La voz del lector

La fe del surtido de Cuétara

Ir detrás no significa seguir, mirar no es lo mismo que observar o leer puede implicar no entender. Todo depende de diferentes prismas, de distintas perspectivas, de esas que nos ofrece nuestra vida diaria en tantos y tan variopintos escenarios.

Hoy, en la homilía del padre Antonio, me quedé pensativo con la sentencia, la que da título a este artículo, vivida en primera persona por el sacerdote. Hablaba sobre elecciones o distinciones que podemos llegar a hacer en función de nuestros gustos o situaciones personales en un momento dado. Cosas de la arbitrariedad. Y, luego, está el azar, como popularizó Forrest Gump con su "la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar".

Les pongo en contexto sin especificar si la caja del surtido de Cuétara es la antigua, la nueva, la de 420 gramos, el surtido 800, la de X o Y variedades de galletas o cualquier otra sucedánea de marca blanca al uso. Da igual; lo mismo da que da lo mismo.

El caso tiene que ver con nuestra selección, exquisitez o definición en función de las ganas o gustos que, en un determinado momento, podamos tener. Aquí, de suerte, poca. Y, en todo ello, nuestra capacidad de sacrificio para satisfacción del prójimo nos hace ser más apreciados, más dignos de nuestras acciones y actitudes, más demoledores en el ejercicio de nuestra fe.

A veces, es indudable, nuestro sibaritismo culinario, estético, afectivo, social o del capricho que guía nuestros instintos resulta desmedido, imposible de domar, ante la exigencia de apetencias y el apetito que, particularmente en esta situación, nos ocupa. Porque, no lo vamos a negar, el surtido de Cuétara, otrora testigo de eventos o cafés especiales, estaba "tó' bueno", como dirían ahora los abusadores del "en plan".

Sin embargo, te daba opciones, pero tu "egoísmo" te conducía al bombón envuelto en papel brillante, a la "cuadrada" o a las "ricas", ambas más sugerentes, si cabe, por el fulgente y colorido envoltorio o la oriunda "napolitana" que animaba a su presta ingesta antes de que cualquier otro comensal se anticipara. Ley de vida y ley de surtido Cuétara, ¿o no?

También, había alguna otra huérfana carente de pretendiente. Lo de bailar con la más fea no distaba mucho de la desatención para con la "integral", la "tartaleta" o la "calada", asemejada a la celosía de cualquier enrejado o, peor incluso, los barrotes de una celda. La galleta, por sí misma, era una ejemplar muestra de disuasión, un tiro en el pie para unos gestores que, eso sí, daban una precoz nota de inclusividad. Si hay que decirlo, se dice y punto.

Pues este es el retrato de nuestra sociedad, de nosotros mismos, del cambio y la fluctuación que, según sople el viento, rige la veleta de nuestras voluntades, la toma de decisiones, la elección adecuada en un preciso momento o, por otro lado, una buena praxis en la que, coherentes y con sentido común, admitamos nuestra propia "inmolación" en pos de provocar alegrías ajenas y, ¿por qué no?, propias por ese servir para servir cuando somos conscientes de que hemos cumplido con el deber, consecuentes con nuestra fe, a pesar del atractivo bombón que reclama nuestro deseo y atención en el surtido en cuestión.

 

Raphael, apoteósico en Starlite

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