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Vivir en nichos

Los cambios tecnológicos y culturales están debilitando el mundo que compartimos, alejándonos del prójimo

"¿Para qué ir a la oficina, si cuando desempeñamos nuestra función en el hogar ahorramos costes y disponemos de más tiempo?"
photo_camera "¿Para qué ir a la oficina, si cuando desempeñamos nuestra función en el hogar ahorramos costes y disponemos de más tiempo?"

El estudio de los cambios en la identidad provocados por las transformaciones socioeconómicas es ya un lugar común en el ámbito de la sociología. Algunos expertos se han preocupado por analizar de qué modo la nueva economía, más flexible, ha erosionado las relaciones en el seno de la empresa.

Por ejemplo, cada vez es más difícil jubilarse en la misma compañía en que se empezó a trabajar de joven. Los ejecutivos -aunque no solo ellos- se pasan de unas filas a otras y, a veces, se trasladan a la competencia sin preocuparse de algo tan básico para que vayan bien las cosas como la lealtad. Antes de que sucumbieran los políticos, quienes se dieron cuenta de estas sutiles traiciones fueron los aficionados al fútbol, que se desgañitaban en el campo insultando al delantero que exhibe la enseña rival.

Más que las condiciones de trabajo, lo que nos convierte en proletarios posmodernos es nuestra manera de concebir el ejercicio de la profesión. La esclavitud la llevamos por dentro y somos como mercenarios, disponiéndonos para la batalla cuando hay soldada. Cotejamos precios y salarios, pero soslayamos el sentido de las tareas que realizamos.

Pero la volatibilidad no ocurre solo en esos estratos. Sería incapaz de decir qué coche tiene actualmente un amigo mío porque cambia una y otra de vez de modelo, sin llegar a pagar ninguno. Y sucede en la familia, pues hay personas que coleccionan pareja casi con la misma pasión con que un matón del oeste busca recompensas, lo que implica, a veces, que sus hijos cambien de hermanastros, de hogar, de colegio o de ciudad.   

Puede que todo ello sea consecuencia de un clima de consumo exacerbado y que, por la costumbre de comprar a nuestro antojo, no entendamos la diferencia que existe entre cambiar de compañía de teléfono y elegir quiénes queremos ser. Y, ciegos como estamos a veces, dejamos que sea la moda la que dé respuesta a esta última pregunta.

No cabe duda de que esa flexibilidad ha tenido efectos positivos porque, entre otras cosas, nuestro yo ha perdido su rigidez almidonada y hay menos presión en el ambiente. En resumen: se puede decir que somos más libres. Pero uno tiene la impresión de que en muchos casos hemos ganado esa libertad a costa de identidad, por decirlo así. Posiblemente, quien duerme cada noche en un hotel distinto se sienta libre de ataduras -y rico-, pero eso no le ahorrará un tropezón cada mañana cuando no sepa por qué lado abandonar la cama.

Sin embargo, aunque se ha llamado la atención sobre las secuelas del individualismo en la constitución de la identidad, con frecuencia se han pasado por alto las consecuencias que tiene para nuestra sociabilidad. Necesitamos un escenario común, una atmósfera participada, un mundo compartido para encontrarnos con los demás. Y temo que, al debilitarse nuestra constelación de fidelidades, la ductilidad diezme también nuestros lugares de confluencia.

La pandemia llevó a tomar medidas urgentes y perentorias. Sería difícil predecir los cambios que han venido para quedarse. Pero algunos hábitos no nos abandonarán tan fácilmente, como el trabajo a distancia. ¿Para qué ir a la oficina, si cuando desempeñamos nuestra función en el hogar ahorramos costes y disponemos de más tiempo? Ahora bien, ¿no nos alejará eso mucho más de nuestros compañeros? ¿No se perderá con ello el contacto humano?

Hay tendencias sociales, pues, que nos instalan en nichos, distanciándonos del prójimo. Los canales de socialización también se han particularizado. Al principio, aprendíamos a comportarnos comiendo en la mesa camilla y observando la manera de actuar de quienes teníamos enfrente. Ese lugar lo pasó a ocupar después la televisión, pero seguíamos teniendo un mundo común. Hoy hay tantos canales de YouTube que ni vemos las mismas películas ni idealizamos a los mismos personajes.

 

 Vivir en nichos es como hablar dos lenguas distintas, pero sin contar con ningún mecanismo de traducción entre ellas. No solo es preocupante el empobrecimiento de los lazos comunitarios que se deriva de ello. También lo es el existencial.

Llevado al extremo, si nuestra biografía transcurre en el interior de cuatro paredes y nos limitamos a cambiar la pantalla por nuestras series favoritas, dejando el mono de faena para vestirnos de frikis, se escapa eso tan sano que es la novedad. Es como hacer realidad ese eterno retorno de lo mismo que los hombres con sentido común han interpretado siempre como una condena.

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