La voz del lector

Nosotros y “nosotros”

Nosotros.
photo_cameraNosotros.

Nosotros. Ya no somos los mismos, aquellos que, hace meses, gozábamos de situaciones, experiencias, encuentros o sentimientos que formaban parte de nuestra cotidianeidad. Algo ha cambiado. Todo ha cambiado. Y no hemos salido reforzados, mejores personas y tal y tal y tal. ¡No! No lo creas, no les creas. Te contaron esa milonga, pero era para idealizar el momento futuro y concebir esperanzas. De ilusiones se vive y de ellas, el embaucador hace su negocio mientras aglutina sus votos.

Ya no compartes ascensor con el vecino o, como mucho, preguntas si no le incomoda. O te lo pregunta él. Estamos bien instruidos. De hecho, ni siquiera puedes usarlo en lugares públicos con escaleras mecánicas. Prueba, prueba. A patita. ¡Un, dos, un, dos!  

Del pensamiento único se pasa a los hechos impuestos (vigilados y geolocalizados), al movimiento perseguido, al reconocimiento facial comprobado, a la obligación exigida por "su" nueva normalidad, esa en la que abundan las cloacas de diferente olor u origen. Es parte del ritual, del adoctrinamiento, de detalles y reglas que consolidan los dictados del NOM, ese nuevo orden mundial cuyo acrónimo es tan demoledoramente global que contiene la tremenda fuerza que echan de menos los poseedores de otros acrónimos, desde la sonrojante OMS hasta la decrépita UE, pasando por el tambaleante FMI o los "desaparecidos" sindicatos y beligerantes partidos políticos. Sus siglas han llevado a la orfandad a algunas de las letras contenidas. No hay salud, unión, fondos, trabajadores u obreras, por ejemplo. Sabes de lo que hablo.

Tampoco das abrazos, besos o, incluso, chocas los cinco con el amigo habitual. Te lo piensas dos veces con tus hijos, tu pareja o tu madre postrada en la cama de un hospital. El codo, el codito, y una sonrisa burlona de complicidad bastan para correr un tupido velo por la otrora cálida y cordial muestra de afecto y saludo. La desafección en las relaciones y la falta de interacción social siguen su curso con las velas de la deshumanización desplegadas. El proceso no puede parar. 

Si hay que plegar algo o a alguien, tú eres el objetivo. Y te has plegado, te han doblegado e, incluso, algunos hincan la rodilla en el suelo en señal de sumisión, cumpliendo con eslóganes "chupiguays" y #hashtags alimentados con una cierta e interpretable dosis de provocación que genera crispación y fracción social, los ingredientes del cóctel que agita el avispero.

Todo está pensado, bien pensado. Divide et impera. Divide y vencerás. Todo forma parte del proceso de sumisión para revertir lo que tenías, lo que vivías, aquello con lo que disfrutabas y, ahora, echas de menos. Ya no se estila, no es del agrado de los nuevos regidores que mueven los hilos de tu vida y tú, con los ojos abiertos, sigues sin darte cuenta del fraude y la mentira que, de la mano, circulan con el infame salvoconducto de la manipulación.

Y, bajo este nuevo prisma, he recordado otro "Nosotros", el We de Zamyatin, una obra aguda y perspicaz que moldea, trabaja y juega con la imaginación de un lector al que se le traslada a una situación ficticia y revolucionaria tras la llegada del Estado Único. Lo del Estado Único, ¿te suena?

Se ha escrito y, de hecho, he escrito sobre el gran Orwell y su aclamada 1984, pero hemos de echar la vista atrás para encontrar el origen de su distopía, una novela, como él mismo reconoció, que bebió de la del escritor soviético Yevgeny Zamyatin. Al César lo que es del César y Orwell, seguramente, no habría escrito su 1984 sin esa Musa e inspiración soviética de décadas antes. Pongo la mano en el fuego y no me quemo.

El estilo de Zamyatin se caracteriza por su tono cortante, el detalle surrealista, la mezcla de lo satírico, irónico y futurista que, en conjunto, configuran el diario de un narrador protagonista, D-503 (el Winston Smith de 1984), a la hora de evocar y anticipar las líneas principales de un espectacular estado definido por la evolución tecnológica, el servilismo o la dedicación y confianza absoluta al Estado Único. Éste es un paraíso de cristal compuesto de habitantes que son números en lugar de personas y regido por unos horarios predeterminados para la uniformidad de unas actividades en las que la felicidad parece una idealizada propuesta geométrica. El mundo se ve sometido al Benefactor, el Bienhechor, que junto a su guardia pretoriana, los Guardians, espían y controlan las acciones cotidianas que se llevan a cabo en los apartamentos de cristal. Ahora no podrás negar que tu realidad, nuestra cruda realidad, se asemeja a lo que te estoy contando.

Y toda esa perspectiva tecnológica y científica se ve alterada cuando D-503 se encuentra con un preocupante teorema que va a sacudir las leyes de su universo al enamorarse de I-330 y, craso error, fugarse al Mundo Verde, a su primitivo pasado. Obviamente, hay que correr riesgos. Es lo que tiene esa distancia social que nos aboca al distanciamiento interpersonal y a la deshumanización salvo, eso sí, si acudes a la bancada progre del Congreso y, porque tú lo vales o lo impone el ego del "Bienhechor", te pasas las normas, las pactadas y las que predicas, por el Arco del Triunfo.

Tras su captura, D-503 es rehabilitado hasta el punto de convertirse en impasible espectador de la tortura de su amada. Aquí, no hay habitación 101 como en 1984, pero tampoco lugar para la rebelión. Los sentimientos también han desaparecido. Son cosa del pasado. Cualquier ser que se deje llevar por ese estado de rebeldía encuentra la respuesta de una cirugía exclusiva que se encarga de extirpar la parte del cerebro relacionada con la pasión, la creatividad y la originalidad.

El objetivo primordial del Estado es conseguir una igualdad capaz de desfigurar y despreciar la belleza o el arte. Ambos se consideran herejes en un lugar donde el individualismo o la disidencia pueden estigmatizarte y distinguirte del resto infringiendo el principio de igualdad. 

Los ciudadanos de We se consideran componentes de la impresionante e infalible máquina del Estado y, por otro lado, se les insta a comportarse como tal para evitar las posibilidades de fracaso dentro de ese sistema.

We es fiel reflejo de la obsesión por los datos, las cifras, la investigación matemática como herramientas para revelar los misterios de la sociedad y la historia. Por otro lado, es testigo de una revolución que está en todas partes, en todo lo que nos rodea. No hay revolución final ni un número final. La revolución social es simplemente un número infinito de números y sus leyes no son sociales, sino algo más grandioso. 

Hay una ley universal, cósmica, como aquellas que se aprueban para conservar o derrochar la energía y, en el futuro, se impondrá una ley de la revolución con una fórmula matemática a través de la cual se expresarán las naciones, clases o estrellas como cantidades numéricas.

En el presente, en nuestro día a día, nuestro objetivo se centra en retornar al camino ya explorado, al que el Mundo Verde de la novela nos enseñó en facetas económicas, profesionales, sociales o de una historia que, visto lo visto y lo que está por ver, añoramos sin condiciones, sin pedir nada a cambio, sino el recuerdo de todo aquello que fue, de lo que pasó, de lo que vivimos, de lo que Nosotros, tú y yo, alguna vez llegamos a ser sus protagonistas.

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