La voz del lector

Ronda: esencia y espíritu de la Legión

Carrera de 101 km en Ronda.
photo_cameraCarrera de 101 km en Ronda.

Ya estoy en Ronda, dispuesto para mi gran prueba de fuego, la madre de todas las carreras. Unos beben, otros calientan, la mayoría se refugia en cualquier espacio de sombra, todos concentrados hasta que se escuchan los primeros acordes de "El novio de la muerte" y miles de almas comienzan a entonar su letra. Los corazones parecen querer salir de unos cuerpos entregados a un sacrificio que no requiere ni demanda recompensa. Es parte del ritual del legionario y, también, del "cientounero".

Es la Legión. Es su carrera, los 101 kilómetros de Ronda en 24 horas. Es memoria legionaria, el recuerdo de una de tantas gestas, la del socorro a Melilla, que han llevado a esta unidad al Olimpo de las élites, admirada en España y en las misiones internacionales en las que participa. 

Cabeza alta, cuerpo erguido, mirada tensa al cielo, dejando salir por la garganta tan bellos versos que, sin duda, servirán de inspiración durante el largo trecho que se ha de recorrer.

Se me pone la piel de gallina y no logro contener alguna que otra lágrima que, camuflada con gotas de sudor por el intenso calor, resbala por mi mejilla. Es recuerdo, es pasión, es emotividad en su más alta expresión.

En la multitudinaria salida paso ante la tribuna y pienso que somos una formación de las antiguas legiones romanas antes de partir al combate. Echo de menos el estandarte, pero miro la bandera que porto con el gesto cómplice de nuestro fundador, el general Millán-Astray. La alegría de los rostros me hace vaticinar que lo peor está aún por llegar. El sufrimiento y la dureza aguardan a la salida del recinto deportivo. 

Echo a andar, empieza la utópica aventura de meses atrás. Recuerdo no haber mirado el recorrido, sus desniveles o los puntos de avituallamiento. Insensatez en estado puro. ¡Qué más da! Es la Legión, es locura, es pasión, es control de una situación que allí aprendí un par de décadas atrás. Sólo tengo una misión: llegar. Ese es mi objetivo y, para ello, dispongo de mi equipo.

Muy pronto, el sol empieza a causar estragos. Recorro kilómetros, llaneo, subo y bajo cuestas mientras sus rayos caen sin piedad sobre la Serranía de Ronda iluminando la belleza de campos, paisajes y pintorescas casas que, en ocasiones, parecen buscar refugio en la ladera de las sierras.

Estoy llegando al ecuador de la prueba, a unos 50 kilómetros de la salida, y esto ya pesa. Las risas de horas antes se han tornado en un silencio propiciado por el cansancio e, incluso, el arrepentimiento por haberme embarcado en esta arriesgada empresa. Callo, conviene callar y, simplemente, reflexionar.

Pero no hay dolor ni tiempo para la rectificación. A lo hecho, pecho. 

Las primeras ampollas en los pies hacen acto de presencia. Uno de mis temores me hace despertar de un sueño que, tal vez, no logre cumplir. Aquella preinscripción del pasado noviembre se ha tornado en pesadilla y busco consuelo, el lado positivo de esta confusión que abruma mis pensamientos.

Paradójicamente, ese resquicio de luz lo hallo en la noche y mi inesperado aliado, el progresivo descenso de la temperatura.

Al cruzar el bello pueblo de Setenil de las Bodegas, mezcla de alboroto y fuertes emociones, sus habitantes no escatiman esfuerzos para deshacerse en elogios y vítores a todos los marchadores. Setenil queda grabado en mi corazón como, anteriormente, lo había hecho Arriate.

El eco de los aplausos y los gritos de sus gentes, de apoyo noble y sincero, resuenan entre los peñascos que hacen de techo y pared a decenas de casas que escenifican una gran fiesta.

Pequeña parada, cambio de calcetines. ¿Es el primero o el segundo? Sopeso, sopesamos abandonar. El equipo está a mitad de camino pero esperaba haber llegado a este punto una hora antes. Maldito sol, maldito calor. ¿Qué hacemos? ¡Seguir! La misión ante todo y nuestra moral a tope. No hay marcha atrás.

Convencido y abrumado por la unanimidad, me apresuro a aplicar pomada en los maltrechos pies. Como, bebo, tomo café, me levanto y alzo mi bandera. ¡Vamos! 

El equipo se hace fuerte, comprometido con el objetivo de llegar a meta, y, así, reanudamos la marcha convencidos de llegar hasta el final. 

Sigo y seguimos estando todos. Era lo previsto a estas alturas aunque con cierto retraso. Las circunstancias no han sido propicias. Al menos, seguimos en liza. Muchos otros han dicho un forzado adiós a la ilusión de tantos meses.

Pero el sufrimiento se incrusta en el silencio de una compañera. Su dolor es cobarde. No osa a pronunciarse y convertir la gesta en decepción. Y, así, pasan los kilómetros ante la permanente mirada de la Luna, testigo de nuestra sufrida travesía.

Llegamos a Montejaque, kilómetro 70, donde, legendario, el Tercio Alejandro Farnesio nos abre sus puertas para proporcionarnos un merecido descanso en una cena intempestiva por la hora. Según lo inicialmente previsto, hemos vuelto a acumular algo más de retraso en una noche que es benevolente con los marchadores que quedan, aunque, a fuerza de ser sincero, tengo la plena convicción de que nos hemos deshecho del calor de las horas previas, principal culpable de los ya cientos de abandonos.

Necesito comer, beber, descansar, no hablar, pensar y volver a tratar mis heridas tras un combate que ya acumula un buen número de horas. Sentado, vivo ajeno a lo que pasa a mi alrededor.

Los legionarios nos auxilian, nos dan ánimo y conversación. Ya queda menos. Aquí, en el comedor del acuartelamiento, veo el rostro de mis compañeros, lo comparo con el de otros que van llegando detrás, con el de cientos de legionarios de la VII Bandera "Valenzuela" que, a modo de coche escoba, han ido cerrando la marcha y echando el aliento en el cogote a los más rezagados. Su paso, firme; su caminar, decidido. 

No hay tiempo que perder. Decidimos seguir y coger ventaja a todos esos profesionales en activo que, en lo sucesivo, pueden garantizarnos la seguridad de que llegaremos a meta antes del tiempo marcado. 

Pero algo se queda atrás, alguien se queda atrás. Nuestra Cova, instigadora inicial de la aventura, no puede más. Quiere continuar, pero sus enormes ampollas, sus maltrechas uñas y los tobillos hinchados convencen al propio general de que lo mejor es su evacuación. Es una orden, no se hable más.

Un último esfuerzo, el último tramo, ¿qué son 31 kilómetros más? Ella es evacuada, nuestro camino se queda huérfano de su sonrisa, de su sempiterna alegría y, a pesar del constante dolor, de las continuas muestras de agradecimiento que reparte a propios y extraños, participantes y legionarios que velan por nuestro bienestar en la marcha. Nuestro equipo contiene la rabia y aprieta los dientes para dedicarle nuestra llegada. Entre nosotros, se produce una tácita conjura por la que hemos de llegar. Ella, sin duda, se lo merece.

Y pasan los kilómetros que, en la oscuridad, se hacen eternos y, cada vez, con menos acompañantes de viaje. Sentimos que somos menos, el silencio sigue siendo protagonista y, personalmente, intento aguantar el tipo con la compañía de la bandera de mi equipo. Pongo algo de música, intento motivarme, me motivo, hablo con uno u otro compañero. A veces, pierdo la ubicación entre los demás. Desconozco si van delante o van detrás. Tal vez, siga en el medio esperando devorar puntos de avituallamiento que permitan definir mi posición y concretar lo que me resta. 

Parece interminable. Mañana, día, noche, amanecer. Amanece, que no es poco. Y sigo mi camino. La luz del nuevo día me invita a guardar el frontal de mi cabeza. Tomo aire y le doy al play para escuchar "El novio de la muerte" de hace casi 19 horas. ¡Qué bonito es ver amanecer con ese himno, mi himno legionario! 

Ya no queda nada, pero otro compañero no puede más. No quiere ser un lastre y lleva kilómetros haciendo el acordeón, cogiéndonos en los avituallamientos de los que nosotros partimos. Necesita más tiempo de espera, más recuperación y decide hacerse el harakiri para que nuestra bandera, nuestro equipo, entre en meta antes de que se cumplan las 24 horas desde el inicio.

Es nuestra última foto en ruta, ahora sólo somos cuatro, nuestras últimas palabras y su sacrificio y desamparo han de impulsarnos hasta la meta. Concretamos lugar y hora: 10.50 en la entrada del Puente de Ronda, a menos de 200 metros de meta. Allí nos encontraremos para entrar juntos en meta. Partimos tres.

Quedan unos 15 kilómetros al paso por Benaoján y no podemos evitar seguir mirando atrás. No perdemos la esperanza de que pueda alcanzarnos en ese último esfuerzo. Pero debemos seguir, mirar y tirar hacia delante a pesar del contraste de emociones que, después de 20 horas, hemos vivido.

Ronda, ¿dónde estás? Me pesan la piernas, me duelen los pies y tengo la sensación de que las rodillas van a quebrar. De hecho, decido bajar las cuestas andando de espaldas y, oteando el horizonte, divisar al compañero que dejamos atrás. Tengo miedo de no llegar.

Por fin, logro ver Ronda sobre una enorme pared de roca. Allí, arriba, majestuosa y providencial. Ya queda poco para llegar y margen suficiente para los 5 últimos kilómetros una vez pasado el Puerto de la Muela. 

Mis articulaciones chirrían como el frenazo de un mercancías. Sigo mirando hacia atrás antes de afrontar la última cuesta. No le veo, mi compañero no está. 

Sin embargo, oigo el rugido de la VII Bandera que, apremiada, parece no tener piedad. Sus jóvenes y fuertes legionarios ya no van a parar. ¡Ahí están! Al menos, sé que voy a llegar pero decido acelerar. No quiero que me rebasen antes de los metros finales de la ciudad.

Un impulso final. En cuestión de orgullo no me van a ganar. Aprieto los dientes y a avanzar. Según subo, no dejo de mirar las cuestas por las que acabo de pasar. Estamos los tres, supervivientes de una heroicidad particular. Nuestro compañero no está, sólo vemos decenas de camisetas iguales que distinguen a diferentes compañías de la VII Bandera.

Y no nos pasarán, no. Nos quedan 40 minutos y estamos junto al puente ya. Hay que esperar. Tengo la sensación de que no puedo parar y querer llegar a meta ya. Tengo miedo de que, si me detengo, mis piernas no me respondan. A la Bandera parece habérsele atragantado la últimas rampas. Es normal.

En el punto acordado decidimos parar. Uno de los nuestros quiere aguantar hasta la hora marcada en el último encuentro de Benaoján y nos ordena continuar para, en unos 20 minutos, reunirnos a escasos 100 metros, junto a la Plaza de Toros. 

Reanudamos la marcha confiando en la seguridad de sus palabras y en que su entereza a lo largo de la prueba pueda darnos una sorpresa final.

El cronómetro no para y los legionarios pasan delante de nuestra presencia. Al final, no pudieron con nosotros. Pero la incertidumbre no se hace esperar a pesar de las muestras de ánimo y de un público volcado hasta el final. Siguen pasando los minutos y no logramos verles. El tiempo está a punto de expirar y la hora señalada nos indica que, en un minuto, a alguno veremos llegar.

¡Ahí está! Contentos y tristes a la vez porque, a pesar de la espera, viene solo. Finalmente, somos tres y, abrazados, emprendemos los escasos metros de la recta final con la dedicatoria especial al fundador de la Legión de un trío de cuerpos que logran cruzar la meta fundidos en cinco almas que consiguen su misión final.

Carlos Gullón y Emilio Domínguez

Integrantes del equipo de la Plataforma Patriótica Millán-Astray (Cova, Tere, Guillermo, Emilio y Carlos)

XXII Edición de la Carrera de la Legión.

101 kilometros de Ronda.

#101km24h 

#101kmRonda

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