La voz del lector

Padre Huidobro, camino a la beatificación

Padre Huidobro, capellán de la Legión.
photo_camera Padre Huidobro, capellán de la Legión.

"La muerte fue instantánea. Fue el beso supremo y encendido de su Dios, encerrado en las entrañas de acero de un proyectil rojo del 12/40 [...] Había dejado ya de ser un héroe en la tierra, pero había entrado a formar parte de los héroes en el Cielo." De esta forma definía el padre jesuita Rafael Valdés el trágico final del padre Fernando Huidobro, capellán legionario de la IV Bandera "Cristo de Lepanto", en los combates de aquel lejano domingo 11 de abril de 1937. 

La verdad prevalece; los héroes, también. Y hoy, justo 83 años después, mucho más de la mano de una Legión centenaria que, oficiosamente, le considera santo de su devoción cuando vienen mal dadas. Y, por "traditio" y oficio, recurrir a la protección y el favor del padre Huidobro suele ser habitual. Como dice un buen amigo mío, "los legionarios somos de mucho rezar y mucho pecar."

Sin embargo, existe la figura antagónica, la del anti-héroe alimentado de falacia, atiborrado de propaganda que, como para otros vividores del cuento y titiriteros de "prime time", se ha convertido en su "modus vivendi", en el método de subsistencia de los que viven de la mentira, la cobardía y, sobre todo, de las gestas de servicio y sacrificio del prójimo. Es cuestión de medrar y, si se puede parasitar, mejor. Lo peor de todo es su existencia rencorosa bajo el disfraz de historiador o benedictino, por ejemplo, sus testimonios cargados de odio y la manipulación de las palabras de un correveidile cuyo rigor histórico se sitúa a la misma altura que la del receptor del cuento. Ya sabes, me lo dijo Pérez. 

Y, así, llega el tibio silencio; un silencio intimidado por esas "pruebas" del necio sin recursos, sin defensa, sin veracidad, sin capacidad de respuesta ante su frágil y envidiosa ficción. Y, así, nos hallamos en esta tesitura desde hace cuatro décadas tras la muerte del padre Valdés, vice-postulador de una causa de beatificación, la del padre Huidobro, iniciada en 1947 y que, a pesar de que la Congregación de las Causas de los Santos otorgó su correspondiente número de protocolo (el 698), el proceso se paralizó en sucesivos pontificados. Es ahora, con la creación de una Comisión Histórica, cuando toca sentar unas bases sólidas y establecer la "positio" en la fase romana de un proceso cuya recopilación de hechos ha contado con testimonios veraces y relevantes, que no inventados, de los que, por desgracia, estuvieron inmersos en aquel triste episodio del día de autos.  

Ese día, como los pasados, volvió a amanecer teñido de sangre y tristeza por las casi doscientas bajas acumuladas en los prolegómenos. Tras la reciente incorporación a las filas de su Bandera 72 horas antes, el propio páter ya había tenido tiempo de percatarse de la crudeza de unos enfrentamientos que, en ocasiones, rozaban lo épico por la insistencia de sus "legías" a la hora de cumplir con el dictado de los espíritus del credo legionario. El sol, a veces, salía tímido y dubitativo, como el empuje de las vanguardias en las trincheras, y tardaría horas en dar la cara por la Cuesta de las Perdices en el flanco izquierdo de la carretera de La Coruña. Ese domingo no había nada que celebrar y hasta el astro rey parecía estar ausente en un campo de batalla que, desgraciadamente para ambos bandos, se llenaba de cuerpos inertes hasta el punto de que su insoportable hedor impregnaba el aire que se respiraba en aquel vergel madrileño.

A pesar de la festividad dominical, no había lugar para la algarabía de la tropa. Tampoco había ganas de cantar o bromear con los compañeros. No procedía. Las trincheras no permitían un miserable minuto de tregua. Cualquier descuido, desliz, sombra, movimiento o variación de la luz servía para fijar el centro del objetivo de la mira telescópica del fusil enemigo que, apostado en el borde opuesto de la carretera, no perdía detalle de los pasos en falso de los legionarios. 

Además, una intensa niebla, denominador común de los últimos amaneceres, propiciaba el escenario idóneo para la desesperación de unos hombres que, en sólo tres días, habían dado el último adiós a decenas de camaradas. Era la tónica habitual. Y también era el elevado precio que se podía pagar ante la contundente presencia de carros de combate, la amenaza del apoyo aéreo y la batiente artillería de un enemigo que fustigaba sin cesar la retaguardia y trincheras repletas de legionarios. La respuesta de toda esa maquinaria bélica, pues, retrataba la hostilidad de aquel escenario. Los detalles sobraban.

A pesar del buen carácter del capitán Canós, al mando del sector de la derecha, y de la alegría del capitán Iniesta, que mandaba el de la izquierda, la tropa legionaria permanecía en continua alerta por las reiteradas explosiones de proyectiles del calibre 122/46, también conocido como  "doce cuarenta". Su devastador efecto había convertido en un auténtico infierno aquel bellísimo paraje y, lo peor, reducido el contingente legionario a la más mínima expresión en cuestión de efectivos. El contraste estaba servido en unos primeros días primaverales en los que sus exaltadas y naturales demostraciones hacían mutis por el foro como consecuencia de un horror que, paradójicamente, germinaba a marchas forzadas. El miedo continuaba llamando al miedo. Y no se trataba de voces, sino de alaridos desgarrados que, llenos de rabia y dolor, se oían de trinchera en trinchera a escasos metros de distancia. Las palpitaciones, la respiración irregular, los estornudos o alguna que otra tos nerviosa eran un imán para la bala del francotirador rival.

Persistente y sin ganas de acompañar a los caídos en su despedida del mundo terrenal, la niebla fue incapaz de diluirse hasta que, con la posterior llegada de una fina lluvia, comenzó su progresiva retirada al mediodía. Había sido la tónica habitual en las inmediaciones de Aravaca, rodeadas de infinidad de caminos pedregosos y embarrados que zigzagueaban hasta perderse en la distancia, después del traslado de la IV Bandera de la Legión desde las trincheras del Jarama en una previa que, de manera casual, coincidía con la salida del padre Huidobro del Colegio San José de Villafranca de los Barros en Badajoz. 

Allí, en tierras pacenses, el padre Huidobro había pasado una semana, desde el 30 de marzo hasta el mediodía del 6 de abril, para realizar su profesión religiosa de acuerdo con las fechas y directrices estipuladas por la Compañía de Jesús. La estancia fue corta pero fructífera y, sobre todo, tristemente vaticinadora del encuentro con Dios. En el segundo punto del plan que el sacerdote se había impuesto para aquel retiro espiritual forzoso no tuvo reparo en dar protagonismo a la Muerte, al "deseo de hallarla como testimonio de amor a Cristo pues morir con Él es vivir."

Y no sólo ahí, ni en el posterior trayecto a Cáceres en autobús con los padres Capel y García Murga, o el reencuentro con sus legionarios en las proximidades de Aravaca el 8 de abril. La Muerte merodeaba en su cabeza, como dejó escrito a su hermano y confidente Ignacio en las últimas líneas que garabateó desde el frente un día después: "[...] por otro lado, está la necesidad de morir para dar fruto, como Cristo [...]". O como, con toda seguridad, mencionó al alférez capellán D. Emiliano Latorre, con el que conversó y, probablemente, se confesó la noche antes del adiós al mundo terrenal.

Y, ciertamente, la guadaña de la Muerte oscilaba de un lado a otro escondida en una trinchera, apostada tras la ventana de alguna construcción o refugiada tras un árbol de poderoso tronco. Ella olía la sangre de sus víctimas. Mientras tanto, ese hondo y continuado pesar por la pérdida de hermanos continuaba atenazando el ardor guerrero de unos supervivientes diezmados por las acciones de un enemigo superior en número y medios. A aquellos bravos infantes, curtidos en múltiples batallas con las trincheras o los sacos terreros como testigos, sólo les quedaba buscar esperanza, rezar para aferrarse a la vida con sus oraciones, obedecer órdenes de sus oficiales y contemplar atónitos la verticalidad del "eléctrico" páter. Éste, guía espiritual de su Bandera, seguía obcecado en la realización de múltiples y temerarias exhibiciones de ayuda y socorro ante un peligro mayúsculo que parecía no ir con él. 

El "curita", así llamado por los bregados legionarios, se había convertido en héroe inesperado entre tantas y tan continuas muestras de dolor. Su actitud valiente y el desprecio a la vida bien parecían haber sido transfundidos por alguno de sus admiradores; sobre todo, de los de una vanguardia que, agazapada ante la incesante lluvia de proyectiles, contemplaba su habilidad para, crucifijo en mano, jugarse el tipo con la misión de dar la extremaunción a los caídos de ambos bandos o, en ocasiones, confortar con una oración al que agotaba los últimos segundos de su existencia. Era su propósito, su misión, allí donde lo demandaba el peligro. Y buena prueba de ello habían tenido los que le conocían. Con el paso de los días y los avatares de la contienda, habían descubierto cómo se las gastaba aquel enclenque ser entre los crecientes obstáculos de heridos y cadáveres de los dos bandos.

"¡Le van a matar, le van a matar!", exclamaban sus "legías" mientras, raudo y veloz, se apresuraba a agacharse entre aquellos dispersos cuerpos que decoraban un escenario dantesco. No hacía falta ningún "atrezzo". La lucha era sin cuartel, sin un momento de tregua, y el estruendo de las explosiones machacaba los tímpanos de los combatientes hasta, poco a poco, ir minando sus pensamientos existenciales. Era cuestión de resistencia, de esperar a que el día acabase y un nuevo amanecer reflejara el avance de unos metros que, a su vez, perdía el enemigo. El control de la inminente posición enemiga era el objetivo primordial de la estrategia matutina cuando, a primera hora, los oficiales daban órdenes a unos hombres en constante tensión por la creciente hostilidad, pero aliviados por una taza de café que estimulaba las ganas de afrontar una nueva acometida, otro combate y, a su vez, aplacaba las dudas acerca de si sería el último de unas vidas, las suyas, guiadas a un punto sin retorno, a la consecución de unos metros de terreno en su avance para justificar aquella pírrica victoria diaria.

Los proyectiles seguían cayendo, las balas continuaban su incesante silbido y el páter, ajeno a lo que se le venía encima, iba de un lado a otro para llevar a cabo su empresa. Entonces, con el paso de las horas y la desaparición de la niebla, el hostigamiento se había hecho insufrible. ¡Hasta los árboles, supuestos refugios, parecían estar aliados con el enemigo! La seguridad, la confianza y la protección habían desertado ante el trágico devenir de los combates. Se estaba mascando la tragedia.

No había pactos, ni tregua, ni un solo descanso; sino morterazos, proyectiles e, incluso, un predecible ataque aéreo. La Muerte seguía causando estragos, saciando su letalidad entre montoneras de cadáveres en las trincheras, parapetos destrozados por la enorme fuerza del enemigo y voces de advertencia que servían, en algún caso, para una última despedida.

"Padre, le ordeno como jefe que se retire inmediatamente al puesto de socorro. Allí van a llegar decenas de heridos y cadáveres. Si se queda aquí en la trinchera, nos va a resultar más difícil movernos y organizar con eficacia la defensa", gritó el capitán Iniesta ante el trágico cariz que estaban tomando los acontecimientos. No era momento de discusiones, ni de carreras alocadas. Tampoco de un último intento por salvar almas o acompañar a los caídos en el último suspiro de una vida arrebatada por esa maldita guerra fratricida. Simple y llanamente, tocaba acatar la orden de un superior.

Por eso, en esa ocasión, el padre Huidobro no vaciló ni se hizo de rogar. Ni siquiera insistió en permanecer junto a su capitán y velar por la salud espiritual de los legionarios que ocupaban la extrema vanguardia, la punta de lanza de ese enésimo ataque. Se acercó al capitán Iniesta, jefe accidental de la bandera tras las bajas del comandante Vierna en el Jarama y del capitán Rodrigo, le pidió su medalla de la Virgen Milagrosa y, con impetuosa devoción, la besó tres veces mientras repartía su última bendición entre aquellos valientes que quedaban a merced del enemigo.

La estela del héroe abandonaba los puestos de honor cumpliendo con su deber, obedeciendo y retrocediendo  hasta, minutos después, hallar la muerte en un sitio inesperado, el chalet de Aravaca, identificado con una señal sanitaria de la Cruz Roja. Entre el insulto al respeto y los convenios, allí se confundían gritos y sollozos derivados de los últimos pensamientos terrenales y un efímero repaso a recuerdos de anónimas vidas que llegaban a su fin. El héroe, envuelto en su capote legionario, partía en compañía de la gloria divina. Su misión terrenal había terminado por orden del Todopoderoso. Su objetivo había sido satisfecho con creces: "morir en el verdor de edad lozana."

Ese puesto de socorro, esa obligada retirada, aquel día del Buen Pastor y un proyectil de artillería se habían convertido en testigos de excepción de la últimas gestas del páter, de una última sonrisa visible en su faz de mejillas sonrojadas y una muestra más de servicio y disponibilidad a la hora de acompañar a sus legionarios en un viaje al que, esta vez, se había sumado para, con 42 de ellos, encontrar su última morada en un frío nicho del cementerio de Boadilla. 

El frente quedaba huérfano, ausente del presto e intenso auxilio del páter y la paz espiritual de sus palabras. Cientos de ojos se cerraron por última vez y la noche, estrellada y silenciosa, se hizo sobre la Casa de Campo para dar paso a un nuevo día en las almas de los que habían emprendido el camino en busca de la luz eterna.

Días después, el silencio se hizo en ese mismo escenario hasta el punto de permitir una tregua de horas supervisada por el propio capitán Iniesta y otro oficial enemigo. Cada uno, en compañía de seis de sus hombres, se dispuso a retirar los cuerpos de los fallecidos mientras intercambiaban tabaco, coñac y el rancho legionario en una situación idílica que contrastaba con la realidad del momento y los disparos que, esa misma tarde, volverían a quebrar el deleite temporal de esa inusitada paz para dar paso a un nuevo episodio en la destrucción del paisaje y las vidas de aquellos que, durante horas, soñaron despiertos que la confraternización había puesto fin a la pesadilla de la guerra.

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