La voz del lector

A los que más saben de menos

Imagen de Archivo: TVE. Jesús Hermida en el programa "a mi manera" 1989
photo_camera Imagen de Archivo: TVE. Jesús Hermida en el programa "a mi manera" 1989

 

En una tertulia, de esas de verdad, antes de que los medios de comunicación indujeran a sus programas en un profundo síndrome del drama deportivo, se reunieron un grupo de personas de interés que muchos de ustedes reconocerán.

Cela, Umbral y el Dr Palacios se juntaron en el programa “A mi manera” dirigido por Jesús Hermida para realizar una tarea simple: generar reflexión y elevar el mensaje. Y para eso no hacían falta más que cuatro sillas, una mesa y, sobre todo, unas mentes exquisitas de selectiva capacidad.

En ese pequeño extracto, a lo que hay que dar gracias a YouTube por atesorar esta de muchas otras reliquias, se apuntó hacia una cuestión que en aquellos tiempos estaba germinando y que ya en la actualidad es considerado pan de cada día. La especialización del individuo, o la época, como dice el premio Nobel, “de los que más saben de menos”.

Nada tiene que ver esto con la especialización natural del trabajo, sino más bien con la tendencia actual a minimizar nuestro campo del saber, a poner corsé al conocimiento de cada uno a fin de, si se me permite la metáfora, tragar repetidamente cultura de lo tuyo y con ello apretarse el cinturón, espigarse hacia arriba y no ensancharse.

Pero en esto del saber es recomendable no ponerse dietas estrictas, al contrario, devorar de todo y mucho, preferiblemente consumir variado, y en opuesta dirección a las directrices médicas del mundo físico, mantener asida la cuchara sopera del saber.

No sorprende que con el paso de los años lleguemos a atestiguar algo peor de lo que apuntaban estos eruditos. Ya no está en juego el hombre del renacimiento, perdido irremediablemente en las fraguas de la posmodernidad y la cultura de la inmediatez.

Estamos ante la sombría etapa “de los que menos saben… de menos”. Medios de comunicación hacinan tertulias y coloquios de pintorescos personajes que con gran habilidad rebuznan opiniones, meditadas, si el espectador tiene suerte, con algo de anterioridad.

La gesticulación excesiva, la mirada penetrante y voraz, los comentarios viscerales sobre la persona o la forma, no la idea, y en definitiva la deriva maniquea, del “o estás conmigo”, la verdad, “o contra mí”, la falsía y la torpeza, se convierten en la norma.

 

Convendréis conmigo en que en los platós ya no existen los grises, solo los tonos negros y blancos, ya no existe la crítica, tan elegante antaño en exposición y recepción, solo el irracional posicionamiento dogmático o la aprobación de los sicofantes.

Como no podría ser de otra forma, esto que sucede en la televisión solo es sintomático de lo que verdaderamente se vive en las calles, en las tertulias entre amigos y en las comidas familiares.

La negación de todo lo que vaya después de un “sí, pero…” (¡Cómo si las cosas no tuvieran matices más importantes que incluso la propia materia!) que se ha hecho en gran medida moda y tendencia en muchos ámbitos cotidianos.

Hállese aquí el espacio al que impropiamente hemos vertido todo el debate público, Twitter, el ágora del siglo XXI, transformado en el centro de acogida de las opiniones infundadas.

Y a pesar de todo, no sabría decir que antecedió a la involución de uno u otro, aunque ambos, la tertulia y el debate diario, son espejos contrapuestos de unas realidades lamentablemente parecidas.

Es triste -por lo menos para quien estas líneas escribe- que en esto de las tertulias se confunda lo gordo con lo hinchado. Pocos coloquios quedan en los que confluyan en sintonía la contraposición de ideas con la brillantez cultural.

Pero aquí seguirá uno disfrutando de las viejas tertulias esperando irremediablemente a que estas se agoten. Y nunca antes se habían sentido tan cómodas las vestimentas reaccionarias.

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