hasta que el bisturí de la mujer empoderada llegó.

Las sociedades victimistas, como las instituciones que también lo son, tienen una dinámica algo diabólica porque, para su propia razón de ser, requieren estar siempre a la búsqueda de culpables. Por eso, si no existen, se los inventan.

Se producen, así, situaciones realmente kafkianas. ¿Qué pasa cuando, en nuestro contexto líquido y de fluidez permanente, el verdugo se convierte en víctima? Es lo que ha ocurrido en un caso notorio de violencia de género en el que el supuesto culpable de un delito machista se está sometiendo a un cambio de sexo. ¿Quién es entonces el agraviado?

Si la condición de víctima, por otro lado, no responde a una ofensa objetiva, sino que depende de la sensibilidad de cada cual, quizá usted, que lee tranquilamente este artículo, sea, sin saberlo, el perpetrador de una ofensa que condena a la infelicidad a alguna persona anónima. ¿Qué nos puede asegurar que nuestra mirada a veces altiva o nuestra impaciencia en la fila del supermercado no ha ofendido a quien nos precede? 

El victimismo es uno de los rasgos más característicos de la cultura woke. El despertar al que alude esta corriente ideológica tiene que ver, precisamente, con la percepción de injusticias ocultas, de delitos soterrados, de víctimas latentes. Se han criticado -con razón- algunas de las consecuencias sociales que tiene esta moda política proveniente de Estados Unidos y que busca enfrentar más que conciliar, es decir, que no pretende reparar los agravios o sanar las heridas, sino echar más sal en ellas. Dicho con otras palabras: lo que quiere es perpetuar el escozor de los desafueros.

Convendría llamar la atención sobre un hecho que se pasa por alto: a pesar de que lo woke se vende como la moda ideológica más coherente con nuestros tiempos, en realidad su furor justiciero y vengativo supone un claro retroceso. H. Arendt explicó con su habitual finura cómo la aparición del derecho y la responsabilidad individual contribuyó a liberar a la comunidad del peso perenne o vitalicio de la culpa. Es una forma de anular la carga del pasado y dar paso a lo nuevo.

Lo woke no solo identifica verdugos potenciales o imaginarios, sino que amenaza con hacernos responsables de lo que nuestros parientes lejanos o nuestros más remotos antepasados hicieron. No se sorprenda si llama a su puerta alguien con una deuda pendiente con algún vínculo con usted. Si ya es difícil poner la mano en el fuego por uno mismo o por un amigo, ¿quién puede asegurar que su tatarabuelo no conculcó algunos de los dogmas posmodernos?

Pero el victimismo generalizado tiene otro inconveniente, que es el de ignorar el sufrimiento de quienes son realmente agraviados. En una sociedad de mártires, no resulta fácil discriminar las ofensas y podemos estar tentados a equiparar el dolor de las verdaderamente graves con heridas más superficial.

“En una sociedad de mártires, no resulta fácil discriminar las diversas formas de agravio y podemos estar tentados a equiparar el dolor de una ofensa grave con una herida más superficial”

Es lo que ocurre con el caso de la mujer. Según una investigación realizada por el Banco de la Reserva Federal de St. Louis, las mujeres solteras y sin hijos ganan más que sus pares masculinos. De hecho, se habla hoy de una brecha salarial a la inversa, especialmente entre quienes se encuentran en la franja de los treinta.

No se penaliza ser mujer, sino ser madre, algo muy distinto. Como explica un artículo reciente en City Journal, si se desea realmente combatir la discriminación, hay que hacer un análisis serio y darse cuenta de que las diferencias salariales entre hombre y mujer se hacen cada vez más hirientes cuando estas últimas deciden ser madres: se calcula que las mujeres cobran 70 céntimos frente al dólar que se paga al hombre.

Quizá el apoyo a la familia y las ayudas a la maternidad sean, entonces, políticas más realistas para luchar contra las segregaciones de género que subvencionar mensajes ideológicos. Estos son poco eficaces porque normalmente porque se dirigen a sustentar un discurso que empodera formas de vida ya suficientemente empoderadas, como las madres solteras trabajadoras.

 

“Tal vez lo más feminista y radical sea apostar y defender todas las dimensiones de la condición femenina, entra las cuales se encuentra la maternidad”

Tal vez lo más feminista y radical sea apostar y defender todas las dimensiones de la condición femenina, entra las cuales se encuentra la maternidad. Quizá la moda más preocupante del mundo moderno -la que revela el fondo nihilista que sustenta a la posmodernidad- sea su antinatalismo suicida, el paradójico odio a todo lo nuevo que representa la llegada de un ser humano al mundo. En este sentido, lo que hiere de muerte tanto a la mujer como al hombre es que tener hijos sea algo tan gravoso e inasequible, un auténtico -y cada vez más raro- objeto de lujo.

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