La voz del lector

Por qué los renglones torcidos de Dios no lo están tanto

 Con Los renglones torcidos de Dios, Torcuato Luca de Tena, nieto del fundador del diario ABC y director de éste por un tiempo, se adentra en su género novelesco quizá más íntimo pero también más técnico, ¿por qué así? En referencia a lo primero, por el contexto físico de la obra; un sanatorio psiquiátrico (o manicomio según se alterna en el libro, siempre por error del locutor a razón del reciente cambio de la antipsiquiatría) como los que ya frecuentó Luca de Tena en su vida no ficticia. En referencia a lo segundo, por la admirable arquitectura literaria de la novela, la cual procedo a comentar.

Portada del libro

La protagonista, Alice Gould - mujer de alta alcurnia, detective diplomada, cultivada en las letras y las ciencias y de una inteligencia exquisita –, se sorprende en un psiquiátrico en medio de Castilla – para resolver el enigma de un supuesto crimen - rebajada al más bajo de los escalones; la locura, entendida como marginación social. De ahí, que esto represente el primer armado arquitectónico literario en que se puede encuadrar la obra; la elegancia viaja de las altas esferas de Madrid (sociedad élite) a un monte ‘chaparrero’ leonés (marginación física representando la social), y todo esto dentro del cuerpo de una atractiva dama muy superior a su marido (independiente) con un espíritu inteligentemente ególatra jamás sobre pasable por las circunstancias.

La trama se codea muy eficazmente con varios temas de las high politics. La convivencia de una nueva forma de enderezar los renglones torcidos de Dios –entendido como los pobres dementes, oligofrénicos y demás - con una vieja ciencia menos sociológica y más médica (de ahí el anteriormente comentado duplo sanatorio – manicomio entendido como la nueva psiquiatría y la vieja). Asimismo, una aportación a la concepción del arte que viene muy bien representada por las palabras de la protagonista comentando por qué la arquitectura es un arte mayor, las cuales hablan por sí solas: ‘{El ser humano} no se contenta con cobijarse, sino que construye edificios con líneas armoniosas y caprichosas que exceden de su necesidad […] pues bien todo eso que está inútilmente añadido a la pura necesidad…. ¡ya es arte!’. De la misma manera, Luca de Tena vierte su concepción de la llamada de Dios a través de la historia de la enfermera

catalana Monserrat Castell – que en ciertos momentos se asemeja a la figura de la virgen – la cual comenzó siendo la mejor psicóloga del centro enderezando a los ‘torcidos’ y que, finalmente, asió la cruz así como antes agarró la mano de tantos esquizofrénicos. Por último, y como tema más importante, se trata la humanidad de los más deshumanizados – tantas veces  citados en la novela como monstruos, animales, escoria o errores – a través de las figuras de los increíbles sanitarios (agradecimiento personal del autor a su experiencia) que, siempre con muchísimos problemas, intentan trasladar afecto y sociedad a los marginados. 

Con esta sutileza, Torcuato Luca de Tena dibuja los planos de la arquitectura literaria más gratificante que he leído recientemente: si antes se refirió al arte como aquello que excede la necesidad, la novela se encuadra como novedosa en el arte de la escritura por tratar como necesidad aquello que excede el arte, es decir, los enfermos psiquiátricos. Un tema desagradable y, a primera vista, profundamente antiartístico, que tras la bien construida estructura narrativa adquiere un aire de picaresca cervantina mezclado con una sarcástica novela negra del todo interesante. Como ya advertí al principio, se adentra en su género novelesco quizá más íntimo pero también más técnico. 

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