La voz del lector

Retrato al vivo de un caballero hispano en el I aniversario de su muerte

Juan de Adriaensens y Menocal, un hombre para la eternidad

Fotografía: Juan Dolcet Santos.
photo_camera Fotografía: Juan Dolcet Santos.

Llegado y consumado el fin de la vida y existencia, de uno de los más grandes hombres que yo he conocido, me preparo para dejar constancia en estos pergaminos, sobre los secretos testimonios, acerca de la oculta biografía desconocida, personalidad, carácter, psicología, rasgos, dones, rarezas, encantos, filias, fobias, virtudes, grandezas, miserias, errores y aciertos, que a lo largo de mi intensísima amistad junto al personaje, del cual he sido testigo directo de cuanto aquí describo y narro. Atesorando todos ellos, durante dos intensas y muy diferentes etapas.

Primero, durante los diecisiete años dados comprendidos entre 1987 a 2004. Si bien, tras la traumática ruptura de aquella amistad, seguí muy de cerca y en silencio sus pasos, a partir de nuestro exilio y separación mutua. Dado todo aquello, entre los años 2004 a 2021, fecha esta última, que comprenden su paulatino y lento declive, atardecer y muerte.

Tras su desaparición, muchas veces me hice estas preguntas: ¿Qué le habrá arrebatado la vida?, ¿Qué hizo sucumbir a un hombre, al cual yo jamás pensé ver perecer?, ¿Cuantos han sido sus angustias y sus miedos, al ver tan cercana e insalvable, como un fuerte aldabonazo sobre su destino, en afrontar la propia muerte?,¿Cuál sería el último pensamiento de su existencia humana?

Describir a la perfección a un hombre célebre llamado Juan de Adriaensens, es labor cuanto menos inabarcable, imposible, infinita e impracticable a todas luces. Adriaensens, era un hombre lleno de dudas y de angustias, refugiado en la belleza, que como bálsamo para su alma, le salvó y preservó de la implacable desesperación del mundo y la sociedad que lo envolvía. Y en la que le tocó vivir durante gran parte de la mitad del siglo XX, justo en tránsito al actual siglo XXI. Y en la que jamás, nunca, logró identificarse e implicarse en ella, por ningún modo.

A mi parecer, Adriaensens vivió en la época equivocada. Juan era un hombre pleno y esencialmente del Renacimiento, impuesto por la fuerza del destino, en un tiempo y un espacio que nunca fue el suyo. Y por ende, es uno de esos genios que la historia desubica en el cronos y regala cada vez más raramente. Muy de tarde en tarde. Amaba por encima de todo a la belleza, hasta fundirse con ella en un éxtasis. En estas horas que no pasan, Adriaensens es ya un espíritu libre. ¡Vive en la eternidad de los tiempos y vivirá para siempre por infinitas eternidades! En razón plena de la frase de Voltaire: “Cada hombre es una criatura del tiempo en el que vive y pocos son capaces de elevarse por encima de las ideas de su época”.

Indudablemente coexisten consigo mismo (1936-2021) dos Adriaensens. A mi juicio estaban delimitados en la propia persona indisolublemente. La personalidad que amaba su intimidad por encima de todo. Frente a aquella figura pública, que derrochaba sin contención ni recato, su indisciplinada e indomable libertad de juicio que tanto lo caracterizó, propalando públicamente las intimidades y vivencias de su pasado.

Gustaba descalzarse y acariciarse las plantas de sus pies, colocando una de sus piernas sobre su rodilla, y observar deleitándose con atracción serena, la belleza que encierran las piernas y los pies en los hombres. Su bello rostro, tras afeitarse, lo embadurnaba a diario con vaselina y tomaba desayunando colágeno de Ana María Lajusticia.

Marginado por el poder de la mafia imperante de la oligarquía de partidos políticos de turno en esta autodenominada falsa “democracia española” sin separación auténtica de poderes. Fue siempre crítico y contumaz adversario contra el poder constituido en fondo y forma, contra las cinco caras, de esta actual oligocracia, imperocracia, partitocracia, votocracia y cleptocracia. 

¿Pero quién era auténticamente este hombre? Adriaensens fue en esencia un humanista, sucesor legítimo de Giovanni Pico de la Mirandola. Fue un poeta enamorado de la elegancia y de la belleza de la luz inmersa en un sueño. Pocos sonetistas he conocido como él. Era la perfección hecha presencia, que rozaba casi lo divino. Adriaensens es un colosal de su oficio como pintor. Su elocuencia embriaga, y revirtió la prosa de su oratoria en sonetos poéticamente descriptivos. Primero lo inspiró la catedral de Burgos, que para él será por siempre, la más bella de todas, la emperatriz de las catedrales de Europa. Por lo menos, según sus palabras, es la más señera de todas: “como emblemáticas son sus torres, adornadas con dos esplendidas agujas, las dos únicas agujas gemelas de piedra calada, y auténticas de la arquitectura medieval”.  Cada soneto de Adriaensens, parece escrito con un fino pincel y no con una pluma o estilográfica. Dan la impresión de haber sido dibujados sobre un lienzo o una tabla y no escritos sobre un papel. Los detalles de los cuadros de este humanista, reviven el clasicismo y lo catapultan a la modernidad. 

 

Melómano sin parangón, historiador y biógrafo inagotable, orador sin par, tocado con el don divino de la palabra. Un hombre que hipnotizaba con su verbo, con el magnetismo de su voz sin igual, superado solamente por Encarna Sánchez. Comparable a las figuras de Federico García Sanchíz, Julio Anguita, Julián Marías, Blas Piñar, Antonio Garcia-Trevijano Forte y Miguel Ayuso Torres. Todo el mundo, quedaba prendado de su inconfundible timbre de voz, que parecía no salir solo de un transistor, si no de lo más profundo de su ser, envolviendo y hechizando a sus oyentes incondicionales, a sus camaradas de las ondas. Poliglota sin fin, defensor del arte hasta los confines de las latitudes más lejanas del orbe, protector a ultranza del patrimonio histórico y monumental sin fronteras, charlista-conferenciante, investigador travieso de la historia. En síntesis, Adriaensens es un personaje contradictorio y esencialmente de contrastes. Podía pasar en segundos de la serenidad y la ternura más adorable, a la beligerancia y el desasosiego más virulento. Juan era por tiempos cariñoso, algo infantil e inmaduro y caprichoso, de reflejos rápidos y a veces impulsivo, conservador y trasgresor. De ojos azules como los cielos que admiraba en La Mancha, y de corpórea complexión germánica. Fue un ser humano de suprema e infinita elegancia en las cuatro dimensiones. Gay de una inteligencia inagotable e indomable, defensor heroico de los derechos de los homosexuales.

Pintor del realismo poético, solía decir que: “...no hay nada peor que el realismo mal hecho…”. De formación academicista, se inspiró en el renacimiento-barroco, teniendo como ejemplo Venecia, Roma, grupos escultóricos, estudios de anatomía, canales, edificios, aldabas, zoomorfas y antropomorfas, ventanas, puertas, arcos, dinteles, columnatas partidas por un rayo invisible. No le agradaba el color verde y si el azul cobalto, le conmovía el rojo intenso de las amapolas. Sus obras encierran la perdurabilidad del tiempo detenido y viven y duermen para siempre en sus tablas. O al menos representan lo eterno que hay en nosotros, junto a sus escritos, novelas y poesías del lenguaje de lo inmarcesible. Estudioso inconforme, descubridor y observador de lo oculto en los tiempos del pasado. Yo lo denominaría como: “El gran relojero de la historia y del tiempo dormido”. Con una descomunal cultura, seria, firme y sin vuelta de hoja e incontestable a todas luces de la razón. 

Dominaba el castellano a la perfección, así como el francés y el inglés.

Admiraba el barroco enloquecido. Fue un excelente e inmejorable comensal y un anfitrión sin par. Su incontenible y ardiente amor por la poesía, daba cabida en el arco que oscila entre San Juan de la Cruz hasta Charles Baudelaire. Tenía el raro talento de captar, lo que muchos no llegan a captar. Admiró con respeto y devoción a Lope de Vega, Gracián, Azorín, Gabriel Miró, Gerardo Diego y a su tan amado Narciso de Estenaga. Contemplativo del silencio, solía esgrimir en ocasiones, la frase de Leonardo: “Donde no hay silencio, no hay entendimiento”.

En la otra orilla de su personalidad y carácter, se vislumbraba profundamente complejo y laberíntico.

Encontrábamos ante nosotros a un ser frágil y tímido, egocéntrico, soberbio, ampuloso, impetuoso, arrogante, rencoroso, déspota, vengativo, blasfemo, irreverente, irascible, elitista, clasista, a veces cruel y a la vez tirano. Custodio celosísimo de su vida íntima y castillo inexpugnable en sus sentimientos más profundos.

Contumaz enemigo del comunismo y de la iglesia católica. Combativo ateo que negó a Dios, pues a mi parecer, siempre le convino que Dios no existiera. Así como un declarado anti islamista a todas luces. En contra posición, hizo valer su integrismo pro sionista, el cual no conocía resquicio.

Defensor de la vida humana y antiabortista convencido. Defensor de los derechos fundamentales y de la vida sagrada del género humano desde su concepción. Custodio beligerante del auténtico bienestar y felicidad de los animales. Detestaba el futbol como deporte y lo combatía, mientras gustaba del rugbi y el futbol americano y sus deportistas fornidos y espartanos.

Denostaba sobre plano dirigir cualquier vehículo automóvil, pues siempre se negó a estudiar para obtener el carnet de conducir. Simpáticamente despistado, pues fueron cientos las gafas que perdió durante toda su vida, sin hacer constar las billeteras o carteras extraviadas con dinero en metálico, que olvidaba en medio de todas partes. Rechazaba por naturaleza los olores fuertes y los perfumes consistentes, por muy deliciosos y sutiles que fueran a su olfato, le colapsaban todas en extremo. De mirada altiva, arrogante y desafiante, nunca observaba por donde pisaba ni caminaba. Su talón de Aquiles fueron siempre los pasos de cebras al cruzar las calles, sin percatarse del constante peligro del tráfico rodante. Mutable y fácilmente influenciable en cuestiones intrascendentes. Chismoso sin contención ni recato. Embajador de la que él mismo denominaba con desdén, como: “prensa de coñazón”, pues conocía la vida pública y privada de todo el mundo. Germanófilo sin par y europeísta a pies juntillas. De lengua malévola, sádica, viperina y afilada frente a sus enemigos a batir. Fue inmisericorde e implacable contra los que consideró sus adversarios. Utilizó cobardemente la alta tribuna de la radio, siempre en beneficio propio y para fustigar atacando implacablemente a sus selectivas ex amistades por él “señaladas”. Todo ello, con el regalo envenenado de la distorsión de los hechos, manipulación de la verdad y el embuste solapado con la complicidad silenciosa de Onda Cero. Gustaba del buen yantar, los grandes manjares y el arte culinario, rozando la glotonería hasta desembocar en el paroxismo. La gula, fue sin duda su pecado capital-principal, acompañado de la lujuria, avaricia, pereza, ira, envidia y esencialmente la soberbia. Guardaba cierto parecido físico y analogía de esencias coincidentes, con el personaje de Sir Humphrey Pengallan, interpretado magistralmente por Charles Laughton, en la película La Posada Jamaica, rodada en 1939, bajo la dirección de Alfred Hitchcock.

Hombre redondo en una mente cuadrada. Mordaz, capcioso, desconfiado, iracundo, introspectivo, rencoroso, audaz, metódico, egoísta, traicionero y pendenciero. Se indignaba constantemente, dado a su profunda y escondida cosmogonía y maraña de traumas, odios y sus fobias inabarcables e incontenibles.

El Teniente General Manuel Gutiérrez Mellado, salvó su vida cuando era entonces agregado militar de la embajada de su padre. Burlando así milagrosamente a una irrevocable parálisis, ante una grave poliomielitis, que le dejó serias secuelas desde niño.

En los años noventa, un cáncer de tiroides lo puso en jaque, desde entonces engordó notablemente, al serles extirpadas las glándulas. A partir de ese tiempo, el menisco de su pierna derecha comenzó a darle problemas, debido a su continuo sobrepeso.

Alérgico al tomate, en alguna ocasión, su imprudencia comiendo este fruto, nos dio algún que otro susto y contratiempo en su salud, durante nuestros incontables viajes por el mundo.

Su caligrafía era a veces indescifrable, a gusto y empeño de su creador. Gustaba escribir con bolígrafos de colores azul y negro, sobre cuadernos de cuadriculas pequeñas o lineales. Detestaba los abalorios y los anillos. Solía pasear con las manos cogidas atrás sobre la espalda. Amaba a los animales y le perseguían los gatos en cualquier lugar donde su presencia imponía paz y sosiego. Tuvo en su casa dos hamters, a los que llamó Opa y Lina (Opalina). Su sueño era tener una casa de campo con muchos bichos. Le gustaban las cabras y los curieles (especies de cobayas).

Fue un todoterreno entre la ciudad y el campo abierto. Con título de dandy del asfalto. Le encantaban los lichees y los profiteroles en los restaurantes chinos. Detestaba el café y su aroma.

Nuestro inmortal humanista, nació en La Habana (Cuba) el 3 de abril de 1936, abriendo sus ojos en las primeras luces del alba de aquel día. Hijo del diplomático y Ministro Plenipotenciario español Juan-Manuel de Adriaensens y García-Vidal  (1901-1977) y de la ilustre dama cubana Silvia Menocal Valdés-Faulí (1912-1975). 

Del matrimonio nacieron dos hijos, una niña llamada María del Carmen y otro varón cuyo nombre nos parece más prudente y piadoso ocultar, de cuya temprana, accidentada y trágica muerte de su hermano pequeño, siempre le culpó y responsabilizó de ella, muy cruelmente, su propia madre.

Nuestros viajes por el mundo fueron épicos, memorables e indescriptibles. Sin duda, nos dolieron nuestros ojos de contemplar tanta belleza. ¡Juan amaba la belleza hasta zambullirse y fundirse con ella! Recorrimos en automóvil toda Europa, junto a su pareja y amor de su vida Pedro-Antonio del Valle Vilardell. Descubrimos juntos latitudes sin par, inigualables, como el Castillo del Rey Loco, Monasterio de Maulbronn, Palacios de Brussal, Aachen, Essen, Condom, Rocamador, Köln, Berlin, Frankfurt, Heidelberg, Rottweil, Düsseldoorf, Freiburg, Eberbach Kloster, Pau, Antwerpen, Brugge, Gante, Bruxelles, Worms, Périgueux, Braga, Oporto, Lisboa, London, Biarrit, San Juan de Luz, Arcachon, Bordeaux, Auch, Strasbourg, Menzt, Dresden, Stuttgart, Roma, Venezia, Milano, Napoli, Troyes, Limoges, Poitiers, Nantes, Rennes, Amiens, Rouen, Lille, Lyon, Paris… y tantas latitudes infinitas e incontables por todo el orbe, hasta dar juntos, Juan, Pedro y este biógrafo, la vuelta al mundo seis veces desde 1987 a 2004.

La última vez que vi con vida a Juan de Adriaensens, fue aquel luminoso 28 de noviembre de 2017, exactamente a las 14:48 horas. Aconteció aquel hecho, en la ciudad de Málaga, en la plaza-calle Alcazavilla, justo en derredor de la terraza del restaurante “El Pimpi”. Estaba yo sentado a escasos tres metros de distancia de él. Se encontraba solo y terminando de almorzar. Fueron tal vez quince minutos o media hora, nada más, en los cuales, Juani ni se percató de mi cercana presencia. Me encontraba a la espera de un frugal almuerzo y en compañía de mi pareja, así como de mi gatito Raspu.

Mi gran amigo José-Carlos Tocados, encargado jefe del restaurante “El Pimpi” –como siempre- nos invitaba en muestra de su preciada generosidad, a almorzar en aquel señero restaurante. Allí contemplé en aquella ocasión con vida, y por última vez, con todo su vigor y plenitud a Juan de Adriaensens. Sin yo saberlo ni presagiarlo, me despedía conmovido del gran amigo. Mientras al levantarse él de la mesa-velador, se alejaba lentamente aquella imponente y elegante figura, desvaneciéndose y desapareciendo para siempre de mi vista, fundiéndose su presencia, sobre el incomparable escenario y espectáculo pétreo, de las ruinas del Teatro Romano de Málaga, vencidas y derrotadas por el tiempo, pero alzadas impetuosas ante el género de los mortales.

Algún día, cuando nos alcance el tiempo, quizás volvamos a encontrarnos, y a ambos le llegarán mi voz, con el viento. Y nos sentaremos los tres frente a frente. Y volveremos a emprender nuestro último viaje, para  ir juntos a la frontera de lo eterno.

Juan de Adriaensens y Menocal, falleció en la novena planta del Hospital Universitario de La Princesa, el sábado 7 de agosto de 2021, muy cerca de su hogar y domicilio donde vivió muchísimos años en la madrileña calle Castelló 91.

Por último, deseaba señalar a modo de confesión, el fuerte impacto que me causó, hasta no poder contener las lágrimas, al sustentar emocionado con mis manos en el dormitorio de lo que fue su casa, el ánfora conteniendo en su interior sus propias cenizas, y leer en silencio, una pequeña placa grabada en el exterior, donde se podía leer: JUAN DE ADRIAENSENS Y MENOCAL 3-4-1936    7-8-2021. Recordando ahora y colocando a propósito en este aniversario, con todo mi amor y respeto, sus mismas palabras en este homenaje. Cuando tras su visita en Oña al Panteón Real,  dijo conmovido y sobrecogido lo siguiente: ¡Después de contemplar en lo queda reducida la grandeza humana!

Al cumplirse hoy 7 de agosto de 2022, un año exacto de su muerte, he creído oportuno y justo, dar testimonio veraz y real mediante mi juicio y en gratitud por todo lo que le debo, a quien dejó profundas huellas y me cinceló a dulce golpe de maza y buril, sobre aquel joven mármol, alterando los materiales brutos, para darle a mi espíritu tal noble perfección formal, que en su momento no me reconocí ni a mí mismo.

Este historiador tuvo el irrevocable privilegio, de haber conocido en auténtica amistad durante décadas, a una leyenda que estuvo a mi lado, y lo vi pasar en mi camino.

Que el áureo laurel de la victoria ciña tu frente, que Apolo y Alfeo te cubran con la túnica de la grandeza, mientras Zeus y Ganimedes te ofrezcan la copa de la inmortalidad, bendecida en el Olimpo para tan grande mortal.  VIVAS IN PACE IOANNES SEMPER ETERNVM.

Liberto López de la Franca y Gallego.

Presidente del Consejo General de las Reales Academias e Institutos de España.

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