La voz del lector

De la estupidez y los estúpidos

Hoy, entre los aguaceros y tormentas estivales en el foro, he estado dándole vueltas a la cabeza y, por una vez en las últimas semanas, no he pensado en mis últimas alusiones, lecturas o artículos veraniegos referidos a Orwell, Zamyatin, Chesterton, Belloc, Solzhenitsyn o el poeta Roy Campbell con el que, a fuerza de ser sincero, últimamente he mantenido un "duelo personal" en aras de seguir con mi insistente reivindicación respecto a su figura humana y literaria. Es algo que le debo hace tiempo, de hombre a hombre, y, siendo fieles a ese honor que tanto se echa de menos por estos lares, las metas han de cumplirse cueste lo que cueste; mucho más, si se trata de un poeta tan patricio y patriota. Sólo así, seremos fieles a nosotros mismos, a nuestros propósitos y a la gente de nuestro entorno que, a ciencia cierta, sabe los lugares y ámbitos en los que nos movemos. Lo de Roy, es cuestión de tiempo; para ser precisos, de meses. ¡Al loro!

Y con la mente relajada de distopías o cuestiones filosófico-espirituales y, al mismo tiempo, distraída por el efecto de rayos, truenos, paraguas, varillas "sacaojos", mascarillas chorreando y reflexiones varias, la estupidez ha irrumpido en mis pensamientos. Prometo que no he encendido la tele. Va para dos meses. Ha surgido como consecuencia del porcentaje de estúpidos, de necios, de gilipollas que aparecen en nuestra vida.  Sí, he dicho "gi-li-po-llas"; así, hablando en plata. 

Sin embargo, lo peor de todo no es su abundancia, su proliferación, sino la ausencia de aquella dispersión del pasado, con la consiguiente reducción del número de posibilidades de toparte con alguien de la "especie". Eso ha pasado a mejor vida (peor para nosotros) puesto que, ahora mismo, el porcentaje de encontrarte con uno o varios está mucho más concentrado. Son una piña; sí, se han hecho una piña indigerible para nuestra racionalidad e inteligencia. Y no lo digo yo; Albert Einstein lo elevó al altar de las citas con su percepción de que "dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo". Ahí queda eso. Razón, pues, no le faltaba.

Pero, actualmente, decía que es cosa de varios; tal vez, por esa atracción o efecto magnético que, además, parece ser el motor de unas vidas insulsas, superfluas, inútiles aunque, ¡ojito!, peligrosas. 

Tienden a juntarse, reunirse, congregarse y, por lo visto y oído, los pasillos de poder y las poltronas no se libran de su turbia, dañina y manipuladora presencia, de la maquinaria de sus elucubraciones. Que conste en acta que te he avisado. Y, a bote pronto, se me ocurren múltiples chiringuitos, de esos que viven de la sopa boba estatal, de tus impuestos y los míos, erigidos por asociaciones, organizaciones, plataformas o colectivos que hacen de éstos su modus vivendi para darlo todo, ese excelso nivel de estupidez apoyado por hooligans que, en la mayoría de casos, no tienen otra cosa que hacer. Por el interés, te quiero Andrés.

Es una plaga, como los que crean y registran un acrónimo que los represente y, de cara a la galería, refuerzan su presencia con las mayúsculas de las iniciales incluidas en su sello, esas siglas que definen su dispersa identidad. Y lo advierto: tienen peligro, más que una piraña en un bidet. Observa, lee, mira...desde el infame FMI hasta la desconcertada OMS, pasando por despistados sindicatos y partidos políticos entre otros acaparadores de letras. Del papelón de la UE y sus regidores en la sumisa y adormecida Europa, no comment!

Da igual el color, la forma, el disfraz. Ahora que está tan de moda el rastreo, no es difícil localizarlos. Cosas del control de masas, la geolocalización, la app de marras o el instinto. Éste no tiene sexo (con lo complicado que está este tema en estos momentos). Se tiene o no se tiene. Como la intuición. Y punto. Pero no se trata de entrar en detalles sobre instintos o intuiciones. Llámalo "básico" por acortar, pero no te equivoques de película. El warning ya te lo he dado porque, cuando menos te lo esperas, ¡zas!...ahí están, sin mensaje ni llamada, sin previo aviso o un escueto WhatsApp, brotando inesperadamente en el lugar menos oportuno y la hora menos indicada.

Defendía Cipolla (guárdate la rima para mejor ocasión), entre sus leyes fundamentales de la estupidez humana, que este grupo de personas (aka "especie"), distribuido homogéneamente en la sociedad, es más peligroso que cualquier otro y, además, causante de las desdichas pasadas y presentes que los seres humanos deben soportar. Pues, imagínatelos bien juntitos, concentrados; ¡todos a una, Fuenteovejuna!; pandemia pura y dura, viral y, desgraciadamente, sin vacuna efectiva que sirva para contrarrestar el efecto de esa estúpida genética que, reunidos todos, dispara el poder de su estulticia hasta límites insospechados. Y este asunto, bromas aparte, tiene un importante daño colateral: tú, su prójimo.

Además, y para más inri, lo realizan de manera inconsciente, sin saberlo ni mucho menos ponerse a pensar en las consecuencias derivadas de sus "gestas". No les llega, no llegan. Huelga decir que ellos se consideran héroes; sin capa, pero héroes, aunque el mayor gesto de heroicidad haya sido bajar a comprar el pan en zapatillas de andar por casa o cruzar una avenida con el peatón (o lo que sea ahora) en rojo y sin coches a uno y otro lado de la vía. Es cuestión de colgarse una medalla, aunque sea de cartón o latón, y recopilar una batallita más para sus fieles lacayos, súbditos del peloteo fácil y la falsa sonrisa Profident, en cualquiera de sus habituales ágapes y pantagruélicas comilonas, de las que tiran de dietas o tarjeta sin fondo tipo black card, que retratan su opulencia al mismo tiempo que insinúan su bajeza moral.

Por eso, haz un uso diferente de la imposición estatal, esa de rabiosa actualidad que cursa invitaciones al distanciamiento social, para crear tu distancia social y evitar cualquiera de sus injerencias, insinuaciones y sigilosas aproximaciones. 

Están ahí; en ocasiones, veo y ves estúpidos, a tu diestra o siniestra, de pie o sentados. No les infravalores, no les subestimes. No tienen fondo ni se toman un respiro. No pueden. El estúpido no ceja en el empeño. Es incansable, cansino, infatigable hasta el punto de llevar tu sentido común y lucidez al abismo de la extenuación, al deseo de pedir una tregua y enseñar tu bandera blanca.

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