La voz del lector

¿Y, a ti, qué te duele?

El Hospital Regional Universitario de Málaga
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Se nos había presentado una y otra vez al enfermo terminal retorcido de dolor, suplicando la muerte, entre las lágrimas de sufrimiento, angustia y desesperación de sus cercanos. No ceder a sus peticiones nos hacía sentir inhumanos, torturadores y hasta unos carniceros. Poner remate a dicha situación tan dura se nos mostraba como la solución. Por activa y pasiva se nos bombardeaba para llevarnos al convencimiento de que cumplir su voluntad era lo que había que hacer. Y ejecutarla debía llenarnos de satisfacción y librarnos de remordimientos.

Sin embargo, la bondad o maldad de las acciones no puede esquivar la prueba de sus consecuencias.

Y ese aparente acto humanitario y bondadoso mostró su verdadera cara al avanzar inexorablemente, como todos, en el desarrollo lógico de sus efectos. De la primera premisa: “la vida con sufrimiento no se puede considerar vida, y eliminarla es un acto lícito y compasivo”, se siguió otra que afirmaba que: “sufra o no, sin calidad de vida no merece la pena vivir y, también, eliminarla es un acto lícito y lleno de compasión”. Obviamente, sentadas estas bases, solo quedaba concluir que: “si yo considero que mi vida no merece la pena, tengo derecho a quitármela, o a exigir que me la quiten cómodamente”.

Es decir, de matar para privar del dolor se evolucionó al si quiero me mato, o tengo derecho a exigir que me maten. No es ninguna exageración, aunque lo pueda parecer. Es, sencillamente, la conclusión. Y yo pregunté: ¿Es tu vida de tu propiedad?. - ¡Pues claro!, escuché. - ¿Y dónde la has ido a comprar?, insistí. - ¡Que bobada!. No se compra. Me la han dado, respondieron. No me convencieron, y añadí: - ¿Seguro? ¿Cómo va a ser de tu propiedad, si no te la puedes quedar? Lo único que está claro, es que te la han dejado. La tienes en usufructo, y nada más.

Sin embargo, este atrevimiento de arrogarse la autoridad para disponer absolutamente de lo que no es de uno, no era nuevo. Ya nos habíamos adueñado también de la vida de otros. Más débiles, naturalmente.

Hay antecedentes reales, y más graves, que ratifican lo que acabo de decir. En ellos se ha seguido un silogismo similar al anterior y aplicado el mismo procedimiento para su implantación. Me refiero a la llamada interrupción voluntaria del embarazo: el aborto. Se trabajó su aceptación social presentándolo como una despenalización en casos de grave riesgo para la madre, de una violación o de una malformación. Más adelante ya fueron suficientes los argumentos de suponer una excesiva carga económica o psicológica para la madre. Y, hemos llegado a exigir que se considere el aborto como un derecho, mi derecho, porque con mi cuerpo hago lo que quiero. Nada importa ahora que se niegue a la mismísima diosa ciencia, que asegura que hay un nuevo ser vivo, que está en tu cuerpo, pero que no es tu cuerpo. Todo da igual, la ciencia, el derecho, … la vida, cuando se trata de lo que yo quiero.

Hay soluciones de vida, pero, amigo, con lo que yo quiero hemos topado. Y si esos que quieren, pueden, sean familia, sociedad o “papá Estado”, y con tal principio por bandera, váyase preparando para el siguiente paso: decidirán por Vd, sin compasión, ni piedad, sin preguntarle siquiera. Ya lo están haciendo, de forma artera. Y es porque, hoy por hoy, el ser humano necesita sentirse bien consigo mismo. Por ello quiere tener excusas para justificarse de lo que hace, o deja de hacer, y acallar así esa voz que desde su interior le recrimina. Busca con tesón encontrar expresiones que sirvan para reforzar sus decisiones, que aplaudan y reafirmen los motivos por los que las ha tomado. Es la vieja hipocresía: que parezca que hago lo correcto. “La hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud”. (François de La Rochefoucauld). Si se puede matar, se puede todo. Entramos en una selva, el territorio del más fuerte. “La aceptación social y legal del aborto primero, y de la eutanasia después, constituye el Big Bang que ha generado un nuevo tipo de cultura” (Alejandro Navas).

Se trata de una cultura que no defiende la vida, sino que promueve la muerte; que no aporta bien, sino que diseña e impone el mal. Y, como decía Mons. Chaput, “El mal no soporta a sus críticos. El mal no desea ser tolerado; tiene que ser reivindicado como derecho”. Este es un asunto vital, ante el que nuestra posición no depende de que sea uno creyente o no. Es un tema de derecho natural, de derechos humanos. Precisamente, del más elemental de ellos, el derecho a la vida. Pero es, indudablemente, más sorprendente que su desprecio se produzca por parte de quienes se manifiestan creyentes, y más concretamente cristianos. Porque éstos tienen a Dios por el único dueño de la vida, y saben que al final de la suya comparecerán ante Él para ser juzgados por sus actos y sus omisiones. Y, como hizo con Caín, les pedirá cuenta de la sangre de su hermano. Para ellos su culpa también será mayor, pues no sólo serán responsables de acallar su conciencia, como cualquier otro que no crea en nada, sino que responderán, además, por ignorar o despreciar los Mandatos del Creador.

Pero, vayamos a la impactante noticia que saltó, hace poco tiempo, a los informativos de todo el mundo, y que me ha movido a esta reflexión: “Alain Delon ha pedido que le quiten la vida en una clínica suiza”.

 

Desconocemos la veracidad de dicho anuncio, toda vez que días más tarde fue desmentido por uno de sus hijos. Independientemente de la fiabilidad de los llamados medios de información, el hecho de fondo merece al menos un comentario. Ya puede haberte dado la vida una hermosa familia, regalado muchos amigos, adornado de buena presencia, permitido cosechar multitud de reconocimientos, alcanzar la fama, colmarte de éxito, de lujos y mantenerte en un pedestal, sujeto de la admiración de tantos,… que todo eso acabará, porque su declive está programado a tu pesar. Al llegar a ese punto, ya habrás visto a muchos marchar, y experimentado como tus limitaciones aumentan cada día más. Y pensarás: ¡qué pronto se pasa la vida!. En ese momento, que recibes de ella lo que no acostumbrabas a recibir, como la enfermedad, el olvido, el descarte, la soledad, quizá te digas que no merece la pena, que no lo puedes soportar. Y pensarás ¡que larga se hace la vida! Y, la espera,... ¡una eternidad! Y si, encima, te autocompadeces, es fácil que se sumen, y aún refuercen ese sentimiento, tu familia y tus amigos, los que tanto dicen que te quieren. No será por mucho tiempo, que la falsa compasión tiene patas cortas y es efímera.

Menos mal que en Suiza es uno libre de verdad y la muerte se puede solicitar con todas las garantías. Como aquí en España, cuyo gobierno se apresuró a legislar a favor de eliminar a las personas que sufren, en lugar de hacerlo para eliminar el sufrimiento de las personas. Eligió la solución de muerte, desechando la de vida: una reclamadísima ley de cuidados paliativos, que se ajuste a la verdadera finalidad de la profesión médica: curar, paliar, acompañar, y al sentido cabal de la compasión.

No creo que el Sr. Delon conceda una exclusiva. Tampoco sería de extrañar. A otros les ha podido su vanidad. Pero, si así fuese, ya no sería la representación postrera de un personaje cualquiera. Ni una ficción más. Se trataría de la realidad vivida, en directo o diferido, que llama a su puerta para para visualizar la experiencia de cómo se le escapa la vida y le llega el final. Imagino, en ese pabellón de muerte que ha escogido, un escenario de cuidado y moderno diseño, de cuyas paredes penden cuadros con bellos paisajes, donde resuena la hermosa melodía de una selecta música de sosiego, y que se ha engalanado con un discreto anticipo de flores. No faltará de nada para que uno se deje llevar. No habrá un crucifijo al que mirar.

Ya veo entrar en escena al nuevo Nerón. Revestido de impecable bata y corbata formal, luciendo un rostro sonriente y amigo, para oficiar la sentencia. Con movimiento soberbio, sin vacilar, oscilará su pulgar. Desplazará la llave que regula y franquea el paso a la pócima sedante y mortal para que recorra, a paso lento, el poco trecho que resta hasta su humanidad vencida. Le escuchará decir, tal vez, algunas palabras sedosas, suaves, rezumando melaza para contribuir a su relax. Cuando cierres quizá los ojos y ya no puedas gritar: ¡parad!, entra en ti y escucha, mientras puedas oír, los silbos del Buen Pastor que lo dejó todo para volverte a encontrar. Que la mirada al Crucificado, tan cercano, te haga sentir el verdadero dolor del alma en ese trance final, para que le puedas decir, por ellos y por ti: ¡perdón Señor!

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