La voz del lector

La muerte de Séneca

'La muerte de Séneca', de Manuel Rodríguez Sánchez (Museo del Prado).
photo_camera'La muerte de Séneca', de Manuel Rodríguez Sánchez (Museo del Prado).

En la Antigua Roma, el suicido suponía una vía de escape frente a la ignominia del ajusticiamiento. Quitándose la vida, uno aun podía conservar su honor. Fueron muchos los ilustres ciudadanos romanos que, en un arrebato de dignidad, opusieron al poder omnímodo de los césares la digna actitud de quien muere por una causa justa.  De entre todas estas víctimas del poder, sobresale nuestro compatriota Séneca, muerto a raíz de los desvaríos de Nerón.

Esta concepción pagana del suicidio se desvaneció con la llegada del cristianismo. La Iglesia reforzó como nadie los eternos reparos morales frente al suicidio.  Durante la Edad Media, aquellos que se habían quitado la vida no eran dignos de descansar en suelo sagrado. A ellos (y a sus pecados) se les enterraba fuera del cementerio, alejados de las iglesias y olvidados por Dios. Todo un oprobio para la familia del difunto, y una advertencia para los que aun penaban en este valle de lágrimas.

Pero el curso de la historia nunca se detiene, y las viejas catedrales góticas contemplaron impotentes la llegada de un tiempo nuevo. Los renovados vientos de la modernidad alejaron la culpa y el pecado de las vidas de los hombres. Una nueva visión, más ilustrada, más optimista, se abrió paso. La existencia terrenal ya no era la antesala de una vida más dichosa, sino un campo de oportunidades en el que el hombre podía realizarse plenamente, alcanzando con su libertad la perfección que cruelmente le había negado la Iglesia. No necesitábamos a Dios, nos bastaba con nosotros mismos. Paradójicamente, a este entrañable sueño de la razón le siguieron dos monstruos de naturaleza irracional: el comunismo y el fascismo. Goya, elevado a los altares como un profeta moderno.

Ni siquiera las dos guerras mundiales despertaron al hombre de su sueño-pesadilla. Tras un paréntesis reparador, nuevos monstruos se adueñaron de las mentes humanas, alentados por la sinrazón de una razón sin Dios. Como consecuencia de las revueltas del 68, las utopías-distopías pasaron a constituir el principal pasatiempo del hombre moderno. Entre Netflix y Telecinco, mis correligionarios claman por un mundo sin ricos, se manifiestan por un mundo sin hombres, e incluso se atreven a desear un mundo sin carnívoros. De entre todas estas ilusiones, hay una que destaca especialmente. Creyendo perseguir un nuevo propósito, los hombres modernos corren detrás de la aspiración más antigua de todas: un mundo sin sufrimiento.

Y es así como llegamos hasta el presente día de hoy. Y es que hoy, 11 de febrero de 2020, los diputados españoles acompañarán con un estruendoso aplauso la enésima muerte de la libertad. Hoy se aprueba en España una ley que despenaliza la eutanasia. El PSOE, paradójicamente, se basa en el derecho a la vida para regular el derecho a la muerte. A mi parecer, el Partido Socialista comparte con Oscar Wilde y otros poetas modernos un afán desmedido por las paradojas. Ya les denegaron a los bebés la libertad de nacer en nombre de la libertad de las madres que querían impedirlo. Ya les denegaron a los padres la libertad de educar libremente a sus hijos en nombre de la libertad de los hijos para ser educados en la “diversidad”.

Hoy, basándose en el concepto de dignidad humana recogido por la Constitución española, el Congreso otorgará a los ciudadanos el poder absoluto sobre sus propias vidas. La libertad humana corre ya a ocupar el puesto que le corresponde entre los dioses de nuestra era.

El argumento que se esgrime, convenientemente adaptado a la mentalidad del hombre moderno, es prácticamente irrebatible: no se debe obligar a una persona a sufrir en contra de su voluntad. Su brutal sencillez, su imbatible didáctica, confieren a este argumento una fuerza descomunal. Preocupados por si Cristofer abandonará definitivamente a Estefanía, sumergidos en los desvelos de los concursantes de Operación Triunfo, los españoles apenas tendrán tiempo de posar brevemente su mirada en el Congreso de los Diputados. Cuando lo hagan, llorarán con los conmovedores casos de enfermos terminales que aparecerán en la televisión quejándose de que no se les permite morir, y se preguntarán estupefactos como nadie hasta ahora había puesto solución a este grave problema. Aplaudirán la aprobación de esta ley con un sentimiento de satisfacción, “ya hay menos sufrimiento en el mundo”, pensarán. Y volverán a la “Isla de las Tentaciones”.

La sociedad ignorará a esa minoría irredenta de españoles empeñada siempre en aguar su fiesta sentimentaloide. De nada servirá objetar que los países que ya practican la eutanasia se encuentran sumergidos desde hace mucho tiempo en una espiral de inmoralidad, con niñas de trece años utilizando la ley de la eutanasia para suicidarse, con ancianos que huyen del país por temor a ser asesinados, con familias que presionan a los médicos para que maten legalmente a su familiar enfermo.

Tampoco se oirán las voces de aquellos que se preguntan quién será el que defina hasta qué punto el dolor y el sufrimiento de un paciente concreto pueden justificar la práctica de la eutanasia ¿Quién decidirá si un paciente se ve aquejado por un “sufrimiento insoportable” que pueda justificar su muerte o si, por el contrario, su dolor no es tan extremo como para que se le aplique la eutanasia? En una sociedad relativista como la nuestra, sin valores absolutos, cada paciente acabará decidiendo sobre la medida de su propio sufrimiento. No nos ha de extrañar por otra parte, ¿Qué hay más subjetivo que el dolor? Así, nos encontraremos con casos de enfermos de depresión solicitando la eutanasia a causa de su sufrimiento. Ante esta previsible situación, me planteo una pregunta: ¿le negará el PSOE a un enfermo de depresión la posibilidad de acabar con su sufrimiento?

Se acallará también a los que argumentan que la legalización de la eutanasia puede conllevar un empeoramiento de los cuidados paliativos, y una drástica rebaja en el presupuesto destinado a la investigación de enfermedades terminales. Y se silenciará a todos los que dicen que una sociedad verdaderamente civilizada no puede remediar las enfermedades dejando que los enfermos se suiciden.

Habrá quienes argumenten que, al hacer depender la dignidad de la libertad y de la autonomía, estamos negando implícitamente la dignidad a todos aquellos que no disponen de autonomía. También serán ignorados o acallados. Que nada arruine la fiesta sentimentaloide, que nada acalle el delirio.

Existe aún un último argumento de peso a ignorar. Algunas personas, con gran osadía, aducirán que la dignidad de cada ser humano no deriva del reconocimiento constitucional de este principio, sino de la propia naturaleza trascendente del hombre. Esté o no reconocida por el ordenamiento jurídico y por sus correligionarios, todo ser humano tiene una dignidad que no emana de él o de otras personas, sino que emana de Dios. Pero hace mucho tiempo que los españoles se olvidaron del Dios universal, ahora solo creen en sus deidades particulares, que, al estar modeladas a medida, resultan mucho más cómodas.

Los españoles conseguirán acallar todas estas críticas con una facilidad pasmosa. La ley se aprobará, respaldada por los grandes poderes del estado. Y dentro de unos meses, nadie recordará ya el día en que, emulando a Séneca, España se suicidó.

Julio Romano

Estudiante de Derecho y Estudios Internacionales de la Universidad Carlos III

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