La voz del lector

Lost in translation

El juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena.
photo_cameraEl juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena.

No es que haya sido adicto al cine pero, tras descubrir a Begoña Hepburn en la reciente versión estival de The African Queen y rendirle el tributo que nuestra enchufadísima primera dama se merece, me estoy aficionando y, al mismo tiempo, voy descubriendo cómo funciona esto de las millonarias subvenciones al cine patrio que, por cierto, pagáis por partida doble con vuestros impuestos y, posteriormente, asistencia. 

Con la mía, desde luego, no. Prometo mi ausencia. Admito, eso sí, mi sometimiento a la extraordinaria y generosa dádiva que nuestro Estado, como si de una propinilla se tratase, da a estos "tan españoles", cuando les conviene, representantes de nuestro séptimo arte.

Pero reminiscencias "amenabarianas" aparte, por la próxima ficción de "Mientras dure la guerra" del oscarizado y también subvencionado director, hoy me voy a detener en Lost in Translation, cuya traducción omito por defecto profesional, debido al ingente e inacabado cúmulo de despropósitos ministeriales y gubernamentales de los últimos meses. ¡Ay! ¡Los idiomas...y su traducción, interpretación o tergiversación! ¡Qué cruz!

Aunque por lo demostrado en estos cargos, tampoco hace falta hablar otro idioma para malinterpretar o desdecirse de testimonios previos. Por desgracia, con el español, nos basta. Algunos y algunas, que no me olvido de ellas, son capaces de mostrar sus lagunas y carencias de manera ostensible. Además, en modo reincidente. Hacer el ridículo es gratuito y rectificar no es sólo de sabios; de ignorantes (¿e "ignorantas"?), también. Como muestra, la incongruencia de Carmen Calvo respecto al apoyo judicial de España al juez Llarena. Donde dije digo, digo Diego. Pedro, adicto al Falcon y al Super Puma, manda. Cuestión de altura y despropósitos. A veces con la altitud por medio; otras, con exhumaciones. Arriba y abajo.

En un ejercicio regresivo y de rabiosa actualidad, tampoco puedo evitar jactarme de la demanda civil del prófugo Puigdemont contra el juez Pablo Llarena; esa firmada por Gonzalo Boye, el letrado originalmente chileno y ahora, ¡albricias!, español. ¿Qué tendrá España que atrae a tanta ralea de otros países, se les acoge y, luego, desprecian a la nueva y generosa madre adoptiva? De risa. Además, por partida doble: la demanda y la nacionalización del abogado.

Sin embargo, en el caso que nos ocupa, no es de extrañar su acogida visto un curriculum delictivo en el que destacan, por decir algo, sus "veniales" pinitos con el MIR o ETA y su paso por chirona. "Señoría, nada más que añadir". Ya sabemos aquello de "Dios los cría y ellos se juntan" o, por otro lado, la aparente y habitual necesidad de nuestro país para convertir a los villanos en héroes. Un vistazo a las poltronas y pasillos de poder es más que suficiente para sacarnos de dudas.

Y no sé si reírme en modo condicional o aseverativo. O llorar. O ponerme con la traducción de marras. Ya sabes, "si" o "sí". O, tal vez, preguntar a la traductora de la demanda a la que, como a Magdalena Valerio, nuestra Ministra de Trabajo, le han querido meter el gol por la escuadra. La traductora, al parecer, ha estado más ávida que la "buenista", que no "racista", ministra. Ésta parecía estar poco rodada y con poco tiempo hasta para echar un vistazo al BOE a principios de agosto. Cosas de la pretemporada, los pareos, la playa o los calores del verano, que son tan incómodos como un sindicato de prostitutas para un gobierno, puño en alto, tan feminista.

Magdalena Valerio.

O incómoda como Concepción Pascual, la directora de Trabajo, que se ha marcado un Schettino o, paradójicamente por el cargo, le han puesto de patitas en la calle por su sindicalista atrevimiento. Aunque ya que estamos con traducciones y definiciones terminológicas, tampoco está de más recordar a la "buena" de Magdalena la diferencia entre ser bueno y cumplir las leyes o defender las fronteras, las nuestras y las de una Europa a la deriva en esta y tantas otras cuestiones. Así nos va.

La ingenuidad de estos villanos no parece tener límites en otro, el enésimo, ejemplo práctico de extorsión, mentira y ficción que, sacado de su chistera independentista, venden como humo a sus adeptos en Cataluña y más allá de los Pirineos. Allí, Bélgica parece haberse erigido en refugio y víctima propiciatoria de sus ficticias pretensiones además de escondite de rebeldes, raperos y malversadores. 

Los enrevesados y barriobajeros subterfugios de estos "héroes" constituyen una prueba irrefutable para que, dando ejemplo de una buena praxis y a través del cumplimiento del artículo 84, el Estatuto General de la Abogacía sancione e, incluso, suspenda o expulse al ex-convicto de su colegio profesional. Simple y llanamente, cortar por lo sano. La bromita puede costar a España algo más de medio millón de euros después de una deliberada manipulación del testimonio del juez Llarena. Ya que estamos con despilfarros, otro más gracias a la "ofensa" del independentismo con el beneplácito y acogida de la Justicia belga.

En fin, como en Lost in Translation, nos quedaremos con esa aureola de misterio de la conversación final entre Bob (Bill Murray) y Charlotte (Scarlet Johansson) en las calles de Tokio. Los asuntos de importancia en estos lares, sin resolver. Se siguen aceptando apuestas sobre ese diálogo, como ese que tanto añoramos entre nuestras fuerzas políticas cuando el impositivo y manipulado "sí" del villano en fuga y su letrado es capaz de coaccionar el "si" condicional de un juez español, garante de nuestras leyes, ante la justicia de otro país.

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