La voz del lector

Nuestra raza aún no ha muerto

José Pérez Recena.
photo_camera José Pérez Recena.

"La primera justicia es la conciencia", escribió Víctor Hugo y ambas; justicia y conciencia, ecuánime una y tranquila la otra, acompañan al teniente coronel D. José Antonio Pérez Recena en la Misa de Campaña del acuartelamiento de Montejaque.

Es su despedida de este mundo terrenal antes de alcanzar el banderín de enganche de la puerta del V Tercio, imaginario punto de encuentro que aúna recuerdos y nostalgia de todos los "legías", independientemente de su condición y clase, para engrosar sus banderas celestiales con bravos y valerosos soldados de España, de la Patria que les vio nacer y por la que dieron su sangre e, incluso, su propia vida.

Y este último tránsito en el tortuoso camino de nuestro "tecol" no ha estado exento del mal de la enfermedad, ni de trampas, ardides o engaños. Sin fuego real, paradójicamente, los enfrentamientos no han cesado; los enemigos, tampoco. Aunque en La Legión no hay dolor y el legionario está curtido de fatiga, hambre o falta de sueño. Para eso, el dictado y cumplimiento de los espíritus de un Credo Legionario inspirado en el Bushido del japonés Nitobe.

José Pérez Recena.

A las pruebas podemos remitirnos en lo referente a la distraída y caprichosa presencia del mal, de un odio y sectarismo que, con la cobertura de la tibieza y complicidad de unos regidores y legisladores, han ido sucumbiendo ante la temeraria ofensiva emprendida por nuestro jefe. El resultado, demoledor, con numerosas y favorables sentencias judiciales en un cuerpo a cuerpo de gran dosis de justicia poética para mantener el pulso ante la infamia oficial contra La Legión y sus fundadores, desde el general Millán-Astray hasta el comandante Franco.

Ha sido un combate desigual, una lucha sin cuartel y sin tregua, una trepidante incursión, una aproximación a una vanguardia en la que la bandera de la verdad histórica ha sido digna y honradamente enarbolada por Recena, "Pepe Comando", y los que, legionariamente convencidos, se adhirieron a una causa justa, una razón de peso y a su Credo Legionario, a esa verdad histórica que requería el estilo, las formas, el carisma, el empuje y la acometividad de un caballero forjado en cuna legionaria. El inexorable paso del tiempo puso a cada uno en su sitio de la misma manera que dio y quitó razones.

José Pérez Recena.

Todos estos ingredientes forman parte de la vida; todos nos acompañan y nos trasladan al más allá a través de la Muerte, esa fiel y leal compañera que, tentadora y zalamera, sabe cuándo llevarte a su terreno a pesar de haberte dado toda una vida de ventaja. Se dice pronto, pero siempre tiene las de ganar en ese último envite; siempre está próxima y presente en ese tu último aliento, como cuando las balas del francotirador merodean tus movimientos en Bosnia, Kosovo o cualquier otra misión en Irak o Afganistán a sabiendas de que puede ser el último día de tu vida.

Sin embargo, hablaba de justicia y conciencia y, ciertamente, nuestro teniente coronel está rindiendo cuentas ante el Cristo de la Buena Muerte con una soberbia carta de presentación refrendada por sus hechos mientras, de reojo, controla el desvanecimiento de esa trama histórica y oscura que oprime a España, esa que se ha ido desvaneciendo frente a la evocadora bruma celeste que, desde el Cielo, le envía nuestro padre y fundador legionario. 

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Es el final en un atípico agosto, caluroso y ahora frío por la temperatura y el virus; es el final en un inicio de septiembre de un no menos atípico año, además de trágico y cruel, que en unas semanas iba a culminar con el inicio de las celebraciones del Centenario de La Legión.

José Pérez Recena.

Los fastos legionarios, por las circunstancias, no tendrán el merecido y deseado esplendor. Aquella bruma terrenal oscura, disfrazada ahora de pandemia, sigue cubriendo el devenir de nuestras vidas, las decisiones que tomamos, los pensamientos que tenemos, las reflexiones que hacemos. Pero, desde la primera línea de la formación de ese Tercio de las Alturas, el arrojo de nuestra raza de leones volverá a inocularse entre el verde sarga legionario y chapiris con borla al viento. 

Y será tras oír una orden con voz profunda, ronca y decidida, la de nuestro teniente coronel Recena, que, atendiendo a Millán-Astray, mandará su más enérgico grito para que el mundo entero sepa que, a pesar de que las campanas doblan pausadas, aún hay una Legión centenaria, aquella raza de valientes que ensalzaba Valenzuela, capaz de acallar las voces infames y discordantes con nuestra sagrada, admirada y venerada Historia.

José Pérez Recena.

Teniente Coronel Recena, in memoriam.

Doblad, campanas, a gloria

porque ha muerto un Legionario.

Toca a gloria, campanario,

sube al cielo esta oración.

Doblad, campanas, a gloria y, arrulladas por el viento,

suene a gloria vuestro acento

para honrar a La Legión.

Decidle al mundo, campanas,

que avanzando hacia la muerte,

cayó luchando el más fuerte,

el más bravo gladiador.

Y que aquellos que le siguen,

superándose a porfía,

son más bravos todavía,

y es el último el mejor.

Doblad, campanas, a gloria,

cuando muera un Legionario.

Toca a gloria, campanario, para honrar a La Legión.

Que estos bravos Caballeros

tienen todos en su historia

la más noble ejecutoria

y el más bravo corazón.

Que esta raza de leones,

porque ha muerto un Legionario,

y de hidalgos Caballeros,

orgullosos y altaneros,

saben todos sucumbir.

Y, así, el último que muere

ya es más grande ante la historia

porque muere con más gloria

que el que acaba de morir.

Cada pecho legionario

tiene siempre más firmeza,

más valor y más grandeza,

y es más fuerte al pelear.

No podría el mundo entero

contener su bizarría.

Más heroica altanería

no podría el mundo hallar.

Doblad, campanas, a gloria,

cuando muera un Legionario.

Toca a gloria, campanario, sube al cielo esta oración.

Llore el mundo al escucharte,

y que diga arrodillado.

Hoy perdí al mejor soldado...

Gloria, gloria a La Legión!

José Pérez Recena.

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